Los Kirchner, frente al pasado que vuelve

Tomás Eloy Martínez

No por la frecuencia con que han sido citadas, las frases que siguen dejan de ser lesivas para la ya castigada calidad de las instituciones argentinas. Son graves, y traen a la memoria ráfagas de un pasado que parecía irrepetible.

Por eso mismo, porque invocan un pasado nefasto, no hay que dejarlas agonizar en el olvido.

Hace una semana, el ex presidente Néstor Kirchner admitió que en su vida política había tenido aciertos y errores, sin precisar hacia cuál de los lados se inclinaba la balanza. Lo dijo en su enésima aparición junto al dirigente de la CGT Hugo Moyano, a quien parece apoyar con más énfasis desde que la Corte Suprema falló en favor de la libertad sindical. "Todas las mañanas Cristina me dice: «¡Qué vicepresidente me pusiste, Néstor!»."

Con un solo golpe de jactancia, Kirchner menoscabó la investidura presidencial y el sistema de partidos, algo que en un país marcado por la vulnerabilidad de las instituciones no puede ?no debe? ser tomado a broma por nadie.

Sin embargo, las arrogantes expresiones del jefe justicialista fueron saludadas por un coro de risas y aplausos en la Federación Nacional de Camioneros. Al día siguiente, el jefe de gabinete, Sergio Massa, y el ministro del Interior, Florencio Randazzo, debieron aclarar que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no consideraba la posibilidad de pedir la renuncia del vicepresidente Julio Cobos.

Los pocos medios extranjeros que se ocupan de la Argentina lo dicen con naturalidad. En España, El País tituló "Los dos presidentes Kirchner". El Mundo de Madrid describió al ex mandatario como "el hombre que desde su oficina en Puerto Madero mueve todos los resortes del poder". The New York Times se sintió, a su vez, en la necesidad de aclarar que el ex presidente Néstor Kirchner no está al frente del gobierno y que su propia esposa, la Presidenta, lo había negado. En Londres, el semanario The Economist se refirió al costo político que pagará CFK "por su fracaso, así como el de su marido y predecesor, en persuadir a los inversores de que la Argentina es un lugar seguro para los negocios".

La Argentina emergió de la catástrofe de 2001 con extremas dificultades y sacrificios que el ex presidente conoce muy bien. Kirchner supo avanzar sin sentirse menoscabado por el magro 22 por ciento de sufragios que recibió en las elecciones de 2003. Llegó al poder como delfín del caudillo bonaerense Eduardo Duhalde, pero esa condición subordinada no lo arredró. Se puso rápidamente a trabajar contra la miseria y conquistó una popularidad que podía haberlo dejado satisfecho y en paz, a pesar de que cuatro años más tarde, cuando le cedió la candidatura a su esposa, los problemas de fondo seguían sin resolverse. Las debilidades argentinas, que ya eran muchas, se acentuaron cuando sobrevino el derrumbe estrepitoso de Wall Street. Las réplicas oficiales a la onda expansiva de la crisis nacida en los países desarrollados parecieron manotazos de ahogado.

Dentro de ese contexto, se vuelve más llamativo el hecho de que en sólo un año el gobierno de CFK haya atravesado momentos difíciles, que habrían podido ser evitados o atemperados si no los hubieran provocado las demasías de su influyente marido. Cito algunos: la incapacidad para dialogar cuando se discutieron las retenciones agropecuarias, el aumento de siete puntos en el índice de pobreza por una inflación que triplica el 9 por ciento establecido por los espejismos del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, uno de los hombres de Kirchner.

La sociedad política que forma el matrimonio presidencial no es nueva en el peronismo. Otros ejemplos son los del ex mandatario Eduardo Duhalde y la senadora Hilda González, el anterior gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, y Olga Riutort, de quien se divorció; el flamante disidente del kirchnerismo Felipe Solá y su ex mujer Teresa González Fernández. Sólo Carlos Menem dejó en claro que "la política no es un bien ganancial" cuando expulsó a su ex esposa, Zulema Yoma, de la residencia de Olivos.

Las actividades de la Fundación Eva Perón, financiadas casi por completo con aportes públicos (y con algunas donaciones voluntarias, o no tanto), fueron tan importantes para los millones de argentinos pobres como la política de igualdad social que derivaba de la nueva legislación laboral, los planes de viviendas económicas, los alquileres controlados y las inversiones en salud y educación. Cuando se reformó la Constitución en 1949, un llamado de Eva al convencional Angel Miel Asquía bastó para que se cambiara el artículo 77, que impedía la reelección del presidente. El coronel Domingo Mercante, que había malinterpretado el coqueto rechazo de Perón a un segundo término, perdió por eso el favor matrimonial. El poder de Eva llegó a ser tal que el mismo Perón, temeroso de que siguiera creciendo, no quiso que aceptara la candidatura a la vicepresidencia.

Sin vocación o carisma comparables, la tercera esposa de Perón llegó más lejos. Se llamaba María Estela Martínez Cartas y su nombre artístico era Isabel. Había conocido al presidente depuesto por el golpe militar de 1955 en el cabaret Happy Land, de Panamá, donde era bailarina. Diez años después se convirtió en la delegada que desbarató el peronismo sin Perón del sindicalista metalúrgico Augusto Vandor. Gobernaba el radical Arturo Illia cuando vandoristas y verticalistas se separaron, apenas llegó Isabel. A los seis meses, los vandoristas fueron derrotados en las elecciones provinciales de Mendoza.

Isabel volvió a Madrid, pero no abandonó la escena política argentina. En octubre de 1973, integró la fórmula que ganó las elecciones presidenciales. A la muerte de su marido, en julio de 1974, asumió la jefatura de gobierno bajo la tutela del ministro de Bienestar Social, secretario, maestro en artes esotéricas y creador de los escuadrones de la muerte de la Triple A, José López Rega. Ambos dejaron una infausta memoria.

Platón fue el primero en distinguir el simulacro de su modelo, la esencia de las apariencias. El ex presidente votado por el pueblo en elecciones legítimas no es en modo alguno comparable al esperpéntico asesino López Rega. Tampoco la ambiciosa CFK, que desde su juventud como estudiante de Derecho en La Plata aspiraba al protagonismo político, es equiparable a Isabel, que siempre se dejó llevar por las decisiones de otros. Pero los postulados platónicos permiten pensar que sólo difiere aquello que se parece (la imagen que se parece a otra y no es idéntica) y, por tanto, sólo en sus diferencias los seres humanos se asemejan.

Basta un ejemplo. Para caracterizar el rápido declive de Isabel, que desembocaría en una de las peores catástrofes nacionales, Pablo Kandel y Mario Monteverde escribieron en su libro Entorno y caída , impreso en marzo de 1976: "El deterioro se advertía ya en tres campos: el de la opinión pública, ante los desaciertos del gobierno; el interno del justicialismo, donde las disensiones adquirían cada vez mayor magnitud, y el de la situación económica, que se debilitaba velozmente". La cita se refiere "al binomio Isabel-López Rega", pero también podría aplicarse a la rápida erosión de la imagen de CKF en sólo un año, a la reagrupación del peronismo antikirchnerista alrededor de Duhalde y a la caída del consumo en los últimos meses de 2008.

Desde la reunión de gabinete del 5 de julio de 1974, López Rega estuvo detrás de cada decisión presidencial. El dirigente del radicalismo Ricardo Balbín habló por primera vez del "microclima" en el que se encerraba Isabel, dominada por el Hermano Daniel -como llamaba al secretario, astrólogo y ministro-, quien había logrado una provechosa alianza con las 62 Organizaciones y la CGT. Esa alianza se rompió cuando Celestino Rodrigo, ungido ministro de Economía por su amistad con López Rega, aumentó el dólar en un 100 por ciento, la nafta en un 175 por ciento, la electricidad en un 75 por ciento y marcó un tope del 40 por ciento para los salarios. En la pulseada que siguió al Rodrigazo, los sindicatos pusieron fin a la regencia de López Rega. La Presidenta siguió gritando "¡A mí no me entorna nadie! ¡Ni el propio Perón me pudo entornar en 18 años!", pero su dignidad nunca se repuso de haber tenido un primer ministro en las sombras.

La naturaleza autoritaria del peronismo, como los anillos de Saturno, ya ha sido descubierta. Su origen corporativo se opone al sistema de representación republicano. Lo peor es que también lo debilita: el poder de emisarios, influyentes y familiares confunde la estructura del partido con la del Estado. Dado que el PJ tiene una sede, Kirchner no necesita organizar reuniones políticas en la residencia de Olivos -residencia oficial donde vive la presidenta que eligieron los argentinos para gobernar un país que es de todos los ciudadanos, no sólo de los justicialistas-; mucho menos debería instruir a los ministros como si de él fueran los atributos del mando. Lo hacía López Rega -también desde Olivos- y a la Argentina no le sienta bien ese mal ejemplo. Tampoco ayuda que se muestre con el secretario general de la CGT y que días más tarde el sindicato de Moyano atente contra la libertad de prensa al bloquear las plantas de impresión de Clarín y LA NACION, así como la playa de revistas.

CFK tiene por delante las tres cuartas partes de su mandato. Los años que le quedan no serán fáciles. La nacionalización del sistema privado de pensiones y el regreso del Ministerio de la Producción parecen actos desesperados para salvar al kirchnerismo en vísperas de elecciones peligrosas para su hegemonía. La memoria de los fracasos del pasado jugará sus cartas, y difícilmente lo hará para favorecer una sociedad conyugal. Ninguna voluntad de poder merece respeto si pone en riesgo la democracia, que cumple ya veinticinco años, porque detrás de ella hay cuarenta millones de seres humanos y un electorado que de buena fe eligió a una presidenta, sin añadiduras familiares.

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