LO QUE KIRCHNER DEBERÁ EXPLICAR

Por: Ignacio Zuleta

Para quienes creen que Néstor Kirchner es un empecinado que ignora cuál es su interés, la elección de ayer fue un fracaso para él y la coronación de un encadenamiento de errores. Él responderá, empecinado, que si no adelantaba las elecciones, no volcaba el aparato del Estado en favor de los candidatos oficiales; si no hubiera sumado al gobernador y a los intendentes en las listas antitraición en la provincia de Buenos Aires, el resultado hubiera sido peor.

Tampoco creerá nadie que es el carismático Francisco de Narváez el que arrinconó al veterano Kirchner, que el aficionado tumba al profesional. El candidato PRO en realidad supo surfear sobre la ola de rebeldía que manifiesta la sociedad contra el Gobierno y que actuó en todas las crisis del oficialismo con los sectores medios de las grandes ciudades, fuera Blumberg, Gualeguaychú, Cromañón o la pelea con el campo. O las elecciones anteriores, en las cuales el Gobierno apenas alcanzó cifras menores al 30% de los votos medios sobre el total del padrón en un país con voto obligatorio.

Esa marea de rebeldía explica también la ola que lo puso segundo en Capital Federal a Fernando Solanas. Tampoco fue su carisma -que lo tiene, es un cineasta y estudió para actor- ni que hubiera sido antes un buen diputado o que se embanderase con un nacionalismo básico que expresa el bien pensar de cualquier argentino. La clave de su exaltación fue que actuó contra los dos oficialismos en el segundo distrito del país: fue contra Kirchner y también contra Mauricio Macri, adormeciendo el ascenso irresistible de Gabriela Michetti y precipitando el descenso, también irresistible de Elisa Carrió, a quien le hizo tambalear la posibilidad de una banca.

El escenario de anoche en los pisos 17, 18 y 19 del hotel Intercontinental era un retablo de la desolación: críticas a los encuestadores que vendieron fantasías, a los intendentes «testimoniales» que cortaron a mansalva boletas contra Kirchner, sarcasmos sobre los barones del conurbano que habían prometido sostener un triunfo airoso en el segundo cordón, ese Stalingrado que no sirvió para nada, a diferencia de aquel otro.

La Argentina, como le ocurrió a los Estados Unidos, México, Alemania, ahora Irán, parece recortado por un nuevo modelo de cohabitación entre oficialismo y oposición: el país empatado. La gran cantidad de información que pone la tecnología en manos del público, y la capacidad de decisión que le confía parece producir esta física del país empatado. Un país con la crisis política que vive la Argentina desde hace una década puede ser un tembladeral si el poder político queda empatado. Kirchner se las arregló como presidente a gobernar siendo una minoría pero moviéndose -merced a sus reflejos formidables de semiólogo natural, su principal condición- como una mayoría. El país que heredó tenía facturas pendientes que él pegó y eso le sirvió para llegar a 2007. Su mujer Cristina de Kirchner no tuvo esa facilidad -de hecho a poco de asumir se enredó en una pelea con el campo que la hizo capitular en el terreno que ella había elegido, la opinión pública y el Congreso.

El resultado es una lección política para todos, pero en particular para Kirchner, por más que él pueda argumentar que si no hacía lo que hacía todo sería para el Gobierno peor. No parece atinado que un mandatario (y Kirchner lo es por su relación con la Presidente) comprometa a su Gobierno, a su partido, a sus militantes con cantos de victoria por adelantado, que se abrace a la suerte de gobierno, partido y militancia sin generosidad, sin red, sin plan alternativo; que empape de dramatismo desde el vértice del poder a todo el país como si una elección de renovación legislativa fuera el fin del mundo. Kirchner le debe a su gente -y al resto- la explicación de por qué creyó que esta elección era de vida o muerte.

Tendrá que decir que planteó esta pelea como una batalla personal dentro del peronismo para retener la jefatura del partido y asegurarse para él o alguno de sus acólitos la candidatura a presidente en 2011. ¿Se animará a confesar esa mezquindad por la que pagó todo? Ahora se sabe que el peronismo tiene que empezar a mirar hacia otro lado para encontrar lo que no puede darle Kirchner: la seguridad de retener el poder en la próxima elección. No puede pretender el rol de árbitro que perdió él mismo, y esto hace perder a su Gobierno, a su mujer, a la estrella del oficialismo que es Daniel Scioli, que llegó a hacer 2 mil kilómetros por día de campaña, a la camarilla de intendentes y al PJ cuya presidencia ostenta.

Cruel, el propio peronismo se lo hará saber porque encontró en el trío De Narváez-Macri-Solá la posibilidad de disputar un turno presidencial sin el kirchnerismo. Un sueño que sólo pudo albergarse en la almohada móvil de un Felipe Solá. Toda una extravagancia, pero otra más de la Argentina extravagante. Se colgarán a esta nueva navegación las decenas de intendentes que ayer, pese a estar a la cabeza de listas antitraición, cortaron boletas contra Kirchner, con quien tienen más de un agravio y que despacharon secretamente. También alimenta esa chance el pobre voto radical de la provincia de Buenos Aires, que no pudo retener otro corte que benefició a De Narváez; el que promovían intendentes radicales que mandaban a votar por ellos en los distritos del interior pero con De Narváez a la cabeza.

La peleada elección de Carlos Reutemann en Santa Fe pone al senador en la primera línea de las opciones para recibir a este peronismo que buscará nuevo rumbo, pero deberá vencer dos vallas; primero la del agrandado trío Macri-De Narváez-Solá, que agitará todos los espejitos para llamar a una aventura ganadora. La otra valla será Daniel Scioli, arrastrado ayer a una hora de derrota, pero a quien le sobra músculo para ponerse de nuevo en carrera.

Al radicalismo no puede pedir más. Si Ricardo Alfonsín hubiera ido arriba de Margarita Stolbizer quizás hubiera mejorado la votación; pero es indemostrable. El radicalismo provincial se resintió por la caída de Elisa Carrió en Capital, acorralada por alguien con su mismo carisma público y ante un electorado que rechazaba al kirchnerismo y al macrismo. Este partido hizo una mala elección en Capital y Buenos Aires, los distritos en los cuales nació y en donde fue expresión de sus burguesías. Pero hubo buenas elecciones en el resto del país, especialmente en Mendoza, de donde trae la otra esperanza presidencial que se llama Julio Cobos.

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