Los Kirchner van detrás de la crisis

La caída de la actividad económica, de la recaudación y la situación en Brasil terminaron por abrir los ojos a Cristina y su marido. El lanzamiento del miniplán tiene aspectos positivos. Pero el Gobierno carece aún de la confianza social para garantizar su éxito.Por: Eduardo van der Kooy
Los gobernadores han empezado a recibir menos dinero por coparticipación. Los ministros sufren ya recortes en sus presupuestos. Brasil anunció el aplazamiento de una millonaria inversión en una acería de Santa Fe. Los números de la economía están hacia abajo. Sergio Massa, el jefe de Gabinete, congeló el optimismo de un posible crecimiento para el 2009. Las únicas cifras que continúan escalando son las de la inflación. Guillermo Moreno estableció que el incremento de precios en los alimentos en octubre fue del 1,2%. Podrían estar sucediendo dos cosas: o la inflación no cede pese a la caída del consumo, lo cual trazaría un horizonte negro para la Argentina, o el secretario de Comercio ha comenzado a blanquear en cuotas los índices reprimidos durante tanto tiempo.

Esos son los reflejos de una crisis nueva, originada en el derrumbe económico internacional y también en los desajustes domésticos. Pero volvieron los coletazos de viejos problemas irresueltos. El calor brutal de un verano prematuro, que duró hasta el viernes, disparó el consumo y repuso los paisajes sociales de hace un año. Cortes de energía, alumnos sin clases, oficinistas con jornadas laborales acotadas, comerciantes a la buena de Dios. Fueron circunstancias comunes en Buenos Aires, pero también extendidas en el interior. Sólo el don de Juan Manuel Serrat evitó que su recital se convirtiera en un escándalo en un teatro colmado por más de mil personas con escasísimo aire respirable, mientras Rosario hervía. Cristina y Néstor Kirchner han empezado a admitir, después de una negativa tenaz, la existencia de la crisis nueva. Esa crisis, en cierta forma, los protegió de aquellos viejos problemas: el sistema energético pudo haber colapsado la última semana si el consumo industrial hubiera sido el mismo del año pasado. Pero el freno a la producción sirvió, como pobre consuelo, para compensar las cosas.

Kirchner tomó conciencia de la dimensión de la crisis que se avecina, mientras Cristina andaba por Africa. Como muchas veces, creyó que esa realidad podría administrarse entre cuatro paredes e, incluso, aflojarla delante de la Presidenta. Pero los informes de la macroeconomía local lo hicieron temblar y las noticias que provienen de Brasil le dispararon las alarmas. Brasil está sufriendo mucho la crisis y ese sufrimiento derramará irremediablemente en la Argentina.

Cuando Cristina volvió del exterior algunas decisiones ya parecían en marcha. La creación del Ministerio de la Producción, por ejemplo, había sido conversada por el matrimonio y también, llamativamente, consultada con algunos potenciales candidatos a ocuparlo. Miguel Peirano, el titular del BICE, fue uno de ellos. Beatriz Nofal, de la Agencia de Inversiones, otro. Desde ya, también, Débora Giorgi. Existieron más pistas de que algo se cocinaba en el poder. De gira por el interior, hace dos semanas, el jefe de Gabinete adelantó discretamente, en una cena con empresarios y hombres de campo, lineamientos de algunas de las medidas anunciadas.

Esos pequeñísimos gestos indicarían que, al menos por un momento, los Kirchner habrían resuelto abandonar la cápsula que habitan. Por pequeñísimos, esos gestos resultan, lógicamente, insuficientes. También pudieron verse miradas distintas a las habituales en ellos. El universo del pensamiento económico de Giorgi, Peirano o Nofal es bastante más amplio y desprejuiciado del que suele exhibir el matrimonio. Tampoco portan personalidades apegadas sólo a la obediencia, como le agrada a los Kirchner. Puede tratarse de una lectura conformista. Pero es cierto que una gota de agua en el desierto asemeja también muchas veces a un océano.

La desconfianza que impera tiene relación con la historia. El matrimonio presidencial se consumió demasiadas veces en amagues para conservar, intocable, la realidad que ellos prefieren. La primera treta fue la candidatura de Cristina envuelta con la promesa de algún cambio. Otro engaño resultó aquella reunión de Kirchner con Roberto Lavagna en Olivos cuyo sentido político podrá quedar registrado apenas en colecciones menores. También existió el espejismo luego de la derrota en el conflicto con el campo de una Presidenta remozada y con apetencias de poder. Insinuaciones que desembocaron en la nada.

De allí el escepticismo en torno a ciertas novedades recientes. Cristina demoró apenas cuatro horas en responderle un pedido de audiencia al cardenal Jorge Bergoglio. Con el cardenal estuvo la nueva conducción de Comisión Episcopal. La Presidenta participará esta semana junto a Michelle Bachelet en un homenaje con motivo de los 30 años de la mediación por el Beagle, que se hará en Río Gallegos y Punta Arenas. Vendrá desde el Vaticano un delegado del papa Benedicto XVI. Asistirá, además, a una misa en la Basílica de Luján. ¿Un intento de recomposición con la Iglesia?

Cristina también bendijo que la Comisión de Enlace del campo fuera invitada a la asunción de Giorgi como ministra de la Producción. La Secretaría de Agricultura estará bajo su órbita. Hay en estudio una serie de medidas destinadas a ese sector productivo. Fuentes oficiales dicen que, incluso, está en repaso el sistema de retenciones que habría quedado desfasado después del largo conflicto por la crisis internacional y por la abrupta caída del precio de los granos. ¿Un intento de recomposición también con el campo?

Ninguno de esos interrogantes podría tener una respuesta afirmativa convincente. Ese déficit, con certeza, puede atentar contra la eficacia de las medidas económicas anunciadas y otras que están por venir. Los Kirchner arrastran un doble problema: han dilapidado en poco tiempo —menos de un año— la confianza interna conseguida en las elecciones; también despertaron un enorme recelo internacional. No alcanzará con el Plan Financiero que el Gobierno tiene en elaboración para disipar aquel recelo.

¿Cómo no despertarlo con la manera en que Cristina y Kirchner resolvieron, de la noche a la mañana, la reestatización de las jubilaciones? ¿Cómo no despertarlo con el silencio cómplice que guardan frente al ataque gremial que sufrieron la semana pasada Clarín y La Nación?. El ataque provino del sindicato que conduce el secretario general de la CGT, Hugo Moyano. El líder camionero es aliado clave de los Kirchner. Pero esa relación está siendo puesta a prueba por la crisis que golpea a la producción y al empleo.

Moyano recibió un mensaje severo de Cristina. Probablemente también de Kirchner. Nadie sabe si esas advertencias refirieron al ataque cometido contra los dos diarios o al desafío político objetivo que significó también para el matrimonio la decisión prepotente de Moyano: el episodio sucedió casi en simultáneo con los anuncios económicos de la Presidenta. ¿Sólo una casualidad?

Moreno no es Moyano, pero también le seducen las poses y los ademanes de malevo. El secretario de Comercio puede representar una piedra en el zapato no bien Giorgi se disponga a caminar. La nueva ministra no debería sorprenderse si las interferencias de Moreno se hicieran realidad. Ingresó a un gabinete que, en general, acepta las reglas del juego kirchnerista y que computa al secretario de Comercio como el único funcionario transversal. Está aquí y está allá. Giorgi, quizás, haya tomado en cuenta la experiencia que sufrieron otros ministros que fracasaron en su intento de domar con el tiempo al extravagante secretario: una de las primeras cosas que decidió analizar es el proyecto del auto económico que Moreno le propuso a las automotrices. Moreno sueña con reeditar aquel modelo justicialista de los primeros tiempos de Juan Perón.

Giorgi no será en su sillón una mujer solitaria. Hace tiempo que tiene lazos políticos con Florencio Randazzo, el ministro del Interior. Es compinche del secretario de Agricultura, Carlos Cheppi. Pero sus afinidades sobre cómo afrontar la actualidad se ramificarían también con Massa, con Amado Boudou, el titular de la ANSES y Martín Redrado, el presidente del Banco Central. Entre ellos podría tejerse en el Gobierno una trama capaz de frenar las habituales ínfulas de Moreno. Aunque todo dependerá, al final, de la voluntad que exhiban Cristina y Kirchner.

El matrimonio celebró la nueva victoria en el Congreso. Diputados dio media sanción a la emergencia económica y a la ley del cheque, que requería de la mitad más uno de los votos. No reunió los 162 que catapultaron el proyecto de reestatización de las jubilaciones: pero la maquinaria legislativa oficial, aún con deserciones conocidas, sigue respondiendo a la demanda matrimonial. El paso de los mismos proyectos por el Senado promete ser mucho más turbulento.

Kirchner sabe que los 22 mil millones de pesos anuales que representa el Impuesto al Cheque son vitales para mantener el superávit. Por esa razón logró postergar otra vez las ambiciones de varias provincias de transformar el total de ese tributo en coparticipable. "El superávit se haría déficit", protestó. Calcula cuánto dinero de los argentinos en el exterior podría regresar con el blanqueo. Cuenta cada peso y cada moneda. Añora sus opulentos días de presidente como si se tratara de un paraíso perdido.

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