Los Kirchner no se van pero siguen ciegos y sordos

Por Luis Majul

Los Kirchner no se van, pero esto no significa que hayan escuchado el mensaje de las urnas. El fantasma de la huida intempestiva ante el rechazo del electorado se disipó. Pero nada indica que se quedan porque, al fin, comprendieron.

Al contrario: ni el ex presidente ni la actual mandataria parecen haber entendido que siete de cada diez votantes están en desacuerdo con su forma de hacer política, y también con las decisiones que vienen tomando desde hace un año y medio. Se quedan porque son obstinados, y porque suponen que con los votos que todavía conservan pueden seguir ejerciendo el poder más o menos como hasta ahora.

Microclima

Las primeras palabras de Kirchner después de la derrota fueron las de un adolescente enojado que no acepta los límites de la realidad. Pero la conferencia de prensa de la Presidenta no resultó muy distinta. Cuando una buena parte de la sociedad esperaba que anunciara los cambios y las correcciones que la mayoría le viene reclamando, ella se limitó a relativizar la importancia de la derrota y de paso se dio el gusto de dar otra pequeña clase magistral de cómo un periodista debe formular una pregunta.

Hace un tiempo, un ex miembro de la mesa chica que soportó los peores momentos del matrimonio durante la crisis del campo, me dijo:

Tienen un grave problema de microclima. Y el hecho de vivir en Olivos, con esas paredes tan altas y tan alejadas de lo que pasa en la calle, los hace más cerrados, menos permeables a la opinión de cualquiera.

Psicoanálisis

A esta altura, hasta un estudiante de Ciencias Políticas se daría cuenta que lo que deberían hacer Néstor y Cristina después del fracaso en la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Buenos Aires, en Santa Fe, Córdoba y también en Santa Cruz es justo lo que contiene la lectura del resultado, a saber:

Transparentar los números del Indec

Reconocer que la inseguridad es más que una sensación y ponerse a trabajar para atacarla.

Convocar a los partidos políticos o los bloques opositores y consensuar leyes como el Acceso a la Información Pública y los necesarios cambios en el Consejo de la Magistratura para evitar que los jueces sean rehenes del poder de turno.

Con dos años y medio por delante y la capacidad para reconocer los errores cometidos en el ejercicio del poder, el gobierno no solo podría recuperar consenso sino también presentarse como alternativa para 2001, porque la oposición no aparece todavía como un bloque homogéneo capaz de reemplazarlo.

Pero en las últimas horas los Kirchner han demostrado que siguen confundiendo autocrítica con claudicación, cambio de rumbo con abandono de principios, y revisión de las fallas con traición a la patria.

"A veces pienso que lo de Néstor no es un problema político. Es un problema psicoanalítico", me explicó el mismo ex integrante de la mesa chica de decisión.

A este último diagnóstico, le aplicó un dato implacable:

Hace treinta años que nadie los contradice y todos les festejan sus chistes. No es que les cuesta cambiar. No conciben otra manera de gobernar que esta.

Olla a presión

El problema no son ellos, sino la olla a presión de problemas irresueltos que conlleva esta forma de conducir. ¿Cuánto tiempo más puede resistir un Estado que manipula sus estadísticas y oculta o entorpece el acceso a la información? ¿Cuánto tiempo más puede resistir una política económica de tarifas congeladas combinadas con subsidios polémicos y retornos incluidos? ¿Cuánto más puede esconderse por debajo de la mesa la discrecionalidad del gasto público facilitada por el uso de los superpoderes? ¿Cuánto tiempo más puede una administración, golpeada por el grito de las urnas gobernar, como si hubiese ganado las elecciones?

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