Kirchner y la máquina de hacer enemigos

Por Martín Rodriguez Yebra

En su segunda era, el kirchnerismo perdió un rasgo distintivo del método con el que conquistó el poder: la capacidad de construir a sus enemigos y tenerlos bajo control. Era Néstor Kirchner quien elegía qué empresarios, qué políticos, qué instituciones caían en su personal eje del mal, una categoría de fronteras laxas, por las que se podía entrar y salir. Con la bonanza económica, acumuló voluntades dispuestas a no caer en desgracia.

El fenómeno se dio vuelta de manera abrupta. Después de un año de tensiones, y con la crisis económica encima, la máquina kirchnerista sólo produce enemigos poderosos.

En la temprana campaña electoral, acaparan la atención los arrepentidos del kirchnerismo. Incluso los opositores de siempre corren detrás de ellos. Julio Cobos, aquel símbolo del "radicalismo K", ya está otra vez dentro de la UCR y, abanderado con el reclamo del campo, sueña con gobernar el país. Felipe Solá cerró cuatro años de estadía en el kirchnerismo durante la pelea rural. Ahora a su proyecto presidencial lo toman en serio muchos peronistas de los que todavía apoyan al Gobierno. La otra figura en alza es la de Carlos Reutemann, que nunca se entusiasmó con los Kirchner, aunque no se animó a romper con ellos.

La suerte que tengan esos tres dirigentes en octubre marcará el futuro del matrimonio presidencial. Kirchner ya decidió darle todo el apoyo económico que pida el PJ de Mendoza para ganarle allí a Cobos y herirlo de cara a 2011. En Santa Fe, no encuentra la forma de presentar a Reutemann como uno de los suyos. Para tener opciones de ganar en una provincia con tanto peso del campo el ex corredor exige que lo dejen moverse solo.

Pero Solá le plantea hoy el mayor problema a Kirchner. No tanto por la posibilidad de que se alíe con Mauricio Macri. Lo que asusta en la residencia de Olivos es el doble juego que ya se nota en algunos poderosos intendentes del conurbano, que negocian con el PJ disidente la conformación de listas de concejales paralelas, de modo de asegurarse el control municipal salga como salga la pelea de octubre. Con los votos contados, tendrán tiempo de decidir si llegó la hora de arrepentirse del amor a Kirchner. Están entrenados: ya lo hicieron con Menem y con Duhalde.

Sería una ironía cruel que los fondos que promete Kirchner a su tropa bonaerense fueran a parar, aunque sea en parte, a la campaña de Solá.

Tal vez por eso los emisarios de Kirchner han transmitido mensajes apocalípticos a los jefes peronistas de Buenos Aires. Algunos salieron de Olivos con la idea de que una derrota electoral en la provincia sería terminal para el proyecto del matrimonio presidencial. A otros les suena exagerado, aun en la convicción de que, sin una victoria amplia en el bastión bonaerense, el "peronismo de Kirchner" volverá muy pronto a ser el "peronismo a secas".

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