Kirchner, frente al doble juego de los intendentes con el PJ opositor

Por: Julio Blanck

Los intendentes del Gran Buenos Aires ya empezaron a renovar sus seguros de supervivencia política. El procedimiento no es complicado: operan para poner gente de su simpatía en las listas que le hacen oposición en el municipio. A cambio, garantizan apoyo logístico, por decirlo de alguna manera, y hasta algunos buenos puñados de votos. Si las cosas salen bien, los opositores hacen un papel honroso en la elección y ellos se aseguran concejales de otras listas que después no les pondrán obstáculos en la gestión.

No es que no lo hayan hecho antes, ellos o sus antecesores que eran más o menos como ellos, pero cada vez que se aproxima una elección renuevan con entusiasmo esa práctica. Y más ahora, cuando el peronismo disidente necesita hacer base en el Conurbano si pretende taladrar el poder del kirchnerismo en la elección de octubre.

La inestable alianza entre Felipe Solá y Francisco De Narváez -auspiciada por Mauricio Macri y bendecida por Eduardo Duhalde-- se presenta como el receptor ideal para esa repetido doble juego de los jefes comunales, los dueños del aparato.

El hecho de que todos sean peronistas, con la enorme laxitud que esa identidad encierra, no los obliga siquiera al mínimo estorbo de violentarse por darles una mano a listas de otros partidos. Por supuesto, si lo tienen que hacer lo hacen. ¿Un ejemplo? Cuentan los conocedores de la entretela bonaerense que en Lomas de Zamora, la Coalición Cívica sacó seis concejales en la última elección. Pero a la hora de funcionar en el Concejo Deliberante, por lo menos cuatro juegan con el intendente peronista. Y como este, aseguran, hay decenas de casos.

El fenómeno podría verse como un capítulo más de la picaresca política. Pero esta vez hay un componente más sensible. La alimentación solapada que los intendentes puedan proveerle a las listas del peronismo disidente en su propio beneficio tiene que ver, también, con el cauteloso posicionamiento que el aparato justicialista empieza a desplegar de cara a los resultados de octubre y el ordenamiento hacia la presidencial de 2011.

Además de cuidar su capital político municipal, y de la expectativa de recibir ayuda y reconocimiento de parte de la disidencia peronista, a la que recursos no le faltan, algunos intendentes, como unos cuantos gobernadores y legisladores que se dicen kirchneristas, están maniobrando de modo de no quedar desacomodados si el viento sopla para otro lado y los Kirchner dejan de ser los dueños y señores que son ahora.

Bajo este prisma, la poco afortunada irrupción de Néstor Kirchner en la campaña derrotada de Catamarca y su promesa de ir a poner el cuerpo en todas partes aunque la suerte se anuncie esquiva, puede entenderse como la intención de cerrar los caminos de la dispersión peronista, jugando a fondo en todos lados con su presencia y su presión.

El mismo sentido defensivo tiene el proyecto, revelado por Clarín, sobre una reforma política en la provincia de Buenos Aires que obligue a todas las fuerzas a pasar por una interna abierta para decidir candidaturas. La intención del PJ bonaerense es abrir la competencia para que menos dirigentes se sientan tentados a jugar por afuera de la estructura. Es una idea interesante, pero hay que ver si funciona con la alternativa del peronismo disidente subida al escenario.

Por cierto, en los alrededores del acuerdo Macri-Solá-De Narváez se tejen algunas fantasías y hay quienes le están dando un posible desempeño electoral que todavía deberá verificarse en los hechos.

Algo es seguro: por ahora les está yendo razonablemente bien en la Provincia, a juzgar por una encuesta que fue puesta esta semana en manos del Gobierno, que no será difundida y que fue financiada por sectores políticos ajenos al oficialismo y al distrito.

Según esos números recientes, Néstor Kirchner como candidato estaría en el 38% de intención de voto, Francisco De Narváez llegaría al 25% y Margarita Stolbizer, la aguerrida radical de la Coalición Cívica, bordearía el 15%.

De acuerdo a ese sondeo, el resultado del oficialismo bajaría algunos puntos si el candidato fuera el jefe de Gabinete, Sergio Massa. Y el peronismo disidente también retrocedería algo si el candidato en octubre terminase resultando Solá.

Quizás esa ligera luz de ventaja que hoy De Narváez tiene sobre Solá en las encuestas esté volcando a Macri en favor de su viejo compañero de ruta, en desmedro del ex gobernador bonaerense. La reciente declaración de Macri, señalando que quizás haya que resolver la candidatura de octubre mirando las encuestas va exactamente en esa dirección. Sus opiniones en privado, también. Pero todavía hay mucho trecho por recorrer antes de una definición.

En estos términos, y aún perdiendo 10 puntos respecto de las elecciones en 2007, la victoria kirchnerista en la Provincia hoy no correría mayores riesgos. Pero el peronismo disidente podría alcanzar un piso muy alto que puede servir de base de operaciones para cualquier variante sin Kirchner apuntada al 2011.

Esto puede valer para Carlos Reutemann, por ejemplo. Y en esto puede pensar Macri, que desdobló la elección porteña y busca consolidar su gestión antes de dar el prometido salto nacional. Sus socios peronistas bonaerenses querían la elección unificada y que Gabriela Michetti, como candidata en la Capital, les potenciara su propio espacio en la Provincia. Pero Macri, al que no le sobra generosidad, eligió diferente. Su plata la va a jugar en junio. En octubre, que arriesguen sus socios.

Como la de Kirchner recorriendo el país para que no se le desparrame la tropa, como el PJ bonaerense apurando una interna abierta, también la de Macri es una decisión defensiva, influída por la perspectiva de espanto para los oficialismos a medida que avancen los efectos de la crisis global.

Son los soldados que quieren seguir vivos, así sirven para otra guerra.

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