Kirchner, monstruo

Por Jorge Fontevecchia

Hace dos semanas, la revista New York Magazine (ganó varios años el premio a la mejor tapa de la Asociación de Editores de EE.UU.) publicó una tapa con la cara del estafador Bernard Madoff convertido en El Guasón, bajo el título "Madoff, monster", que me inspiró a copiarla para Kirchner. Así como en Manhattan le echan la culpa de todo a Madoff y se construyen historias sobre su capacidad de destrucción, en ciertos sectores sociales argentinos se tiene por defecto magnificar la facultad para el mal de Kirchner, asignando a cualquiera de las acciones del Gobierno un propósito no sólo maléfico sino –y es en lo que discrepo– eficaz en su consecución.

Mi personal visión de Néstor Kirchner es más modesta. No creo que se trate de un hombre con una inteligencia tan superdotada, como el mal con mayúscula sí precisaría; y creo que es tan competente en la planificación de corto plazo como incompetente en la de largo plazo (cuando se dice que es un gran táctico tácitamente se está diciendo que no es tan buen estratega).

Sobran ejemplos de "jugadas maestras" de Kirchner que luego los hechos terminaron convirtiendo en estrepitosos fracasos, como el adelantamiento de las últimas elecciones. Sin embargo, siempre se renueva la confianza en su agudeza como ahora con la reforma política donde, detrás de la Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias (PASO), se tejen todo tipo de especulaciones sobre las ventajas que le otorgarían a Néstor Kirchner como candidato a presidente 2011.

Por momentos, tiendo a pensar que el propio Néstor Kirchner alimenta la usina de la crítica ética sabiendo que en la Argentina se prefiere a un malvado que a un ingenuo; y Macri resulta el mejor ejemplo, porque de tanto victimizarse con las trampas que le pone el Ejecutivo Nacional para que su Policía metropolitana no decole, logra el efecto contrario porque confirma a la ciudadanía que hace falta una cuota de maldad para ejercer el poder, y que sólo los Kirchner tienen esa habilidad que les permite gobernar.

En el caso de la reforma política, primero se especuló con que las internas abiertas permitían influir sobre la elección del candidato opositor porque Kirchner enviaría a votar a las internas del radicalismo a decenas de miles de piqueteros. Al caerse ese argumento –ya que además de abiertas las internas son simultáneas (no se puede usar los mismos militantes para votar en internas diferentes) y obligatorias (ya no resulta esencial quién tiene recursos con que pagar a las masas desmotivadas para que vayan a votar)–, aparece que Néstor Kirchner busca ganar la interna de un peronismo unido, sin PJ disidente, porque supone que el peronismo unido es invencible y controlando él mismo el aparato partidario, saldría elegido como candidato del PJ.

Pero al mismo tiempo que las internas unificarían al peronismo, podrían unificar al pan-radicalismo y si el radicalismo clásico, el cobismo, la Coalición Cívica y eventualmente el socialismo compartieran un solo candidato porque las elecciones internas les permitieran resolver el problema de competencia entre los referentes de sus distintos sectores, el PJ estaría en un serio problema porque para ganar necesita evitar la existencia de una segunda vuelta, y salvo que superase el 45% de los votos, para librarse del ballottage debería obtener más de 10% de diferencia con el segundo y si el segundo estuviera fragmentado en dos o tres fuerzas, ese diez por ciento de diferencia estaría garantizado. No hay que ir muy lejos para verlo: en las últimas elecciones presidenciales, si los votos de Carrió con la Coalición Cívica (23%) se hubieran acumulado a los del radicalismo con Lavagna (17%), hubieran alcanzado el cuarenta por ciento. En 2007, Cristina Kirchner obtuvo pocas décimas arriba del 45% pero en el mejor momento del kirchnerismo, un resultado poco probable en 2011.

Quienes llegaron a estas conclusiones pero necesitan seguir viendo a un Kirchner superdotado (ya sea para amarlo u odiarlo) explican que el proyecto de reforma política asume que el oficialismo perderá en 2011, pero quiere garantizarse el control del peronismo para cuando le toque ser oposición. Lo que parece muy poco probable es que los peronistas continúen con un jefe perdidoso aunque éste tenga los controles formales del partido.

Lo mismo sucede con la Ley de Medios: no está probado que, de aplicarse, resulte necesariamente beneficiosa para el Gobierno. En EE.UU., Inglaterra o Alemania, donde varios medios importantes compiten por su influencia ante la opinión pública, el periodismo independiente es mayor y no menor que en la Argentina. Para un gobierno cínico, en ciertas ocasiones, podría resultar más fácil contar con un Clarín al que se pueda congraciar dándole privilegios y ventajas, que varios Clarín con el riesgo de que la competencia entre ellos los hiciera incontrolables.

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