Kirchner apura la reforma política con la ilusión de su candidatura

Por: Eduardo van der Kooy

Miguel Pichetto, el jefe del bloque kirchnerista en el Senado, se agarró la cabeza. Ayer le avisaron desde Olivos -no desde la India- que el propósito del Gobierno sería debatir y aprobar , en lo posible en noviembre, la reforma política anunciada por Cristina Fernández como un síntoma de simulada distensión, luego de la derrota electoral del 28 de junio. Vale, antes que nada, precisar algo: Néstor Kirchner está en la residencia presidencial; la Presidenta empezó ayer una visita de tres días a Nueva Delhi.

La contrariedad de Pichetto tuvo que ver con la irrupción de lo imprevisto. El jefe del bloque oficial suponía que después de la aprobación de la ley de medios vendrían debates inevitables del ámbito económico, necesarios para la administración del año próximo. Las discusiones económicas también levantarán polvareda: pero la reforma política no tendría, al esta altura, el sentido que pareció tener en aquellos días de su alumbramiento.

¿Por qué razón? Porque se engendró como una excusa para abrir el diálogo político y reconocer a una oposición que acababa de vencer en las urnas. El objetivo de los Kirchner se logró a medias: Elisa Carrió se negó a concurrir al diálogo. La Coalición Cívica, a través de la diputada Patricia Bullrich, presentó tres proyectos de reforma que, al parecer, no van en la misma dirección que el oficial.

Aquel diálogo, finalmente, terminó mal cuando los opositores se percataron que la maniobra del matrimonio presidencial había sido urdida sólo para ganar tiempo. Florencio Randazzo se llevó los primeros apuntes conseguidos y en base a ellos se dedicó a elaborar un proyecto de reforma que los Kirchner quieren enviar rápido al Senado.

El encierro del ministro del Interior coincidió con el regreso de las fricciones entre el Gobierno y la oposición, corporizadas en varias leyes enviadas al Congreso. La escena pública oficial, desde entonces, cambió de actores: la primera línea fue ocupada por Aníbal Fernández. Al jefe de Gabinete le agrada el fuego y el juego turbio.

Los senadores oficiales se plantean que una cosa hubiera sido discutir la reforma política en aquel clima de hipotética concordia que sucedió a las elecciones de junio y otra muy distinta ahora mismo, cuando por diferentes razones se ha repuesto un clima de inevitable crispación.

Los nervios empezaron a aumentar cuando el Gobierno aprovechó la distracción opositora para imponer medidas inconsultas. Estuvieron algunos iniciales anuncios sobre el campo. Estuvo también el debate sobre las facultades delegadas que incluían el derecho del Poder Ejecutivo a fijar las retenciones. Los Kirchner lograron su objetivo.

El punto culminante de malestar se alcanzó con la ley de medios. El trámite a empellones en Diputados y el debate falso en el Senado donde el kirchnerismo montó el teatro de las consultas y las audiencias pero terminó convalidando, con una notable mayoría y sin mover una coma, el proyecto de los diputados.

"Será imposible consensuar una reforma", decía anoche un senador oficialista. Las batallas hay que darlas con el Presupuesto y el impuesto al cheque. No hay resto para más", decía mientras parecía referirse, antes que al Congreso, al escenario de una guerra.

¿Por qué razón faltaría aquel resto a que aludía el senador? En la visión de no pocos oficialistas de esa Cámara la aprobación de la ley de medios tuvo allí, al final, un costo político y personal -en algunos casos- mayor que en Diputados.

Existe una percepción con buena dosis de objetividad. La atención pública y mediática se terminó centrando más en el Senado que en Diputados. Las promesas de una apertura y la posibilidad de la introducción de cambios que reclamaban la oposición y sectores afectados parecieron edificar una expectativa que, con los resultados finales a la vista, viró en defraudación.

"La presión fue tremenda. Inhumana", se quejó aquel mismo senador. Las presiones provocaron un sinfín de novedades: el voto de Ramón Saadi, el arreglo de los Kirchner con el bussismo y la cabriola de la senadora radical correntina María Dora Sánchez, que aún después de aprobada la ley sigue intentando explicar por qué motivo "un mamarracho" -como había calificado el proyecto- se convirtió en un voto favorable.

El esquema de reforma política pergeñada por los Kirchner podría ser la piedra de otro escándalo. Es cierto que se llamarían a elecciones abiertas y simultáneas en todos los partidos para definir las candidaturas. Pero el esquema no sería el implementado por el ex gobernador Jorge Obeid en Santa Fe, como había prometido Cristina. Sería un molde tendiente a facilitar el posible regreso de Kirchner en el 2011.

¿Cómo es eso? En el laboratorio kirchnerista los candidatos nacionales de cada partido deberían someterse a elecciones en cada provincia que, no necesariamente, serían simultáneas. De allí saldrían congresales de los postulantes que deberían definir el candidato presidencial. El que juntara mayor cantidad de congresales sería presidenciable. Se trataría de un sistema similar al que demócratas y republicanos utilizan en las primarias en EE.UU.

Kirchner supone que, de ese modo, crecerían sus posibilidades. Al peso electoral relativo que conserva en Buenos Aires podría sumar el de otras provincias, del norte y patagónicas. Incidirían además los sistemas partidarios. El influjo de la caja estatal. No todo se resolvería por el voto directo -como sucede en Santa Fe-, que suele ser renuente a los Kirchner en los centros urbanos más grandes.

La idea no disgusta a los hermanos Rodríguez Saá (Alberto y Adolfo), de San Luis. Pero ya ha levantado la guardia, en cambio, en las filas radicales, de Carrió y del resto del peronismo disidente.

Eduardo Duhalde prefiere conocer el texto final antes de opinar. Pero con esa reforma, con cualquier otra o, incluso, sin ella madura una estrategia: apuntar a debilitar a Kirchner en Buenos Aires, a juicio suyo, el único puntal firme que le queda al esposo de Cristina.

Tampoco se trataría de un trabajo ímprobo en toda la provincia. El interior bonaerense está perdido y ni siquiera las intenciones de un acuerdo con el campo que cobijan Aníbal Fernández y Julián Dominguez, el ministro de Agricultura, podría salvarlo. El secreto estaría en caminar el segundo cordón del conurbano que en las elecciones de junio no salvaron a los Kirchner de una derrota aunque sí de una catástrofe.

Un paso para lograrlo sería la reconquista del PJ bonaerense. Duhalde pretendería desde ese lugar rearmar una trama con los intendentes que perdió por su lejanía política y de la cual se apoderó Kirchner por las necesidades económicas de aquellos dirigentes y el vacío partidario que dejó el gobernador Daniel Scioli.

Otro paso sería que el triunfador, Francisco De Narváez, recupere en el conurbano profundo el protagonismo que alcanzó en los tiempos de la campaña. De Narváez, como toda la oposición, entró en un paréntesis luego de la victoria.

Duhalde imagina otra necesidad. Que en simultáneo con aquellos movimientos aparezcan rebeldías en el PJ y dirigentes con ganas de pelear. El paso más difícil, de acuerdo a lo observado hasta hoy.

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