Kirchner esboza el plan de resurrección

Por Carlos Pagni

"En 2011 va a haber tres candidatos: Cobos, Macri y yo." La frase podría estar en boca de varios peronistas. Pero quien la pronunció, hace pocos días, delante de un intendente del conurbano, fue el menos pensado: Néstor Kirchner. En sus confesiones de invierno, cada vez más frecuentes en Olivos, el esposo de la Presidenta interpreta la derrota electoral, invita a acuerdos, ensaya una estrategia. En definitiva, intenta la resurrección.

La tesis principal del argumento es conocida: "Yo no fui". "Con el correr de los días, está claro por qué perdimos. La economía se enfrió por la crisis internacional; además, la gestión de Daniel [Scioli] es muy mala, y la inseguridad avanzó demasiado." Lo dice una encuesta de "Tito". Por lo visto, la fuente de Kirchner es la de siempre. "Tito" es Roberto Bacman, el encuestador oficial de Olivos, titular del Centro de Estudios de Opinión Pública, que ingresó a los anales de la sociología criolla el 28 de junio, divulgando números victoriosos de lo que, en un rato, sería "cancha rayada". Los Kirchner lo siguen contratando, lo que indica que su propensión a consumir cifras engañosas, tan ostensible en el caso del Indec, puede haberse transformado en adicción.

En sus soliloquios, Kirchner explica cómo piensa aprovechar el escuálido capital que le dejaron las elecciones. Su razonamiento es lineal. El 30% de la provincia de Buenos Aires es apenas el 14% del electorado nacional. Pero, concentrado en el conurbano, ese porcentaje es una porción envidiable de la interna peronista. El resto es sencillo. Las provincias del Norte seguirán haciendo lo que les indique el gobierno nacional, su principal acreedor.

Kirchner quiere hacer pasar la competencia del peronismo por una disputa interna en la que se potenciaría aquel 30%. Es un recurso habitual. Los líderes que pierden encanto ante la opinión pública tratan de conservar su gravitación a través de la burocracia de los partidos. Esta ley se verificó, por la negativa, en 2003. Kirchner avanzó hacia la presidencia gracias a que Eduardo Duhalde prohibió las internas a través del controvertido congreso del PJ, en Lanús. De ese modo, se neutralizó el atractivo que Carlos Menem todavía tenía en el peronismo. A Menem había que hacerlo competir, pensó Duhalde, en la cancha grande de un ballottage.

Kirchner, hoy, es Menem. Por eso comenzó a alentar la reconstrucción de los partidos políticos, para obligar a la dirigencia del PJ, sobre todo a Carlos Reutemann, a someterse a una competencia cerrada, en la que él tendría a su favor el peso del Estado. El ejecutor de este plan es el ministro del Interior, Florencio Randazzo, quien redujo el diálogo político a una reforma del sistema electoral que imponga las internas obligatorias. Es el camino de regreso de aquel congreso de Lanús.

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Si se consultan las encuestas más confiables, la imagen de Kirchner se siguió desmoronando ante la opinión pública después de las elecciones. Incluso, más que la de su esposa. Pero él cree, como creía Menem después de la derrota de 1997, que ese fenómeno es reversible. Selecciona datos que convaliden sus deseos: la suba en el precio de la soja, la recuperación de los bonos, etc. No hay que dejarse engañar. El objetivo más relevante de Kirchner no es retener la presidencia en 2011 sino evitar que la conquiste otro peronista.

Para esa pretensión todavía tiene recursos. Como los tenía Menem para sembrar de obstáculos la carrera de Duhalde en 1999. Para el PJ la ecuación es una pesadilla: el dirigente menos apreciado por el electorado sigue siendo determinante en su vida interna. Quizá por eso Duhalde asegura que "el próximo presidente no será peronista".

Las hipótesis electorales de Kirchner suponen un plan para su esposa. El matrimonio ha decidido gobernar sólo para quienes lo votaron. A ese público, y a nadie más, estuvieron destinados los anuncios, las medidas o el discurso emanado de la Casa Rosada desde el 28 de junio. El resto del electorado es, para esta visión, irrecuperable. Esta es la razón por la cual el diálogo político, el acuerdo empresarial o la negociación con el campo fueron vaciados de sustancia desde el mismo poder que los convocó.

El repliegue de Kirchner sobre su propia base se expresa en la poética de "no renunciar a las convicciones" o "profundizar el modelo". O en esta admonición de la Presidenta: "Los que piensen de otra manera que vayan al Congreso". Curioso mapa en el que la división entre el Ejecutivo y el Legislativo decanta en dos gobiernos. Uno, de izquierda, el de los Kirchner, dedicado a "redistribuir el ingreso"; el otro, el de "la derecha que ganó las elecciones", puesto al servicio de intereses inconfesables. El discurso oficial se va encapsulando, cada día más, en un discurso de clase. La peripecia de Honduras, donde un Parlamento oligárquico depuso al gobierno democrático, mientras los medios de comunicación pasaban dibujitos animados, es una metáfora deliciosa para esta construcción retórica. El objetivo práctico es siempre el mismo: abonar ese 30% del electorado bonaerense para hacerlo rendir al máximo en una interna peronista.

Esta operación supone un bordado dificultoso hacia dentro del PJ. En el infierno de Kirchner los condenados rotan. Ahora, en esas brasas arden Scioli; el intendente de La Plata, Pablo Bruera, y el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta. En cambio, un antiguo pecador como José Manuel de la Sota fue promovido al purgatorio. Kirchner aprovechó las viejas complicidades del cordobés con su amigo Ernesto Gutiérrez, presidente de Aeropuertos Argentina 2000, para sumar un aliado en Córdoba. De la Sota repite su historia: en la década anterior, también esperó a que Menem perdiera las elecciones (1997) para sumarse a él y ganar la gobernación (1998). Ahora se une a Kirchner motivado por su enemistad con Juan Schiaretti, el gobernador de la provincia. Otro factor que facilita la reconciliación es la desaparición del aeronauta Ricardo Jaime del tablero cordobés.

También los Rodríguez Saá esperaron al derrumbe electoral para descubrir a los Kirchner. El gobernador, Alberto, dijo que atraviesa un test de confianza con la Presidenta, a quien hace meses llamaba "tilinga". Y el senador, Adolfo, impidió con su abstención que la oposición mortificara al Gobierno tratando sobre tablas el tarifazo del gas. ¿Tuvo algo que ver Hugo Moyano en este acercamiento?

Kirchner busca, sobre todo, aislar a Reutemann. En todo caso, asustarlo: "No se va a atrever, no soporta las peleas", se envalentona en los bien regados atardeceres de Olivos. Dos días después de la derrota ensayó la receta. En el parque Lezama propuso a los militantes del grupo Carta Abierta: "Hay que investigar a Reutemann por las inundaciones de 2001".

Reutemann dilata cualquier definición con un "estoy calentando motores". No sólo Kirchner se beneficia de esa demora. También la aprovechan dirigentes con una imagen más competitiva. Felipe Solá es el primero. Este sábado, en Luján, lanzará su candidatura a presidente

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