Los Kirchner no lograron todavía salir del tembladeral de la derrota

Por: Eduardo van der Kooy

Debilidad e improvisación. Esas son las señales más abundantes que emite todavía el poder 17 días después del derrumbe electoral. Aquellas señales atraviesan ahora todos los terrenos de la realidad, pero parecieran haber erigido un campamento en la convocatoria al diálogo que urdieron como un atajo Néstor y Cristina Kirchner.

Resultó tan ostensible el invento que ninguno de los responsables del Gobierno pudo exhibir un plan articulado. Florencio Randazzo, el ministro del Interior, lanzó una invitación masiva impelido por la urgencia del matrimonio presidencial. La oposición, con una queja simple pero haciendo valer el recuerdo del 28 de junio, obligó a variar la agenda oficial.

Lo que fue en principio un convite en malón, se convirtió ayer en un armado más lógico, respetando jerarquías y representación electoral. Al menos la que quedó esbozada en la última asistencia popular a las urnas. Se formalizó el llamado al Acuerdo Cívico y Social. Se ratificó el diálogo con el socialismo y con la fuerza que lidera Fernando Solanas. Randazzo afirmó que el motivo de la reunión será la reforma política, pero admitió que no se trata de "un tema excluyente". No lo podrá ser, según lo dejaron en claro los opositores que entrarán en la Casa Rosada.

La improvisación no es, infortunadamente, un patrimonio del Gobierno. La convocatoria al diálogo desnudó, demasiado pronto, quebrantos en la oposición que habían surgido durante la campaña y que ni siquiera la victoria política consiguió ahora aplazar. Los radicales y los socialistas aceptaron abrir la discusión. La Coalición Cívica decidió ir con una delegación disminuida, sin su jefa. Afloró de nuevo la imposibilidad de una convivencia, en ese mismo espacio político, entre Elisa Carrió y Julio Cobos.

¿Por qué razón? El vicepresidente fue uno de los que empujó a la asistencia, luego de que el Gobierno hizo su rectificación. A la líder de la Coalición le espantó la sola idea de una foto con un funcionario kirchnerista. Cobos trabajó en silencio para que el Gobierno reviera sus planes iniciales. La discreción no le habría impedido intercambiar opiniones con un funcionario oficial que no posee rango de ministro. Hubo otra conversación desde su despacho, de la cual no tomó parte, para que Randazzo variara la propuesta. El ministro del Interior lo conversó con Cristina y, al final, formalizó el viraje.

El Gobierno no podrá sujetar el diálogo, como propuso, a la reforma política. Esa reforma es imprescindible pero los problemas acuciantes de la Argentina, en esta hora, parecen otros. Les guste o no, los Kirchner no podrían darse el lujo de desatender distintos planteos porque el diálogo político, improvisado y precario como nació, pareciera ser por el momento el único punto de sostén que han hallado para no precipitarse como consecuencia de la paliza electoral.

Encerrarse en la reforma política tampoco significaría un buen recurso para ellos. Ninguno de los opositores dejará de recordar que la reforma fue postergada por el propio Kirchner en los cuatro años de Gobierno. Y que Cristina, que la había prometido en los días de apogeo, tampoco la cumplió.

Por ese mismo motivo sonó farsesca y risible la afirmación de Kirchner en Puerto Madryn cuando aseguró que "en la última elección yo fui víctima de la vieja política". El ex presidente fomentó como nadie esa decrepitud al refugiarse en el vetusto peronismo bonaerense para pelear la elección y mantener, de cualquier forma y a cualquier precio, la vigencia de su poder.

La maña no sirvió. Está a la vista. Nadie hubiera imaginado hace pocos meses que un gobernador peronista destratara a Kirchner -hipócrita, le dijo- como lo hizo ayer Mario Das Neves. El mandatario de Chubut se encolerizó con la visita casi clandestina del ex presidente a su provincia. Pidió un informe a las autoridades del aeropuerto para saber en qué condiciones había arribado Kirchner. Cuando supo que lo hizo en un avión de la Fuerza Aérea, se ocupó de difundirlo.

Das Neves tomó distancia de Kirchner no bien olfateó la derrota, antes del 28 de junio. Pero el problema político para el ex presidente no es sólo Chubut. La Patagonia se le viene desgajando: el conflicto es indisimulable con Daniel Peralta, el mandamás de Santa Cruz, luego de la derrota en la provincia. Otros viejos aliados también se apartan: es el caso de Miguel Saiz, el gobernador radical K de Río Negro.

Antes de que Kirchner se considerara una víctima de la vieja política, esa vieja política había empezado otro de sus ciclos. El fin de semana hubo una romería en Buenos Aires, justamente en Lomas de Zamora. Esa romería giró en torno a Eduardo Duhalde.

El ex presidente pasó sábado y domingo recibiendo a legisladores y dirigentes peronistas. También hubo tres importantes intendentes del conurbano. Duhalde habló, pero también debió escuchar. Volaron reproches que rozaron su persona. "Que el que trajo al loco se lleve al loco", expresó con humor un legislador aludiendo a la bendición que Duhalde le proporcionó a Kirchner para transformarlo en Presidente.

Duhalde sólo pidió moderación para no hacerle las cosas a Cristina más difíciles de las que ya las tiene.

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