Kirchner se encamina a ser candidato

Por: Eduardo van der Kooy

Octubre se acerca y el Gobierno necesita recomponer la situación. Sobre todo porque la crisis internacional parece no tener piso. Esas razones explican, en parte, el giro en el conflicto con el campo. También el protagonismo político creciente del ex presidente.

A ocho meses de las elecciones el oficialismo y la oposición coinciden en una sola cosa: Néstor Kirchner será el candidato en Buenos Aires porque en ese lugar el Gobierno definirá su suerte y el matrimonio su destino político.

Kirchner ya ha conversado largamente esa cuestión con Cristina pero no la hará pública hasta el límite que le permita la ley. Esa frontera se vislumbra en agosto. Es probable, incluso, que hasta entonces emita señales confusas. Pretende enredar en ese juego a una oposición que hace mucho alboroto pero que no asoma todavía como una fuerza temible.

Algunos gestos, sin embargo, empiezan a delatar la intención oculta. En su paso de la semana pasada por Chivilcoy pareció otro Kirchner. Sin la máscara habitual de la ira. Tuvo elogios incluso hacia los dirigentes del campo.

Kirchner confesó allí que tiene ganas de seguir luchando. Es lo mismo que le dijo a tres de los intendentes bonaerenses que más lo frecuentan. Esos hombres están convencidos de que el ex presidente encabezará la pelea electoral. Un encuestador se llevó la misma impresión cuando lo despachó: "Basta de encuestas de Buenos Aires. Ya sé lo que tengo que hacer", aseguró.

¿Qué dicen esas encuestas? Que Kirchner sigue siendo el candidato oficial mejor ponderado en Buenos Aires aunque esa ponderación sea flaca y casi sin luz de ventaja sobre potenciales adversarios. Pero su figura congregaría, al menos, al kirchnerismo puro, renuente frente a otros postulantes.

Sergio Massa es uno de ellos. El jefe de Gabinete creció al amparo de la intendencia de Tigre pero no podría ser un espejo electoral del ex presidente. Graciela Ocaña, la ministra de Salud, es otra funcionaria que está en carrera y, como Massa, podría constituir un soporte de la candidatura final de Kirchner. Habrá que verlo.

Son tiempos de tensión entre Massa y el ex presidente. La palabras del jefe de Gabinete intentan demostrar lo contrario aunque algunos episodios resultan elocuentes. Florencio Randazzo es el hombre que está siempre al lado de Kirchner y el que tomó la batuta, junto a Débora Giorgi, en la negociación con el campo. Parece además, después de Cristina, la voz más sonora del Gobierno.

El jefe de Gabinete pivotea alrededor de Cristina. La Presidenta tuvo mucho que ver con su designación luego de la renuncia de Alberto Fernández. Casualmente también Ocaña se cobija en Cristina. La ministra de Salud vive épocas de nervios y presiones, como le ocurre a Massa. Muchos se interrogan si también se extiende en ese área del Gobierno la sombra de Kirchner.

Ocaña está lidiando contra algunas apetencias sindicales. Tuvo en Hugo Moyano a un aliado circunstancial cuando enfrentó a Héctor Capaccioli, encargado del manejo de los recursos de las obras sociales. Esa alianza le permitió el alejamiento de Capaccioli y la llegada del abogado Juan Rinaldi, próximo al líder camionero. La unión se terminó de debilitar cuando esos gremios pretendieron acceder al manejo directo de los recursos de las obras sociales, estimado en $ 2.700 millones.

Le suceden a la ministra otras cosas extrañas. Acaba de recibir una denuncia penal, con injerencia en su vida privada, en la cual podría descubrirse la instigación del diputado Carlos Kunkel. Debió bloquear algunas cuentas que su ministerio posee en el Banco Nación por el intento de depósitos de sumas importantes de origen no identificado. Ordenó a propósito una investigación.

Cristina le dio pleno respaldo hace dos semanas pero aquellas acechanzas nunca cesaron. La ministra está dispuesta a seguir en su lugar aunque, como dijo uno de sus asesores, "su permanencia se cuenta día por día".

El ex presidente empieza a dejar atrás, de a una, antiguas promesas. Cuando cedió el podio a Cristina explicó varias veces que no volvería mas a una puja electoral. "Podría repetir Cristina, si la va bien", explicaba. Ahora suele explicar, en diálogos con poca gente, que su presencia sería indispensable, justamente, para fortalecer a su esposa.

La intervención de Kirchner en Buenos Aires nacionalizaría la elección, aunque ese no sea el deseo político de muchos gobernadores que lo acompañan. Se pondría en juego bastante mas que la renovación de bancas: tal vez un juicio público sobre el Gobierno. El ex presidente supone indispensable vitalizar al Gobierno y revalidar su propio poder. ¿Para qué? Razonaría como la oposición: octubre es un paso que no se puede soslayar mirando el horizonte del 2011. Ese horizonte figura de nuevo en los planes de Kirchner.

Esos planes ayudarían a explicar, en parte, ciertos ajustes de conducta. Otra explicación vendría por el susto renovado de ambos ante las reiteradas pésimas noticias de la economía internacional. Cristina admitió como Kirchner que el 2009 será el peor año de los últimos cien. También probablemente para la Argentina, aunque el país sea experto en convivir con las crisis.

No fue el martes pasado la primera vez que Cristina estuvo con los dirigentes del campo. Fue la primera vez que estuvo, en cambio, desde la derrota de la 125 en el Senado que modificó la vida política de los Kirchner. Entre uno y otro encuentro ocurrieron muchas cosas --una sequía que castigó a varias regiones-- pero sobre todo una sustancial: la debacle financiera y económica del mundo que torció la lógica del conflicto. Aquella resolución 125 pasó a ser casi una anécdota.

El impacto mundial no perjudicó sólo a los granos, la leche y la carne que mandan en las discusiones con la Mesa de Enlace. Cristina estuvo ayer en Mendoza donde se topó con una fiesta y con una realidad inesperada: las exportaciones vitivinícolas en lo que va del año apenas alcanzan un tercio de lo vendido en el mismo período del año anterior. Las puertas del mundo se empiezan a cerrar.

La irrupción de Cristina en la reunión con los dirigentes del campo produjo una tregua y una distensión. Nadie sabe cuánto el matrimonio termina por comprender la nueva realidad pero aquella decisión, al menos, dejó entrever que calibraron adecuadamente la peligrosa escalada que amagaba tomar el problema.

La misma sensación de un riesgo inminente tuvieron los negociadores oficiales, Randazzo y Giorgi, y otros que, como Massa, ahora no participan. En ese triángulo se fue diluyendo, además, la ofensiva insinuada por los duros kirchneristas para modificar a futuro la comercialización de granos al exterior. Ese retroceso del matrimonio --amén de algunos beneficios concretos en la negociación-- no puede ser leído sino como una victoria de la Mesa de Enlace.

El Gobierno ya no tendrá margen para convertir aquel diálogo en tierra infértil. Aunque será el Congreso, de ahora en más, el terreno de las verdaderas discusiones. Hacia allí apuntan la oposición y el campo para intentar arrancarle a los Kirchner lo que no consiguen en las negociaciones. ¿Las retenciones? Si el objetivo fuera su eliminación lisa y llana, como dice con cierta inconsistencia un sector opositor, el oficialismo y sus aliados se abroquelarán.

Las retenciones significaron el año pasado un ingreso fiscal de $ 9 mil millones. Esa cifra se calcula que caerá a $ 6 mil millones. En cualquier caso representa un aporte sustancial al superávit. Pero de ese total un 86% corresponde sólo a la soja. Quizás haya lugar para discutir, de nuevo, una segmentación que sea compensada por algún otro flujo impositivo. Agustín Rossi, el jefe de diputados del PJ, estima que esa instancia no está clausurada.

Los Kirchner disfrutaron el evidente desconcierto que el primer acuerdo con el campo produjo en la oposición. Gozaron además del roce público entre Eduardo Buzzi y Alfredo De Angeli. ¿No sintieron acaso alivio con el hecho simple de la distensión? Probablemente. Pero nunca las palabras del matrimonio pasan si levantar alguna tormenta.

No hay todavía una tormenta pero si un ambiente enrarecido con la Corte Suprema. Cristina pidió a la Justicia celeridad en los juicios por violaciones a los derechos humanos y Carmen Argibay la cruzó con dureza. Argibay dijo lo que piensan sus colegas aunque lo haya dicho sin algodones y, también, sin el conocimiento de todos ellos. La jueza cree que el poder político tiene sus responsabilidades en que sólo un 10% de las causas por crímenes de lesa humanidad se puedan sustanciar por año. Esperan todavía otras 800 causas.

Los hombres de la Corte apuntan: se han nombrado en estos años alrededor de 200 jueces pero faltarían mas del doble; no hay salas disponibles para la realización de juicios y existe insuficiencia de personal. Quizás sólo en un punto concordarían con las palabras presidenciales: hay negligencia en algunas instancias de la Justicia originadas en cierta falta de contracción al trabajo o en la afinidad política e ideológica con las personas que deben ser juzgadas. En este rubro colocan en la mira a Santa Fe, Mendoza y Chaco.

¿Hacía falta otra pelea pública cuando la tregua con el campo había obrado como bálsamo social? Los conflictos suelen ser la semilla política de los Kirchner. Crecen alrededor de ellos como la vegetación.

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