Kirchner espera la votación con un ánimo oscilante

Por Joaquín Morales Solá

Un Kirchner oscilante, y también indescifrable por momentos, parece aguardar en las vísperas de los comicios más comprometidos de su vida de político. En los últimos días ha pasado de pronosticar en la intimidad un eventual paso al costado suyo a envalentonarse de nuevo, ordenando ofensivas contra la clase media porteña y contra los medios de comunicación. Ningún encuestador está en condiciones de calmar su creciente ansiedad. Ningún colaborador cercano a él sabe ya cuál es el último y definitivo Kirchner. El ex presidente ha perdido su vieja seguridad política y eso es lo que se esconde detrás de su ánimo inconstante de las últimas horas.

Dicen que el jueves último hubo una reunión en Olivos en la que Kirchner prometió abandonar el gobierno si el próximo domingo la derrota se abatiera sobre él en la provincia de Buenos Aires. "Armaremos las valijas y nos iremos", aseguran haberlo escuchado decir. ¿Es cierto? Tres fuentes inmejorables confirmaron que el esposo presidencial pronunció esa frase luego de que le comentaran los resultados de encuestas vacilantes. Ninguna medición le aseguró nada en los días recientes, a pesar de que las que llegan a él siempre lo colocan unos puntos por arriba de Francisco de Narváez.

Un ministro importante del Gobierno descartó de plano que esa frase haya salido de boca de Kirchner. "La posibilidad de la derrota no existe para nosotros. ¿Por qué hablaría de lo que no existe?", contestó ante una consulta de LA NACION. Pero otro ministro relativizó la respuesta: "Kirchner dice esas cosas para alentar a la tropa en los días finales de la campaña. Que lo diga ahora en la intimidad de unos pocos no quiere decir que lo vaya a hacer luego", explicó.

Carlos Reutemann aceptó sólo haber escuchado esa versión en los corrillos del Senado: "Me contaron sobre esa reunión, pero yo no estuve en Olivos y no veo ni hablo con Kirchner desde hace mucho tiempo", explicó el senador. Otro alto funcionario del Gobierno fue más allá aún: "¿Le preguntaron a Cristina que va a hacer ella? Néstor puede hacer las valijas todas las veces que quiera, pero la que tiene que poner la firma es Cristina". Tiene razón. Néstor Kirchner no tienen ningún cargo formal en la administración, aunque es el hombre fuerte del país. Sólo una renuncia de su esposa podría materializar la metáfora de las valijas y los alejamientos.

Todas las fuentes coinciden en que será muy difícil para Kirchner aceptar las condiciones de una eventual derrota. "Kirchner gobernó siempre con exceso de poder y de recursos. Ahora se está quedando sin las dos cosas", dijo uno de esos funcionarios. En público, Kirchner ha oscilado también: primero dijo que su derrota podría reeditar la crisis de 2001 (que significó la caída de un gobierno) y después se ofendió cuando se informó que él mismo planeaba una retirada del Gobierno.

Sin embargo, sobre el fin de semana último, el viejo ímpetu volvió al espíritu del ex presidente. No quiso escuchar los resultados de ninguna encuesta que le diera una victoria por menos del 10% de los votos en la provincia de Buenos Aires. "No vengan a asustarme", les dijo a sus generosos encuestadores, mientras los ahuyentaba. Ya sus medidores de opinión pública habían hecho algunos dibujos para conformar a Kirchner, pero resultaron insuficientes.

Entonces también lo instruyó a Daniel Scioli para que levantara la candidatura de Margarita Stolbizer. Sabe, con razón, que un eventual triunfo suyo sólo podría ser obra de un equilibrio de votos entre sus opositores. La polarización con De Narváez, que él mismo provocó sin quererla, es el escenario menos querido por Kirchner y también, aunque por razones distintas, por la alianza de Elisa Carrió, el radicalismo y el socialismo. Pero el oficialismo equivocó de nuevo la estrategia: los funcionarios no debían elogiar a Stolbizer, sino criticarla. Los votantes antikirchneristas deben ver en la candidata una clara opción opositora y no una figura respetada por el oficialismo, como terminó exponiéndola Scioli. Pruebas: De Narváez creció cuando el kirchnerismo lo enfrentó.

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Cuando recobró el ánimo, Kirchner comenzó también a ocuparse de la noche del próximo domingo. Se ocupó mal, como suele hacerlo cuando se siente inseguro. Le teme a una algarabía prematura de la clase media porteña o, lo que sería peor, que ésta se ensañe con críticas multitudinarias al kirchnerismo. Los grupos piqueteros se prepararon entonces para ocupar la Plaza de Mayo, velando para que eventuales y alegres opositores no festejen nada en la principal plaza de la nación política. La fuerte reacción social hizo que algunos de los que convocaban (Luís D´Elía, más precisamente) anunciaran ayer el levantamiento de la convocatoria. Era (o es, nadie lo sabe) una maniobra para amedrentar y disuadir más que para otra cosa. Era, o es, una decisión arriesgada, que conllevaría el peligro de serios enfrentamientos sociales. Pero, ¿no es lo mismo que el propio Kirchner ya hizo hace un año durante el largo y tenso conflicto con el campo?

En el fárrago de los días finales, Kirchner también dio instrucciones sobre los medios periodísticos. Organizaciones paragubernamentales, como el grupo La Cámpora, anunciaron que harán concentraciones en la noche del domingo en las puertas de medios de comunicación. La primera consecuencia será que dificultarán seriamente el trasiego de periodista en un día de elecciones. La consecuencia más importante será, con todo, la certeza de hostigamiento e intimidación que sentirá el periodismo. Esta convocatoria no levantada hasta anoche, por lo menos. Piquetes que se levantan antes de concretarse. ¿Para qué? Una elección no se gana con fuerzas de choque ni con amenazas abortadas.

Sea como fuere, en la euforia o en la duda, Kirchner bascula entre los extremos. Así llegó y así se despide del enorme poder que tuvo durante más de medio lustro. Sabe, en el fondo o en el frente, que el monumental tamaño de ese poder no volverá a repetirse en la vida de político que le queda.

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