Kirchner y Duhalde favorecen a Cobos

Por: Eduardo van der Kooy.

Dos ex presidentes que perdieron elecciones monopolizan la pelea en el peronismo. Exhiben además las debilidades partidarias. Todo, mientras el Gobierno de Cristina continúa con un rumbo errático. Si esa realidad se prolonga los planes opositores seguirán viento en popa.

Eduardo Duhalde puede haberle hecho a Julio Cobos el mejor regalo navideño que, tal vez, ni siquiera estén en aptitud de superar la magia de los Reyes que llegan cuando despunta enero. El lanzamiento prematuro de la candidatura del ex presidente para el 2011 estaría demostrando, por lo menos, dos cosas: la debilidad del peronismo sometido al liderazgo férreo pero decadente de Néstor Kirchner; la ausencia de una clase dirigente capaz de fomentar una renovación, como acontenció luego de 1983 cuando Raúl Alfonsín propinó la primera derrota electoral de la historia al PJ.

La postulación de Duhalde, salvo quizás a Kirchner, no habría caído en principio nada bien en el casposo partido oficial. Ese malestar se incubó por múltiples razones: la vieja promesa del caudillo bonaerense de no volver a la política del poder; el ninguneo a varios dirigentes de primera línea que venían conversando con él; el indisimulado peso de las cuestiones personales y rencores contra el matrimonio presidencial por encima de los planes que apunten al enderezamiento de la Argentina.

Felipe Solá trató vanamente de convencerlo para que frenara su decisión. "Es un retroceso para el peronismo, Eduardo", le aconsejó. Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete del Gobierno, se encontró con un hombre de lenguaje duro, por momentos iracundo, malquistado con el eterno silencio de Carlos Reutemann y con la vaporosidad del gobernador de Salta, Juan Manuel Urutubey, crítico de los Kirchner pero que ha frecuentado Olivos las últimas semanas.

Como Solá, Alberto Fernández también pretendió detener a Duhalde. Pero el ex presidente pudo haber sido víctima del virus de la épica que acompaña este largo proceso de los Kirchner: "Hay que matar al caníbal", soltó el caudillo. El caníbal es ahora , a juicio suyo, Kirchner. Hasta hace pocas semanas lo apodaba simplemente "el loco". El ex jefe de Gabinete quedó convencido después de aquel diálogo que el destino del peronismo estaría en este trance en las peores manos.

El kirchnerismo es lo que se ve. Una tropa donde sobresalen, amén del matrimonio, Hugo Moyano, Guillermo Moreno, Luis D'Elía y, desde hace algún tiempo, Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete. En un segundo plano atisba el viejo aparato del PJ bonaerense. Una maquinaria que empieza a disgregarse, según quedó en evidencia durante la cumbre partidaria que comandó Kirchner.

¿Qué representaría hoy el duhaldismo? Un compilado de ideas imprecisas que el ex presidente amontonó en los años de ocio, en ocasionales contactos con politólogos y sociólogos locales y extranjeros y en conversaciones con algunos mandatarios, en especial Lula da Silva. Un maquillaje que parecería desmoronarse cuando Duhalde aparece en público entornado por algunos dirigentes que se suponían ocultos en un sarcófago.

¿Le alcanzará a Kirchner con lo poquito que tiene para atreverse a pelear por la sucesión de Cristina? ¿Podrá Duhalde sólo con el reconocido recuerdo de su dificilísima gestión en la crisis presentar batalla seria? No hay halagos a la vista para ese par de hombres: según una encuesta nacional de la consultora Management & Fit, sobre 1.497 casos, los dos ex presidentes tienen los grados de aceptación social más bajos, compartidos con Cristina, que oscilan entre el 17% y el 20%.

Bien por encima de ellos figuran casi todos los que tendrían expectativas en el PJ. Francisco De Narváez, Reutemann, Solá y Daniel Scioli. Incluso Fernando Solanas asoma con muy buenos índices de aceptación, si se lo considerara potable para la geografía peronista.

Kirchner sigue empeñado en forzar las situaciones. En alguna época esa fórmula le arrojó buenos resultados. Pero ya no. Apenas una decena de intendentes del conurbano lo siguieron en el congreso del PJ bonaerense que consagró jefe distrital a su delfín, el diputado José María Díaz Bancalari.

Le fue peor en Santa Fe. La provincia que gobierna el socialismo tiene alrededor de 150 intendentes del PJ. Sesenta se animaron a firmar una solicitada de bienvenida al ex presidente para un acto que realizó en Rosario el 14 de diciembre. Pero al mitin asistieron sólo cuatro. La mayoría de aquellos intendentes reportan a Reutemann.

Kirchner tiene una seria desvantaja política respecto de Duhalde. Esa desventaja es el Gobierno que comparte con Cristina. La gestión anda a los bandazos en el intento desesperado por recuperar cuotas de confianza domésticas e internacionales. La Presidenta hizo un esfuerzo para congraciarse con los empresarios más poderosos del país, pero a esos empresarios los acechan las dudas sobre lo sucedido hasta ahora.

El Gobierno metió mano en las reservas del Banco Central para crear un Fondo del Bicentenario y asegurar el pago de los vencimientos externos en el 2010. La señal enfiló a desmostrar voluntad política, aunque exhibió también que el esqueleto de la economía no está tan sólido como pregona el matrimonio. Los observadores económicos internacionales marcan un punto capaz de hacer añicos la tarea de la reconstrucción de la confianza: Cristina arriba a la mitad de su mandato con un 20% menos de reservas respecto del 2007. En esos años, además, no se empezó a dar solución a varios de los problemas estructurales que acucian a la Argentina.

Todo eso, sin embargo, constituye un paisaje conocido. Pero ese paisaje se viene enrareciendo por otras malas pinceladas. La tensión del Gobierno con la Corte Suprema y otras instancias del Poder Judicial. La instalación de la corrupción en el poder como un problema cotidiano.

Kirchner estaba obsesionado por sacarlo de la escena. Sobre todo quería que la causa por supuesto enriquecimiento personal desapareciera. No va a desaparecer, porque la propia desarticulación política del oficialismo lo impedirá. Esas cosas vuelven en el país a la vuelta de cada esquina. Pero el juez Norberto Oyarbide le tendió una mano al matrimonio cuando la semana pasada dictó el sobreseimiento.

Oyarbide fue, desde siempre, un juez controvertido. Zafó por milagro en el 2001 de un juicio político. En los últimos tiempos acumuló causas de muchas resonancia, desde el espionaje que enredó a Mauricio Macri hasta la mafia de los remedios, que terminó con el legendario sindicalista Juan José Zanola entre rejas.

Esa decisión produjo y produce todavía conmoción. Le repuso a Oyarbide una dosis de credibilidad circunstancial de la que carecía que le permitió disparar el rápido sobreseímiento al matrimonio presidencial. ¿Acaso un cambio de favores?

La pregunta encierra sólo una conjetura. Pero nunca fueron conjeturas los encuentros reservados que Oyarbide mantuvo en los últimos tiempos con Juan Carlos Fábrega. Se trata del gerente general del Banco Nación, mendocino y bodeguero, que trabó relación primero con Julio De Vido y luego con Kirchner. Fábrega siguió personalmente la causa sobre supuesto enriquecimiento ilícito. Podría tener desde enero una recompensa: la presidencia del Banco Nación. La actual titular, Mercedes Marcó del Pont, habría dejado de contar con las simpatías de Cristina y de Kirchner.

Duhalde no sufre ninguno de esos problemas del poder, pero sufre los problemas de alguien que pasó varios años cerca del llano. No tiene la influencia que tuvo. Tampoco en el territorio bonaerense. Cada pequeño armado político le cuesta un perú.

Los hipotéticos presidenciables del PJ lo tratan en privado, varios lo aprecian, pero prefieren no mostrarse en público junto a él. El caso más notorio es el de Reutemann: el senador está harto de las presiones del ex presidente y de su esposa, Chiche. Y no le movió un pelo su lanzamiento.

Nunca se sabe el contenido de la introvertida personalidad del ex corredor. Pero los pocos que hablan con él dicen que dijo que el tema de su postulación presidencial no está, para nada, terminado.

Duhalde antes de lanzarse habló por teléfono con Cobos. El vicepresidente lo habría alentado a ese lanzamiento. La ecuación en su cabeza es sencilla: en el peronismo se acentuarán las peleas internas y las caras visibles de este tiempo serán Kirchner y Duhalde, dueños de un pobre juicio social; Mauricio Macri derrapa con sus escandaletes y su administración política; De Narváez quiere todo -¿la gobernación de Buenos Aires, la Presidencia?- pero no sabe por donde empezar. Su vínculo con Solá parece definitivamente roto.

El mayor dilema lo tiene el vicepresidente ahora en sus vecindades y no afuera. Ha recompuesto bien con el radicalismo que lo expulsó en el 2007. Logró un acercamiento con Margarita Stolbizer. Pero Elisa Carrió se alza como un obstáculo insalvable y el socialista Hermes Binner como un enigma. Carrió ha ganado moderación: lo refleja su relación renovada con Solá. Pero Cobos es para ella un límite a ese afán moderador.

El vicepresidente sabe que el 2010 será un año de refriegas con los Kirchner. Cada estocada del matrimonio le eleva la ponderación en el imaginario colectivo. Piensa seguir en su cargo hasta el inicio del 2011. Haciendo lo que hizo desde que aquel voto no positivo en el conflicto con el campo lo catapultó: palabras y gestos políticamente correctos. Aguardando también los imponderables golpes de la fortuna.

La suerte, sin dudas, ayuda. Pero la historia fresca de la política argentina enseña que, por sí misma, no decide ni es determinante.

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