Los Kirchner llegan al 28-J sin su tradicional aliado: la economía

Mateo tiene 47 años. Vive en Boulogne y afirma que no consiguió un trabajo estable en los últimos dos años. Sin embargo, asegura que va a votar al oficialismo en las próximas elecciones. Desde Vicente López, Mercedes, de 38 y empleada administrativa, se reconoce como una exponente de la clase media "acomodada". Admite que le fue "bien" durante la era K, pero no duda al subrayar que apoyará a alguno de los partidos de la oposición en los comicios que se avecinan.
Ejemplos como estos abundan en cualquier relevamiento y obligan a preguntarse si efectivamente existe una relación entre la situación económica de una persona y su voto. La incógnita tiene mayor relevancia de cara a las elecciones del 28 junio, donde por primera vez desde 2003 los Kirchner parecen llegar sin su tradicional aliado: la economía.

Se suele decir que los estadounidenses votan "con el bolsillo". Lo sufrió el partido republicano en las elecciones que consagraron a Barack Obama cuando la crisis financiera internacional ya era incipiente. ¿Lo padecerán también los Kirchner?

Desde hace décadas una legión de economistas y politólogos focalizados en las ramas de Finanzas Públicas y la vertiente que se denomina Public Choice se dedican a estudiar la relación entre el voto en las elecciones y el ciclo económico. La mayoría de los trabajos reconocen un vínculo entre ambos. Pero hay menos consenso sobre la dirección de la causalidad. ¿El ciclo económico determina el resultado de las elecciones o es a la inversa? Hoy en general se acepta que existen condicionalidades cruzadas.

Una de las líneas de investigación que más adeptos ganó en los últimos años vincula el voto de una persona no a su situación económica objetiva, sino al grado de satisfacción que ésta percibe. Resumidamente, esta aparente ‘satisfacción’ se obtiene descontando de la situación actual del sujeto las expectativas que previamente se formó.

Lo curioso del caso es que para muchos economistas argentinos esta teoría cuaja bien con la victoria del kirchnerismo en las últimas dos elecciones: 2005 (legislativa) y 2007 (presidencial). En ambos comicios, aparentemente, la realidad económica de muchos de los votantes (alto precio de la soja mediante dirían algunos críticos), superó a las expectativas que éstos se habían formado con anterioridad. Y que ciertamente no eran demasiado alentadoras con la crisis de 2001 aún fresca.

¿Ocurrirá algo similar en 40 días? Si alguien le dice que lo sabe, usted desconfíe. Pero a riesgo de que ya no me crea, algunos factores parecen haber modificado radicalmente el panorama. Ahora las expectativas (luego de cinco años de crecimiento a tasas chinas) son más elevadas y al mismo tiempo la realidad económica se deterioró significativa y abruptamente, arrastrada por la crisis financiera internacional y otros sucesos domésticos, como los recurrentes conflictos entre el Gobierno y el campo. Es la ecuación inversa a las dos elecciones previas.

Pero la relación entre la situación económica y el resultado electoral no es lineal. En la Argentina el caso más paradigmático tal vez sea la reelección de Carlos Menem en 1995. El riojano llegó a los comicios en medio de los cimbronazos que generó el recordado ‘Efecto Tequila’. Hábil como pocos, Menem, instaló la idea de que él era la única salida no traumática de ese brete. Claro, el ‘voto cuota’ al que forzaba la Convertibilidad hizo el resto. ¿Se habrá inspirado en él Néstor Kirchner cuando vaticina un apocalipsis institucional si no resulta victorioso?

El politólogo estadounidense Christopher Anderson, de la Universidad de Nueva York, realizó un estudio recopilando datos sobre elecciones en 13 países europeos. Analizó cómo la percepción acerca de la situación económica influye en los comicios. La conclusión a la que arribó es que el impacto de la economía en las elecciones es mayor mientras menor sea el número de partidos que se presentan a competir y mayor la injerencia del partido gobernante en las decisiones económicas clave (en el caso de los gobiernos de coalición o parlamentarios).

Otra regularidad empírica que se verifica entre los estudios que vinculan las elecciones con la economía es que mientras mayor sea el grado de bienestar económico por el que atraviesa un país, el votante medio parece tomar su decisión apoyándose más en las perspectivas a futuro que le ofrecen los diferentes candidatos, que en el desempeño de estos en el pasado. Esta línea de pensamiento se condice nuevamente con los triunfos del Frente para la Victoria en 2003 y 2007, y avalaría asimismo la reelección de Menem. También su derrota en 1999 a manos de la Alianza y en medio de la recesión económica que signó el epílogo del 1 a 1.

Pero la elección que se avecina no es presidencial. Es de medio término, como las de 1987, 1997 y 2001. También guarda otra semejanza con éstas: en todas se llegó con la economía en decadencia. Y en las tres el oficialismo fue derrotado. En 1987 el radicalismo sucumbió al poder de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires. Diez años más tarde, la revancha llegó en manos de la entonces flamante Alianza, cuando en 1997 Graciela Fernández Meijide se impuso sobre Hilda Chiche Duhalde. Y en octubre de 2001 la victoria del entonces opositor Eduardo Duhalde fue el golpe de gracia para la administración de Fernando de la Rúa.

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