Kirchner, en su hora de mayor debilidad

Por: Eduardo van der Kooy

Presiones de Moyano. Advertencias de Luis D'Elía. Resistencia de intendentes bonaerenses. Revuelo del PJ porteño. El ex presidente debió extremar recursos para cerrar la construcción electoral de junio. La oposición, también con dificultades. El papel que juega la Presidenta.

Sucedieron en los últimos días una serie de episodios que parecieron el reflejo de la mala hora que atraviesa Néstor Kirchner y, por añadidura, su esposa, Cristina, la Presidenta.

El primero de aquellos episodios fue la presión de Hugo Moyano, el jefe de la CGT, que el matrimonio no pudo eludir. Los sindicalistas consiguieron los lugares que querían en la lista de diputados por Buenos Aires y Capital.

Al menos seis intendentes bonaerenses, tres de ellos del segundo cordón, anduvieron deambulando hasta anoche por oficinas oficiales y paraoficiales buscando alguna mediación con Kirchner para eludir las candidaturas testimoniales. No tuvieron suerte y la mayoría debió resignarse a las reglas políticas que el ex presidente impuso para la competencia de junio. Hasta el vicegobernador Alberto Balestrini cedió y será postulante en La Matanza

El ex piquetero Luis D'Elía no fue menos que Moyano. Clamó por una avalancha de votos en favor del Gobierno aunque envió agudos mensajes de advertencia a Kirchner sobre el riesgo que podía implicar no hacerle un huequito a él y a los suyos en alguna lista bonaerense.

Hasta el ínfimo peronismo porteño se armó de valentía para cruzar al ex presidente. Varios supuestos candidatos se negaron a serlo. Kirchner optó, entonces, por ungir a Carlos Heller para pelear la Capital. No es peronista, procede de la izquierda y trabaja en el mundo de los bancos y las finanzas. A regañadientes el PJ del distrito terminó por validarlo.

Vale la pena detenerse en este capítulo. La envergadura de cualquier desafiante se transforma muchas veces -también en política- en el espejo del propio desafiado. El revuelo del PJ porteño podría estar indicando en estas vísperas electorales el nivel de anemia que estaría embargando a la conducción partidaria de Kirchner.

"Es como si un jardín de infantes se le hubiera sublevado a la directora", supo ilustrar con humor un dirigente peronista. Un año atrás Kirchner habría resuelto el incidente con un simple grito o un golpe sobre la mesa. Un año atrás, tal vez, ese incidente ni hubiera existido.

El revuelo en esa pequeña granja parecería ocultar otras cosas. Los caminos de Kirchner y de Alberto Fernández estarían bifucardos ya en un punto de difícil retorno. El ex jefe de Gabinete es el titular del PJ Capital y antes de aceptar la candidatura de Heller recorrió varios atajos: su renuncia a la conducción del partido, la libertad de consciencia de su tropa y un posible acuerdo con Aníbal Ibarra. Pero cualquiera de las alternativas, en plena campaña. lo hubiera forzado a confrontar con Kirchner. Todavía, a juicio suyo, no llegó ese tiempo.

El malestar del peronismo porteño tendrá poca incidencia electoral porque la Capital fue casi siempre para el kirchnerismo un territorio refractario y hostil. Distinta es la significación que adquiere el apartamiento de Carlos Reutemann en Santa Fe, el del gobernador Juan Schiaretti en Córdoba o las piruetas de Jorge Busti en Entre Ríos. Pero aquella cicatriz disimulada ahora se hará más nítida cuando pase el vértigo de mayo y junio.

Heller se ha llevado, además, el respaldo de Moyano aunque ese respaldo, a lo mejor, resulta estéril en el momento de contar votos en Capital. Pero el líder de la CGT es un hombre clave en la estrategia electoral de la actualidad kirchnerista. El peso de su maquinaria podría incidir mucho más en Buenos Aires.

Los intendentes lo buscan para apuntalar con actos una campaña que no termina de despejar los enigmas sobre el resultado electoral. A muchos de ellos le sucede un fenómeno similar: la ponderación de sus gestiones cae cuando sus nombres son asociados a Kirchner.

Un intendente del segundo cordón cercano a La Matanza mostró una evidencia. La aceptación de su gestión orilla el 70%, pero colocado en la grilla electoral esa ponderación se convierte en poco más del 40% de votos. Tradicionalmente, el PJ ha estado allí por encima del 50%. Hay otro par de datos. Los indecisos en esa tierra humilde suman apenas el 8%. No podría haber entonces ningún crecimiento llamativo. El 50% de los consultados afirma tener voluntad de cortar boleta. Esa voluntad a la hora del comicio siempre resulta menor. Pero inquieta.

La compañía de Daniel Scioli caería, en general, mejor. Esa impresión dispuso mal al ex presidente. Kirchner dice descreer de aquella influencia del gobernador. ¿Por qué, entonces, lo conminó a la candidatura testimonial? Reina cierta angustia y confusión en Olivos donde no circulan tantos encuestadores como antes. Los encuestadores no pueden llevarle noticias relevantes sobre Buenos Aires.

Scioli fue el encargado de dar la última vuelta de tuerca sobre los intendentes. La reunión no fue sencilla porque varios esgrimieron excusas personales para no participar y otros elevaron quejas. "En mi distrito el Gobierno se pasa anunciando obras públicas pero la plata nunca llega. La única obra en marcha es financiada con fondos de la Municipalidad", describió uno de los capos de la zona oeste.

D'Elía ha sido con sus demandas mucho menos prudente que la legión de intendentes e, incluso, que el propio Moyano. Su desesperación llegó a tanto que reveló ciertas cosas pasadas sobre decisiones de Estado -en un libro primero y en una radio la última semana- que provocaron escozor y que, de ser auténticas, condicionaría en tramos trascendentes la marcha de la política exterior.

¿Qué dijo D'Elía? Que en el 2005 Kirchner le había dado instrucciones para viajar a Cuba y entrevistar a Fidel Castro. ¿Razones? Organizar aquella contracumbre a la Reunión de las Américas en Mar del Plata que derivó en una fricción muy fuerte entre el entonces presidente argentino y George Bush. La contracumbre incomodó a Washington y el choque con Bush terminó por enfriar las relaciones con Estados Unidos.

Esa revelación llega en un momento en que los Kirchner hurgan una recomposición con Washington al compás de algunas señas amigables que lanzó Barack Obama. El ex presidente, quizá, no hubiera ido detrás de la recomposición si su presente político fuera más alentador.

Con seguridad, Obama no reparó en D'Elía. Pero sus palabras deben haber sido registradas por su diplomacia. Quizá ni siquiera hayan hecho falta esas palabras para que el Departamento de Estado se anoticiara. Obama tiene hecho, en esta emergencia de su país, el diseño para el Cono Sur. Lula será su interlocutor privilegiado y tal vez, por ese motivo, terminó ungiendo a la hispana Vilma Martínez y no a Tom Shannon como reemplazante del embajador Anthony Wayne. Es cierto que Shannon llevó en estos años complejos el vínculo con la Argentina. Pero es un profundo conocedor de la zona y su nuevo destino, cuando abandone Washington podría estar en Brasilia.

Aquella supuesta instrucción que denunció D'Elía estaría mostrando un rasgo inmodificable de Kirchner: sus manejos paralelos a los de sus propios ministros. Una costumbre que mantiene con Cristina en la Casa Rosada. La innecesaria tensión con México lo demuestra.

Kirchner tiene una sorprendente capacidad para convertir un simple problema en un conflicto serio. No pareció desatinada la suspensión de vuelos a México a raíz de la gripe porcina. Hay que tener en cuenta el precario sistema de salud pública del país azteca y las precariadades de la Argentina. Pero ese tipo de decisiones debería ser producto de una mesurada y permanente evaluación y no de arranques de rabieta. El ex presidente desechó los consejos del jefe de Gabinete, Sergio Massa, quien sólo se puede comunicar con él por escrito. Por escrito se enteró de que no tenía escapatoria para su candidatura en Buenos Aires. También ignoró literalmente a la Cancillería.

Lo desbordaron las críticas de Felipe Calderón. El presidente de México habló de discriminación y opinó sobre la epidemia del dengue aquí como si a su país le resultara ajena. México computó 52.400 casos en el 2007, 33.300 en el 2008 y va por los 3 mil en el 2009. Calderón puede haber intentado con sus críticas a la decisión argentina --que también adoptaron Ecuador, Perú, Cuba y China- enmascarar los cuestionamientos que le llovieron por su ausencia en los inicios de la gripe porcina. Un ardid de política doméstica que también adora Kirchner.

El ex presidente adopta de un plumazo esas y otras decisiones que competerían a Cristina. El peligro es que cualquier decisión que no esté en el corazón de la pelea electoral resulta secundaria para él. Dedica sus mejores horas a desembarcos en el conurbano. Se maquilla de hombre manso y alerta sobre la maldad opositora.

La oposición parece no salir nunca de su laberinto. El PJ disidente, de Francisco De Narváez y Felipe Solá, requiere casi de una cumbre semanal con Mauricio Macri para evitar el naufragio de esa alianza. Los desencuentros de Elisa Carrió con Julio Cobos, es decir de la Coalición y el radicalismo, son indisimulados aunque se hayan sorteado de apuro para el cierre de las listas. Nadie transmite la confianza que falta en el país.

Hace bastante tiempo que se corrió en la Argentina el telón de la bonanza económica. Y empezaron a aparecer, de nuevo, intactas, las viejas ruinas de la política.

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