Kirchner contra De Narváez, ¿un anticipo de su posible decadencia?

Por: Eduardo van der Kooy

Sólo la proximidad irremediable de una decadencia política podría explicar tantos errores cometidos en tan poco tiempo. Néstor Kirchner parece estar lidiando estos días, en plena campaña electoral, con la nostalgia del otrora líder político indiscutido que fue en la Argentina de la poscrisis.

¿Cuál podría ser aquella serie de equivocaciones? En primer lugar la exposición a la que se suele someter a diario el ex presidente. A esa exposición lo obliga una realidad electoral en Buenos Aires mucho menos holgada de lo que cantan las encuestas oficiales. Kirchner fue, en su momento, el dirigente que clausuró la era menemista, el que enfrentó y venció también a Eduardo Duhalde y el que cedió, haciendo gala de omnipotencia política, el trono formal del poder a su esposa, Cristina Fernández.

A ese mismo Kirchner le está echando sombras ahora Francisco De Narváez. El candidato del PJ disidente y del PRO en Buenos Aires no viene de la cuna de la política como sí vinieron Menem y Duhalde, los derrotados del ex presidente.

Tampoco se le conoce un derrotero académico significativo. De Narváez anduvo orillando el peronismo desde la época de Menem, se cobijó algún tiempo bajo el calor de Duhalde y se animó a salir a la intemperie cuando advirtió que el sistema del comando compartido ideado por Kirchner entraría indefectiblemente en crisis. Quedó en evidencia esa crisis cuando estalló el conflicto con el campo.

De Narváez estudió un estilo antagónico a los de Kirchner. Conciso y llano. Vació además de presunto contenido ideológico a su discurso en idéntica proporción en que Kirchner y Cristina saturaron con aquella ideologización. Con ese par de fundamentos y una incesante actividad publicitaria le alcanzó para colocarse en carrera.

Casi todos los impulsos correspondieron luego a Kirchner y Cristina. ¿Hubiera podido existir, por ejemplo, la sociedad de De Narváez con Mauricio Macri y Felipe Solá si el matrimonio presidencial no hubiera recurrido con tanta frecuencia al espanto? El encomio de los Kirchner, en ese aspecto, fue tanto que han colocado al empresario en un expectante lugar electoral.

La Coalición Cívica de Elisa Carrió y los radicales tienen una dosis de razón cuando denuncian que entre todos aquellos actores se estaría dirimiendo la interna peronista. Pero esa razón es insuficiente: la realidad reside en que no supieron todavía atraer a la comunidad bonaerense para evitar el dominio que ejercen allí los peronistas de uno y otro palo.

Tampoco Kirchner parece advertir que su estrategia electoral para imponerse en Buenos Aires anda a la deriva. Lo ha tomado a De Narváez como el enemigo excluyente. Esa actitud conspira contra la única salida de que dispone el kirchnerismo en la Provincia para consolidar y estirar una ventaja que por ahora es, según la mayoría de las encuestas, pequeña y momentánea. ¿Cuál sería esa salida? Que el crecimiento de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín drene algunos votos al PJ disidente. Eso pareció suceder un par de semanas atrás, pero la constante reyerta de Kirchner contra De Narváez volvió a beneficiar al empresario candidato.

El escenario de la campaña resultó, con aquella lógica vigente, muy estrecho para Kirchner. Por eso la campaña, a instancias del oficialismo, desembarcó en la Justicia. No importa discutir cuánto influyó la presión del poder para que el juez Federico Faggionatto Márquez decidiera citar a De Narváez por una hipotética conexión en una causa sobre la efedrina. Importa más desmenuzar sus consecuencias. El empresario candidato asoma de nuevo como un hombre perseguido. Justo en la instancia en que podría comprometer la victoria kirchnerista en Buenos Aires.

Algo más. La insistencia de Kirchner y de Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad, para que De Narváez recorra los estrados no sólo corroboraría la injerencia oficial en la maniobra. Denotaría también inquietud y cierta desesperación por el rumbo de la elección de junio.

La inquietud existe. Kirchner parece haber vuelto a una estación que creía superada: no hay encuesta, por favorable que sea, que le pueda garantizar el triunfo a dieciocho días de la elección. Otra vez aquello de la estrategia equivocada: ni el anticipo electoral ni su propia candidatura ni la postulación de Daniel Scioli ni el tranco forzado a los intendentes bonaerenses sirvieron como solución final.

Ocurre que lo que no supieron los Kirchner desde el 2007 fue interpretar la realidad en su justo término. La sociedad no parece reparar tanto en los candidatos y sus virtudes como en la desconfianza y algún temor que ha sembrado el matrimonio durante la época de Cristina en la Rosada y del ex presidente en Olivos.

¿Podrán volver los Kirchner de esa situación? Como poder, podrían. Aunque difícilmente por el sendero que transitan hoy.

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