La justicia de la selva

Por Martín Caparrós.

Hace unos meses, Jorge Lanata escribía todavía en este diario que en la Argentina todo el mundo termina en Comodoro Py. Ayer, buscando vaya a saber qué, lo releí, y de pronto me inquietó ese nombre: Comodoro Py.

Hace unos meses, Jorge Lanata escribía todavía en este diario que en la Argentina todo el mundo termina en Comodoro Py. Ayer, buscando vaya a saber qué, lo releí, y de pronto me inquietó ese nombre: Comodoro Py. Me di cuenta de que lo había pronunciado tantas veces sin tener ni idea de quién era: de qué estaba diciendo. Es curioso y nos pasa todo el tiempo: decir sin saber qué. Con los nombres de las calles, tantas veces. No sólo por nuestra ignorancia militante sino también porque las calles encierran una injusticia básica: quienes las nombraron partieron de la base de que hay una Etapa Fundacional de la Nación cuyos ciudadanos merecen todos los honores –y a los siguientes que los parta un rayo. Por eso, cualquier pelafustán nacido antes de 1850 que no haya sido un plebeyo completo –y mejor si fue abogado o militar, faltaba más– tiene su calle en algún rincón de la res pública y, en cambio, personajes equivalentes de cien años después se perdieron en la merecida noche de los tiempos. Este comodoro, pensé, debía ser de esos privilegiados cronológicos. Pero no tuve que pensar mucho: estamos en tiempos de Satisfacción Inmediata del Moderado Ansia de Saber, lo que ahora llaman SIMAS, sponsoreada por google, wikipedia & Co: eso que solía llevar horas de búsqueda –o, más habitualmente, se olvidaba– se ha vuelto cuestión de 0.42 o 0.28. Es un cambio importante, aunque todavía no consigo entender cómo nos cambia.

En cualquier caso, en 0.31, mi SIMAS me informó que el Comodoro Luis Py era un español que llegó en 1843 al Río de la Plata "y de inmediato ingresó a la Escuadra Argentina. Entre 1871 y 1872 fue comandante militar de la isla Martín García. La historia lo recuerda especialmente porque en 1878 dirigió la expedición que el Presidente Avellaneda mandó al Cañadón de los Misioneros en la Provincia de Santa Cruz, donde izó la bandera argentina el 1° de diciembre, como reafirmación de la soberanía nacional sobre aguas patagónicas, que se veía amenazada por la presencia de buques extranjeros". Como ven, un perfecto banal –un militar menor que no merecía los 0.31– cuyo nombre repetimos tanto. Alguien diría que no es casualidad que sea el nombre más habitual de la justicia.

La justicia en la Argentina es más o menos eso: una banalidad que repetimos tanto. La justicia en la Argentina es, para empezar, una institución que funciona tan mal como todas las otras, bajo influencia legal extrema del poder político –léase Consejo de la Magistratura– y bajo influencia ilegal extrema del poder político –léase subsecretario que llama al juez para convencerlo de que haga esto o lo otro porque si no ya vas a ver.

La justicia en la Argentina es, para seguir, el espacio de una desigualdad constante, donde es muy distinto ser cuarentón lechoso que morocho jovencito, donde zafan los que pueden pagarse buenos abogados y capotan los que no: donde las diferencias de clase y los vericuetos leguleyos son mucho más eficientes que cualquier razón o verdad.

La justicia en la Argentina es, para seguir siguiendo, la instancia donde depositamos la esperanza de que alguien haga lo que no hacemos: ante los infinitos delitos visibles –no los ocultos– que cometen los que ocupan el poder político, la sociedad no los sanciona con política –con movilización, votos, repudios varios– sino que espera que alguna vez, cuando pierdan su sila, los agarre la justicia y haga algo.

Pero lo que entendemos por justicia –el conjunto de normas legales que regulan nuestra vida común– es una convención: un acuerdo social, la letra que hace explícito un pacto implícito entre todos los ciudadanos o, por lo menos, los que pueden participar de un pacto. La justicia es un consenso: lo que la mayoría –o, a veces, los poderosos o, si no, también, la mayoría convencida por los poderosos– de un país coincide en considerar correcto: justo. Que puede, por supuesto, variar mucho. La justicia en Israel cuando la Biblia consistía en cobrar ojo por ojo y matar a cualquiera que trabajara en sábado: era justicia, todos coincidían. La justicia en la edad media cristiana consistía en obtener confesiones por tortura y meter la mano del reo en agua caliente: si se quemaba era culpable; era el juicio de Dios, y todos lo aceptaban. La justicia en el islam contemporáneo consiste en matar a pedradas a la mujer adúltera y cortar la mano del ladrón: es justo para ellos. La justicia en el mundo actual consiste en que si yo me compré cinco kilos de pan me lo puedo comer todo aunque a mi alrededor veinte niños hambrientos pidan rueguen y lloren –porque el pan es mío: es la ley, coincidimos. La justicia en la Argentina actual también consiste en que una mujer no puede decidir si quiere seguir adelante o no con su embarazo, o que un menor no debe ser juzgado y condenado igual que los mayores. Y no fue siempre así, ni siempre será.

La justicia es un valor relativo, variable, con pretensiones de absoluto: cada sociedad tiende a creer que su idea de justicia es ahistórica, inmutable. Por eso, entre otras cosas, justicia es una palabra con un valor muy positivo todavía, una palaba que legitima lo que toca: será justicia, ese reclamo es justo, la justicia social, estamos contra la injusticia, viva el justicialismo y el justo medio y el comercio justo. Por eso me impresionó ver estos días en medios de la patria las historias del "militar justiciero de Mendoza". Ustedes ya lo deben saber: el sargento de ejército que oyó un ruido, se asomó a la ventana de su casa en Las Heras –era de madrugada– y vio a alguien agachado, dijo, al lado de su coche, apuntó su 11.25 –¿ya la tenía en la mano?– y le metió un tiro en la espalda. Entonces, para perfeccionar su gesto, bajó, metió el cadáver en el baúl de su coche según las mejores tradiciones de su arma y, un auténtico clásico, quiso hacerlo desaparecer en un basural. Pero alguien lo vio –lo raro de la vida es que siempre hay alguien que te ve– y lo denunció; unas horas después la policía le tocó la puerta y lo detuvo. El sargento Borgino dijo que había actuado en legítima defensa –de su propiedad privada, quizás aclaró, porque su vida nunca estuvo en peligro. Quedó preso, pero varios medios lo llamaron el "militar justiciero de Mendoza". Si lo dicen con sorna no se les nota. Un justiciero es alguien que ejerce o impone la justicia: para todos estos medios, el sargento Borgino es uno de ellos.

Supongo que también lo es para mucha más gente. Cada vez más personas, hastiadas y aterradas por los asaltos y los relatos de los asaltos, piensan que pegarle un tiro por la espalda a un tipo que te quiere hacer el auto es –una forma mejorada de– justicia. De eso hablábamos: de que la justicia es consensual y que, por lo tanto, puede cambiar. Que así como los diputados aumentaron brutalmente las penas por ciertos delitos cuando Blumberg sacudió Buenos Aires, así podrían disminuir otras si se consolida el consenso de que tirar contra un delincuente no está mal. La tendencia no es nueva pero se está afirmando: cada vez hay menos reparos en llamar a un asesino un justiciero.

Es uno de los efectos del segurismo. El Estado ya mostró que no consigue cuidar a sus ciudadanos: sus fuerzas de represión se parecen demasiado a lo que deben reprimir, su justicia es un desbarajuste, sus cárceles rebosan y destrozan, sus –dudosísimas– políticas sociales siguen produciendo pibes chorros. Los ricos ya demostraron que el cuidado del Estado no les sirve y ahora se compran su propia protección –vigilantes, garitas, alarmas, coches blindados y otros chiches. El resto, entonces, abandonado a su suerte, entiende el mensaje, sigue el modelo y decide cuidarse a sí mismo: ocuparse de su propia seguridad con un arma en la mano. Lo seguirán haciendo, cada vez más, mientras el Estado no consiga probarles que no es necesario. Si eso no sucede y el consenso avanza, la aprobación social se irá consolidando y, algún día, sancionaremos que matar así es justicia: cosa de justicieros. La ley de la selva, al fin y al cabo, es una ley. Donde gana el más fuerte –como siempre, pero sin tanto disimulo.

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