Los Kirchner y Chávez; ¿hasta dónde llegan los parecidos?

Por José Luis Brea

La apabullante reacción en cadena del empresariado argentino en contra de una nueva estatización de compañías de Techint en Venezuela y a favor de que el gobierno de Cristina Kirchner interceda por ellas, habla de hombres de negocios que pasaron, en tiempo récord, de la condescendencia a la alarma. Habla del hartazgo con el presidente de ese país, Hugo Chávez, pero también de la fuerte preocupación por el carácter plebiscitario que los Kirchner imprimieron a la elección legislativa y las consecuencias que esto podría tener en el día después.

Curiosamente, para los empresarios tanto la victoria como la derrota podrían empujar al Gobierno a una fase radicalizada con toques chavistas. La primera, si se toma como legitimación; la segunda, si se interpreta como la última oportunidad para actuar sin ataduras antes de que cambie la composición del Congreso.

En forma indirecta, los empresarios están pidiendo al matrimonio gobernante que digan hasta dónde están dispuestos a llegar, que hablen con hechos y se desmarquen del estilo estatista de Chávez como garantía de que aquí no sobrevendrá algo parecido justo cuando la Anses pone directores en compañías privadas e incluso asume el control de otras, como en el caso de la Papelera Massuh.

Los hombres de negocios han tenido en los últimos seis años una mirada pragmática sobre los lazos que Néstor y Cristina Kirchner tejieron con Chávez. Aceptaron el argumento oficial, expresado en voz baja, de que la estrecha relación con Venezuela no sería bien vista por los países centrales, pero rendía sus frutos económicos en materia de asistencia energética (petróleo y sus derivados) y financiera (vía compra de bonos de deuda argentinos). Y en cuanto al costado áspero y polémico del estilo Kirchner se lo toleró como un mal menor dentro de un contexto de bonanza económica, ahora en retirada por factores internacionales y locales.

En el libro "Hugo Chávez sin uniforme", los periodistas venezolanos Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka enumeran una serie de rasgos del estilo que Chávez ha impuesto en su país desde que asumió el poder, en 1999, y que resultan sorprendentemente familiares para cualquiera que haya vivido en la Argentina en los últimos años. Algunos de ellos:

* El líder bolivariano lleva personalmente las riendas de su gobierno y está hasta en los más mínimos detalles de la gestión. Suele llamar a sus funcionarios, incluso los de menor rango, a horas insólitas para exigirles que rindan cuentas sobre determinados asuntos.

* Desconfía de la prensa. Promovió la creación de medios leales y alternativos a los principales del país para publicar su versión de los hechos sin contrapuntos. Llegó al extremo de crear un diario propio (que fracasó) y el famoso programa "Aló, Presidente" que él mismo conduce. Retiró la publicidad estatal a los medios que lo critican.

* Denuncia conspiraciones permanentemente y tiene aversión a los cacerolazos que organizan sus adversarios; incita a sus partidarios a contrarrestarlos con manifestaciones propias y "cohetazos" (fuegos artificiales).

* Aún contando con la mayoría parlamentaria pide siempre más poder y recurre con mucha frecuencia a los decretos/ley.

* Su carácter confrontativo lo hizo pelearse con la Iglesia, los medios de comunicación, el gobierno de Estados Unidos, sectores del empresariado y los sindicatos. Descalifica a los disidentes y exige fidelidad absoluta con su proyecto.

* Le gusta romper el protocolo y la solemnidad de los actos públicos. A veces descoloca a sus propios seguidores.

El repaso de estos rasgos habla de un terreno que aquí suena conocido y que, con el paso del tiempo, el líder venezolano fue profundizando, con su lógica traducción en medidas concretas de política y economía. La reacción de los empresarios argentinos parece mostrar que a Venezuela ya no se la percibe como un socio incómodo pero tolerable, sino como un modelo inspirador y potencialmente peligroso. Se preguntan hasta dónde pueden llegar los parecidos.

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