Kirchner, decidido a poner el cuerpo en la pelea bonaerense

Por Carlos Pagni

Si las elecciones legislativas fueran mañana, la lista de candidatos del Frente para la Victoria en la provincia de Buenos Aires sería la siguiente: Néstor Kirchner, José Scioli, Graciela Ocaña, Sergio Massa, Guillermo Vilas.

Hay varias curiosidades en el elenco. Por ejemplo, la postergación de Massa, que todavía no se anima a dar un portazo. O la participación de Ocaña, cuya cabeza Kirchner le ofrece a Hugo Moyano. Vilas sorprende menos, salvo porque aparece en el puesto que Daniel Scioli le había reservado a Karina Rabollini. Pero a la primera dama bonaerense la vetaron en Olivos. Son detalles de color. El dato principal es que Kirchner está dispuesto a poner el cuerpo en la batalla que definirá el destino del gobierno de su esposa y de todo su proyecto político. Eso sí es crucial.

El ex presidente entiende su postulación como inevitable. Desde que destronó a Eduardo Duhalde se ve como un líder bonaerense. Por lo tanto, cree ser quien mejor podría detener el éxodo en el oficialismo de la provincia. Hasta el senador provincial Carlos Mosse, de su máxima confianza, secretario de Hacienda durante su mandato, acaba de ponerse al lado de Felipe Solá. Mosse se sumó a un grupo de disidentes que podría quitarle a Scioli el control de la Legislatura. Los intendentes intentan resguardarse hablando con Solá, con Francisco De Narváez y hasta con Julio Cobos. Quieren garantizarse el dominio de sus concejos deliberantes. Temen futuras persecuciones. A cambio, prometen prescindencia para octubre.

Un país distinto

Con su intervención electoral Kirchner busca también evitar que el mapa de poder poselectoral lo registre como un actor irrelevante. Hace bien en preocuparse. De las próximas legislativas emergerá un país muy distinto del actual. El formidable protagonismo que adquirió la Presidencia desde 2003 deberá replegarse ante dos actores que vuelven a escena: el Congreso y el club de gobernadores.

La primera manifestación de esta tendencia se verá en la campaña. Los caudillos provinciales del PJ alientan negociaciones con el campo para ensayar otra discusión electoral en sus distritos. El acuerdo está muy lejos de alcanzarse. Las concesiones de Cristina Kirchner a la Comisión de Enlace fueron hasta ahora más mezquinas que las que había autorizado a Julio De Vido en sus conversaciones con Hugo Luis Biolcatti (por ejemplo: el martes pasado rechazó una reducción de los derechos de exportación de carnes, que De Vido había aceptado). Además, Kirchner se sigue negando a reducir las retenciones a los granos: "Tráiganme 15.000 millones de pesos y se las concedo", propone cuando le quieren hacer ver que sin ese cambio hay que esperar otra convulsión de los chacareros.

Tal vez se rebajen las retenciones sobre el trigo y el maíz. Pero será porque el Gobierno ya consiguió que las cerealeras liquidaran por adelantado sus contribuciones. Sobre la soja, en cambio, no habrá novedades. Salvo que las disponga la oposición en el Congreso: los Kirchner ya fueron avisados de que no cuentan con los votos suficientes para superar ese desafío. Sería una saga tan inquietante como la que desembocó en el voto no positivo de Cobos.

Si, a pesar de estas dificultades, el oficialismo consigue la indiferencia rural -no puede aspirar a más-, será al costo de que se provincialice la discusión electoral en todo el interior. También por eso Kirchner debe subir al ring bonaerense. Su injerencia en la confección de listas en las demás provincias disminuirá y los legisladores del próximo Congreso le deberán menos obediencia.

Sólo por una ficción consentida se dirá que en Formosa, San Juan, Santiago del Estero, Salta o Jujuy "ganaron los Kirchner". Además, en el mejor escenario, el Gobierno perderá la mayoría con que cuenta en la Cámara de Diputados. El Senado también será esquivo: ya son 13 los peronistas disidentes.

Hay un dato más para vislumbrar mejor la dinámica poselectoral: las restricciones fiscales reabrirán la discusión Nación-provincias. El interior será a partir de octubre un determinante de la vida institucional. Nadie como Néstor Kirchner conoce los riesgos que entraña este rebalanceo de poder. El se nacionalizó en los 90 gracias a las tensiones por la distribución federal de los recursos fiscales. Si hoy fuera gobernador estaría envuelto en la bandera de la coparticipación de las retenciones.

La política camina hacia un orden multipolar que hasta algunos jueces federales parecen advertir. El esposo de la Presidenta intuye que sólo con una victoria personal en la provincia de Buenos Aires conseguirá aplazar el eclipse que ese orden promete para él y su esposa. La transición es tan evidente que en el PJ ya está abierto el proceso sucesorio.

El primero en registrar el fenómeno es Kirchner. Hace 10 días, durante una conversación telefónica, le dijo a Daniel Scioli: "Sabés que lo nuestro está terminado. No hay 2011 ni para Cristina ni para mí. Queremos que pienses en ser el candidato. Te vamos a ayudar con todo. Eso sí: tenemos que poner mucha fuerza para ganar la provincia porque si no, estamos perdidos".

Las mismas palabras había escuchado, antes de fin de año, Carlos Reutemann. Pero el propósito duró poco: el santafecino ya no es el candidato de Olivos. Aunque tampoco lo menosprecia. "En el Senado siempre fue amigo de Cristina. Además, no tengo de qué quejarme porque nunca estuvo conmigo. En eso, lo de Reutemann es distinto de lo de Solá, que me debe casi todo y va a terminar siendo candidato a vice con Macri", se despachó Kirchner en la intimidad.

La falta de encono con Reutemann tal vez se deba a que se lo considera inofensivo: "Por ahí no se presenta siquiera como senador. Para él la financiación es clave. Y no la tiene", le oyeron decir a Kirchner.

Sin embargo, la magnanimidad con Reutemann puede tener otro motivo: si ganara en su provincia podría convertirse en el candidato presidencial de varios caudillos que hoy tributan lealtad a la Casa Rosada. José Luis Gioja, Gildo Insfrán, Eduardo Fellner, José Alperovich y Rubén Marín lo miran con expectativa. Ni siquiera Juan Carlos Mazzón, tan cercano al ex presidente, ha dejado de hablar con él. Y disidentes como Juan Carlos Romero lo prefieren a cualquier otro.

Sería un error, sin embargo, suponer que Kirchner está mirando las elecciones bonaerenses con un ánimo defensivo, como el comienzo de su retirada. Menos aún contempla la posibilidad de una derrota. Al contrario, cuando no hay extraños la colonia pingüina recibe una arenga vedada a Scioli o a Reutemann: "Si en octubre ganamos Buenos Aires, en 2011 me postulo de nuevo. Y en 2015, otra vez. Ya se lo dije muchas veces: necesito 15 años para cambiar el país".

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