¿Qué es Kirchner, un líder o un dictador?

Por Mariano Grondona

LA escisión del bloque oficialista de la Cámara de Diputados marca la primera grieta del kirchnerismo. Después de su espectacular derrota frente al campo en el Senado, Kirchner se dedicó a restablecer la disciplina entre los que no lo votaron en esa ocasión y, con la ayuda de la "caja", consiguió parcialmente su intento en casos como los de Schiaretti en Córdoba, y tanto del peronista Reutemann como del socialista Binner en Santa Fe.

Al frente de un puñado de diputados peronistas no kirchneristas, sin embargo, Felipe Solá resistió la contraofensiva del ex presidente. Solá y los suyos podrían sumarse a otros líderes peronistas como el gobernador Alberto Rodríguez Saá, el senador Juan Carlos Romero, el diputado Francisco de Narváez y el ex presidente Duhalde. De este modo, se conformó lo que ha dado en llamarse "la pata peronista" de una amplia convergencia opositora que además promete crecer con la reconciliación interna que procura el radicalismo al convocar a antiguos disidentes como Elisa Carrió, Ricardo López Murphy y el vicepresidente Julio Cobos. Dentro y fuera del peronismo, pues, la oposición a Kirchner está despegando.

Pero la rebelión de Solá es importante no sólo como un "hecho" que marca el debilitamiento del kirchnerismo sólo once meses antes de las elecciones cruciales de 2009, sino también por los "dichos" que la acompañaron. Al anunciarla, en efecto, el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires señaló que "detrás de nuestra ruptura hay una concepción política. Dos o tres personas deciden todo sin consultar a nadie. Hay un cesarismo gobernante. O se vota todo o se es un traidor. Según como se ande con el Gobierno, la plata viene o no. Me parece que el primer gobierno del kirchnerismo fue muy bueno, pero una cosa es el estilo político y otra muy distinta es el unicato, el cesarismo".

Estas severas palabras llevan a plantear una pregunta insoslayable: ¿cómo definiremos el poder de Néstor Kirchner? ¿Nos hallamos ante un liderazgo fuerte, en última instancia compatible con la democracia, o ante una incipiente dictadura?

Hierón, el tirano

Aunque se usan con frecuencia como sinónimos, graves palabras como "tiranía", "dictadura", "cesarismo", "despotismo" y "unicato" no lo son. Los griegos usaban la palabra tirano para aludir a quien se arrogaba el poder supremo al margen de las instituciones democráticas. En su sentido originario, la palabra "tirano" podía aludir tanto a un buen como a un mal gobernante. Al tirano Pisístrato, por ejemplo, los atenienses le reconocieron que había promovido las obras públicas, aunque luego derrocaron a sus hijos. Fue Aristóteles quien le dio a la palabra "tirano" el sesgo maligno que hasta hoy conserva al señalar que, mientras el gobernante honesto procura el bien común, el tirano atiende sólo a su propio bien.

Pero una vez que obtuvo la suma del poder, ¿puede el tirano liberarse de sí mismo? Esta es la incisiva pregunta en torno de la cual gira el clásico libro Hierón, del socrático Jenofonte, a lo largo de cuya narración el tirano Hierón se queja ante el filósofo Simónides de su aciaga suerte, ya que, encumbrado como está en el poder, ya no sabe si las mujeres y los hombres que lo alaban lo aprecian de verdad o simplemente le temen o aprovechan. Simónides le pregunta entonces a Hierón por qué, ya que se queja tanto de su suerte, no renuncia. A lo cual Hierón responde que no puede hacerlo porque son tantos los odios que ha suscitado desde el poder que, no bien sus súbditos lo vieran bajar del pedestal, lo matarían.

De origen igualmente griego, la palabra déspota también podría conciliarse, en el límite, con el buen gobierno, y así fue como se pretendió que algunas monarquías modernizadoras del siglo XVIII se exhibieran como ejemplos de "despotismo ilustrado". Fue Montesquieu, sin embargo, quien señaló que, siendo la naturaleza humana lo que es, todo despotismo desemboca en tiranía. Al siglo siguiente, el liberal lord Acton acuñó entonces una frase que aún resuena: "El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente".

La palabra dictadura , de origen romano, no aludió al principio a un abuso sistemático del poder, sino a una institución de la República en virtud de la cual el Senado podía conceder plenos poderes a un ciudadano en una situación de emergencia, pero sólo por seis meses. Hubo de este modo grandes estadistas que fueron nombrados dictadores como Cincinato, un general retirado que salvó a Roma de sus enemigos y volvió después a cultivar su chacra de dos hectáreas, antes incluso de que el plazo de seis meses se cumpliera. Hoy, sin embargo, el uso común de lo que se hoy se llama "dictadura" tiene un alcance vecino al de la tiranía. Entre la dictadura de la república romana y la tiranía medió la palabra cesarismo que usó Solá, porque Julio César se hizo votar por el Senado "dictador vitalicio"; se acercó así a la tiranía y cayó por esta razón bajo los puñales de los últimos republicanos.

Solá habló también del unicato de Kirchner, aludiendo aquí a lo que se dijo del presidente Juárez Celman antes de que la revolución de 1890 lo derrocara: que, rodeado por un grupo de obsecuentes e incondicionales, había concentrado en sí mismo, en el Unico , los poderes de la Constitución.

Desde antiguo, muchos autores, como el propio Santo Tomás de Aquino, admitieron que era legítima "la resistencia a la opresión" del tirano; llegaron otros pensadores escolásticos, como el padre Mariana, al extremo de admitir la licitud moral del tiranicidio.

Después de este breve viaje a través de palabras afines pero no idénticas, aún nos queda por abordar la cuestión original: ¿cómo definiremos los argentinos de hoy el poder de Néstor Kirchner?

Dificultades

Si Néstor Kirchner fuera un político democrático, no habría avasallado al Congreso y a su propio partido con el estilo autoritario según el cual se obedece o se es traidor, como denunció Solá. Tampoco habría nominado a su mujer como sucesora sin elecciones internas ni habría sujetado el nombramiento de los jueces a los aprietes del Consejo de la Magistratura ni condicionado el comportamiento de los gobernadores a las caprichosas dádivas de la "caja", que son la burla del federalismo.

Kirchner no fue ni es un gobernante democrático. Pero tampoco es fácil encuadrar a Kirchner en los ejemplos clásicos de la tiranía. Debe anotarse que el inmenso poder "indirecto" del que goza Kirchner a través de su mujer, los gobernadores y los legisladores que le obedecen tiene un origen electoral y sólo podría ser inhibido por otra elección adversa, recién a partir de 2009. Si esta elección adversa se concretara de aquí a once meses, sólo entonces un Congreso eventualmente antikirchnerista podría someter a la señora de Kirchner a juicio político por no exhibir independencia respecto de las órdenes de su marido, discurriendo en tal caso el poder legítimo en dirección de Cobos.

Mientras quede pendiente la posibilidad de una elección limpia en 2009, por lo dicho, subsiste entre nosotros una "democracia mínima". Diríamos entonces que el régimen de Kirchner es lo que podríamos llamar una intradictadura , esto es, el desarrollo de un poder dictatorial sobre sus propios colaboradores "dentro" y no "fuera" de las instituciones democráticas, a la manera del unicato. Pero esta última línea de defensa de la legitimidad de su poder quedaría desarticulada en el mismo momento en que en 2009 o después cundiera el fraude; en tal caso se destruiría la base irrenunciable de la democracia, que no es otra que la voluntad soberana de los ciudadanos.

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