Los Kirchner, desplazados por un nuevo protagonista

Por Mariano Grondona

Néstor Kirchner quiso presentar lo que de otra manera hubiera sido una elección "menor", sólo para renovar parte de las bancas legislativas, como un plebiscito, por sí o por no, a su propio liderazgo. Pero, tomando el guante que él le arrojaba, el pueblo le dijo abrumadoramente que no. Fue inútil entonces que, al analizar las cifras del domingo, la señora de Kirchner pretendiera que había ocurrido efectivamente una elección menor, porque durante la campaña electoral su marido la había convertido en una elección "mayor".

Los Kirchner perdieron tan categóricamente que ahora sólo les quedan dos opciones: iniciar una retirada decorosa para resguardar la gobernabilidad del país de aquí a 2011 o iniciar una retirada traumática si se empeñan en seguir negando la realidad como intentó hacerlo Cristina Kirchner en su conferencia de prensa del lunes último. Si acudimos a la terminología que se usa habitualmente cuando a un gobierno aún le queda un plazo legal para completar su mandato pero ya sin el poder de convocatoria que tenía, el matrimonio Kirchner se ha convertido en un lame duck o "pato rengo". La era del "poskirchnerismo", por lo tanto, ha comenzado.

Atrás quedaron los años en los cuales los Kirchner soñaban con reelecciones indefinidas. Lo que queda en el horizonte, al contrario, es la pregunta sobre quiénes los sucederán de aquí a 2011. Es aquí donde aparece la segunda consecuencia de las elecciones del domingo, quizá tan importante como la primera: que, además de ponerle punto final a la era de los Kirchner, el pueblo decidió no nominar a nadie en su reemplazo. El 28 de junio, los argentinos dictaminaron que el rey ha muerto. Pero, contrariando la costumbre de las monarquías absolutas, que no bien anunciaban la muerte de un rey proclamaban "Viva el rey" para consagrar a su heredero, esta vez los votantes dejaron vacante la respuesta sobre quién sucederá a nuestros "reyes", insinuando así que ya no habrá un nuevo rey sino una nueva república que no precipitará la llegada de un nuevo "gobierno" sino de un nuevo "sistema" cuyo rasgo central no será la búsqueda obsesiva de la hegemonía que animó a la pareja vencida, sino el advenimiento del pluralismo.

Si el último domingo los argentinos hubieran otorgado a algún candidato la posición dominante de la que gozaron los Kirchner por seis años, a lo mejor alguien vivaría desde ahora a un nuevo rey. Pero no lo hicieron. Un puñado de figuras destacadas como Carlos Reutemann y Mauricio Macri ganaron ajustadamente. Otras, como Julio Cobos y Luis Juez, triunfaron en un solo distrito. Como consecuencia, Reutemann, Macri, Cobos y el propio Juez podrían probarse la toga de los "príncipes", pero ninguno de ellos la corona del "rey". El pueblo, al dispersar de esta forma el aura de los vencedores, ¿lo hizo por casualidad o deliberadamente?

La voluntad del pueblo

El principio fundamental de la democracia es la soberanía del pueblo. Pero al poseer el pueblo, como las personas, las dos facultades paralelas de la voluntad y la razón, también puede alegarse que la soberanía del pueblo consiste en el predominio conjunto de ambas facultades. En tiempos populistas, cuando el poder condiciona a la voluntad del pueblo, aun aquellos que adviertan la sinrazón del voto clientelístico o cautivo en el que el populismo se apoya deben reconocer que hasta la expresión en las urnas del voluntarismo de las mayorías, aun cuando les parezca en el fondo irracional, debe ser acatada sin chistar. Lo único que les queda en tal caso a los vencidos, aun cuando crean tener razón, es insistir en sus argumentos a la espera de que algún día venturoso la voluntad y la razón popular terminen por reconciliarse. En casos como éste, que se han dado más de una vez en nuestra historia, las dos virtudes que debe exhibir la minoría vencida son de un lado la humildad que la incita a no creerse dueña de la verdad y, del otro, la perseverancia que la mueve a no abandonar las banderas en las que cree, cediendo ante un apresurado exitismo.

Como lo han venido demostrando las experiencias chavista y kirchnerista, el populismo ha confundido a las mayorías populares hasta ponerlas al borde de la ruina mediante un engaño gracias al cual persuadieron a la parte más pobre y menos instruida del pueblo a votar contra sus propios intereses. Se ha llegado así a la aberración de que, mediante una aparatosa manipulación de las conciencias, gobiernos populistas como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador y la propia Argentina se han ido convirtiendo en verdaderas fábricas de pobres, a la inversa de gobiernos auténticamente democráticos como el de Chile que, en sus veinte años de vigencia, ha logrado reducir el número de pobres a la mitad. Pero en países aún subdesarrollados como los latinoamericanos, ¿puede haber acaso otra meta principal que ampliar año por año el contingente de las clases medias? ¿Qué otro fin podría ser más noble para las democracias latinoamericanas que ir convirtiendo a sus pueblos en extensas clases medias como las que ya prevalecen en Europa o en los Estados Unidos, confirmando de este modo la clásica advertencia de Aristóteles según la cual sólo allí donde imperan las clases medias la democracia es estable?

La razón del pueblo

Como reacción contra el populismo kirchnerista, nuestras propias clases medias lo han venido derrotando en ciudades como Rosario, Córdoba, La Plata, Mar del Plata, Capital Federal y muchas otras, y en provincias como Santa Fe, Córdoba, Mendoza y el interior rural. Las propuestas del campo recibieron, en este sentido, el 59 por ciento de los votos. Al advertir esta tendencia, en vez de rectificar su estrategia el kirchnerismo la concentró en el Gran Buenos Aires, considerado hasta el domingo como el bastión populista por excelencia. La noticia es, sin embargo, que hasta allí el kirchnerismo no logró ni de lejos los votos que esperaba porque la gente cortó boletas a pesar de, o quizá gracias a, que los intendentes sólo se doblegaron ante los Kirchner de la boca para afuera.

Estas tendencias, que pusieron a la pareja hasta ese momento dominante en una situación de derrota, hablan a las claras de lo que ha venido sucediendo: nada menos que el aprendizaje popular . Este proceso de iluminación política acontece tarde o temprano en las democracias con la única condición de que se les dé el tiempo necesario para advertir que las están manipulando. La falla principal de los gobiernos militares que dominaron al país desde 1930 hasta 1983 no fue sólo la acumulación de sus propios errores sino algo aún más profundo: que, al interrumpir una y otra vez los procesos democráticos, no les dieron el tiempo necesario para aprovechar el curso trabajoso del aprendizaje. Hace una semana, después de veinticinco años de elecciones ininterrumpidas, el aprendizaje estalló. La voluntad y la razón del pueblo se han empezado a juntar.

Sea cual sea la expresión de su voluntad, el pueblo manda. Pero a medida que recoge una tras otra sus experiencias y aun sus desilusiones, el pueblo piensa. El progreso de la democracia es, en definitiva, una larga paciencia. La paciencia que, antes de 1983, muchos no supimos cultivar. El domingo último, el aprendizaje de la democracia nos ofreció dos frutos. Uno, declarar el principio del fin del populismo kirchnerista. El otro, que a ninguno de los vencedores se le ofreció otro camino que el diálogo republicano. Por eso es que puede decirse, a una semana de los comicios, que el nuevo protagonista que ha venido a reemplazar al populismo autoritario de los Kirchner no lleva un nuevo nombre propio sino un nombre común: simplemente, el pueblo.

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