Kirchner ignoró la señal

Por Susana Viau.

El destino de la resolución 125 se definió por un voto, pero el resultado fue demoledor. Pocos advirtieron el alcance de la decisión.

Fueron pocos los que en la madrugada del 17 de julio advirtieron el alcance que tendría lo que acababa de ocurrir en el recinto del Senado. Sin embargo, todos supieron que a partir de ese momento nada volvería a ser igual. El destino de la resolución 125 se había definido por un voto, pero el resultado fue demoledor. Los jefes del bloque oficialista, noqueados, quedaron hundidos en sus bancas, los de la oposición ni siquiera se animaron a celebrar. Por cierto, una intensidad excesiva para un conflicto sectorial, pero con el que el Gobierno había buscado ejemplarizar, demostrar a propios y extraños que sus decisiones eran de acero. Poner las cosas de esa manera lo perdió. Lo que para cualquier administración hubiera sido un revés, en ésta se convertía en el principio del fin. Miguel Pichetto lo dijo esa medianoche con todas las letras: "Está en juego la institucionalidad del país, el destino de la Argentina, la consolidación de un sistema democrático". Si caía la 125 no caía un impuesto, caía la invulnerabilidad del Gobierno.

Pero para Kirchner el escarmiento no es un aprendizaje de los errores cometidos sino un castigo que se inflige a los otros. Por eso, un año más tarde echó mano de un recurso de la misma estirpe con el adelantamiento de las elecciones. El maximalismo del ex presidente pretendió (y logró) transformar la elección legislativa de mitad de mandato en plebiscito. Y si de acuerdo a la línea discursiva ideada en Olivos, el debate de las retenciones ponía en riesgo la redistribución del ingreso, en el caso de los comicios anticipados el vellocino de oro eran la gobernabilidad y "el modelo".

Sin embargo, el hombre al que algunos llaman con generosidad un "animal político" no advirtió su propia decadencia. No entendió que la estrella que lo acompañaba desde hacía años se había extinguido, asfixiada no por los fracasos –al fin y al cabo la historia los cuenta por millares–, sino por su estrecha, tóxica idea de la hegemonía. Lo que la frecuentación serena del poder enseña es, por el contrario, que el amor de las masas un buen día se transforma en aversión. Les pasa a todos. Se lo presagiaba Helen Mirren (la Reina Elizabeth) a Michael Sheen (Tony Blair) en The Queen: "Le ocurrirá a usted también, De repente y sin aviso". En el caso de Kirchner la suerte fue más benigna. Comenzó a darle señales el 17 de julio del año pasado. No les prestó atención.

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