Kirchner y una cacería para no asumir errores

Por: Pablo Ibáñez

Los ministros lo esquivan; el personal de Olivos le teme; los gobernadores peronistas rezan para no escuchar su voz en el celular. «Está intratable», dio, anoche, su diagnóstico un funcionario con oficinas en Casa Rosada, que lo conoce -y lo trata- desde hace años.

Fue una bendición, para todos ellos, que Néstor Kirchner se encierre en El Calafate en una clausura perdidosa, pero el recreo duró un suspiro: de repente, reapareció en Puerto Madryn para descargar su furia sobre Mauricio Macri y Francisco de Narváez.

Ayer, el patagónico se instaló otra vez en su sillón y retomó su ejercicio habitual: dar indicaciones a ministros, hablar con legisladores y pedir novedades a intendentes. Redujo, eso sí, el circuito de charlas sólo a los que considera leales. «Son pocos», dice.

Hasta, en su desenfreno, castiga a Hugo Moyano. No le perdona que días atrás el camionero se rebelara contra su pretensión de desempolvar la transversalidad. «Mi límite es el peronismo -dijo el jefe de la CGT-. Con los buenos y los malos, pero adentro del PJ».

Volvió, como en otros tiempos, a despotricar por el manejo que los gremios hacen de los fondos de las obras sociales. Otra contradicción: fue él quien le dio a Moyano, primero a través de Juan Rinaldi y luego vía Hugo Sola, le manejo de esa caja fabulosa.

Sergio Massa fue, en estos días, otra de sus víctimas predilectas. Al ex jefe de Gabinete, sobre quien afirmó que nunca quiso como reemplazo de Alberto Fernández, arroja las peores pestes. «¿Quiere ser gobernador?... Que se olvide», se descargó ante un visitante.

El temor inconfesado de los caciques del peronismo está latente. El teorema de Daniel Scioli sobre que no hay proyecto presidencial en contra de Kirchner lo sintió en el lomo Mario Das Neves: el patagónico le pisó la provincia con el único objetivo de dañarlo.

Al «amigo Mario», como lo llamó ante los periodistas, no le anticipó la visita y le postuló, además, al intendente de Madryn, Carlos Eliceche, como candidato a gobernador. Das Neves, en el mundo Kirchner, integra el pelotón de los traidores.

El ex presidente lo menciona con desprecio. «Marito -dice, mordaz- no se da cuenta de que van a pasar 100 años hasta que haya otro presidente patagónico». La campaña callejera contra el chubutense surge, dicen cerca de Das Neves, de operadores ultra-K: en particular mencionan a Guillermo Moreno.

La obstinación con los que supone traidores se replica, reforzada, con los que señala leales. Entre los segundos está Moreno; entre los primeros, la lista es enorme, pero algunos rankean en sitios visibles. Julio De Vido blanqueó frente a empresarios un caso: el platense Pablo Bruera.

En la lógica K, Das Neves, Bruera y Massa forman parte -con muchos más- de la «vieja política» de la que, dijo anteayer desde Chubut, fue «víctima» en la última elección. Eso explica, siempre según el universo de Olivos, el coqueteo de Kirchner con Carta Abierta y una neotransversalidad simbólica vacía de transversales.

Esa cacería se sostiene, sin embargo, sobre un factor que genera pánico entre los kirchneristas: es la excusa perfecta para asumir que la derrota fue producto de errores propios y no causada porque un puñado de intendentes haya inducido el corte de boletas.

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