Junín, la ciudad del descontrol

Desde la falta de barreras en los pasos a nivel; negligencia inadmisible que esta semana estuvo a punto de ocasionar una tragedia hasta la caída de la placa de mármol del monumento al maestro, que también pudo terminar en catástrofe (placa que espera pericias que nunca llegan), pasando por la inseguridad en aumento, la violencia creciente en la vía publica, con jóvenes apuñalados y padres llenos de temor, los accidentes de tránsito que no cesan, el estado lamentable de algunas plazas públicas, los baches que se multiplican en las calles y, sobre llovido… el arsénico en el agua, parece que el "automatismo perceptivo" está haciendo estragos en las cabezas de quienes deberían ocuparse de los temas centrales de la ciudad.

Por: Omar Bello

La palabra descontrol tiene dos caras. Una, la más popular, es aquella que habla de velocidad, exceso, desenfreno, locura; es decir, todo lo que implique morder la banquina y entrar en un espiral de rombos mortales que no se puede parar (los jóvenes saben bastante de esto).

Sin embargo, es la cara menos famosa; esa de la que no se dice mucho ni suele aparecer en los medios y la que mayor preocupación debería despertar. ¿En qué consiste? Yo la llamo el "síndrome del botón del baño". ¿Por qué? La decadencia de una casa rara vez empieza con una rajadura descomunal que pone en riesgo la estructura. Más aún, las debacles tienen comienzos imperceptibles. Por ejemplo, el botón del baño. Se rompe, lo arreglamos, se vuelve a romper, lo volvemos a arreglar. Así hasta que un día descubrimos que, metiendo la mano en el tanque de agua, el inodoro funciona igual. Ese día fatal del "renunciamiento" a la vida civilizada da paso a una catarata de pequeñas deficiencias cotidianas con las que empezamos a convivir casi sin darnos cuenta. La luz del fondo que no prende, el extractor de aire de la cocina que dejó de funcionar, la canilla que gotea a gusto, el horno al que se le rompió una perilla, la cadena de la parrilla que se trabó y es reemplazada para siempre por una pila de ladrillos… En fin, cuando nos queremos acordar nuestro hogar es una ruina en la que cada cosa está atada con alambre y funciona a medias. Son las visitas (especialmente las de menos confianza) quienes con sus ojos vírgenes de toda caridad hacia nuestras miserias, nos hacen ver que algo anda muy mal.

"Automatismo perceptivo"

Las personas vivimos procesos parecidos, claro. Un día comemos un bombón de más y al otro ya somos un tanque australiano rodante que ni siquiera sabe cómo volver atrás.

Aunque la voz del pueblo habla de dejadez, los filósofos le dieron un nombre al fenómeno y, lo que es más interesante, trataron de encontrarle una explicación. Lo llamaron: "automatismo perceptivo"; titulo rimbombante que expresa lo siguiente: lo que más miramos es lo que menos vemos (sí, también se aplica a esposos y esposas). Parece que el cerebro humano no es, como se cree, una máquina de absorber conocimientos, sino un gran "ecónomo" cuyo único objetivo es que ahorremos energía. Dado que tiene una cantidad limitada, la dedica a cosas importantes. ¿Y el resto? Lo automatiza. Por ejemplo, la primera vez que nos subimos a una bicicleta usamos un montón de energía con el objetivo de mantener el equilibrio y aprender a pedalear sin terminar en el piso. Después lo hacemos con los ojos cerrados, en forma automática. Le saca energía a lo viejo para depositarla en lo nuevo.

Ahora bien, así como tiene sus ventajas, el "automatismo perceptivo" puede ser un gran dolor de cabeza, especialmente para los gobernantes. Pasados varios años en el poder, ¿cómo hace un intendente para seguir viendo su ciudad? Porque además de esa tendencia natural del cerebro a economizar fuerzas, están los famosos "círculos del poder" que le agregan una cuota de distorsión al asunto.

Si ver es difícil, hacerlo a través de la corte de adulones y convenidos que suelen rodear al "rey" de turno, lo convierte en imposible.

Negligencia inadmisible

La pregunta es: ¿Y por Junín cómo andamos? Haciendo abuso de mi rol de visita recién llegada (y corriendo el riesgo de enojar a varios) puedo decir que, si bien la casa todavía está bien bonita, hace rato que el botón del baño y unos cuantos asuntos más están fuera de control. O al menos es lo que se infiere.

Desde la falta de barreras en los pasos a nivel; negligencia inadmisible que el miércoles pasado estuvo a punto de ocasionar una tragedia (un bebé terminó golpeado) hasta la caída de la placa de mármol del monumento al maestro que también pudo terminar en catástrofe (placa que espera pericias que nunca llegan), pasando por la inseguridad en aumento, la violencia creciente en la vía publica, con jóvenes apuñalados y padres llenos de temor, los accidentes de tránsito que no cesan, el estado lamentable de algunas plazas públicas, los baches que se multiplican en las calles y, sobre llovido… el arsénico en el agua, parece que el "automatismo perceptivo" está haciendo estragos en las cabezas de quienes deberían ocuparse de los temas centrales de la ciudad. Para decirlo en criollo: ¿quién está viendo lo que pasa en Junín? Porque mirar, deben mirar, pero ver es otra historia. O alguien aflojó las riendas, o algo no está del todo bien. La sumatoria de hechos (y de posibles desastres), abruma al observador neutral. Como para encender luces amarillas. Ahora bien, los mismos filósofos que le pusieron nombre al ahorro de energía cerebral y lo explicaron hace más de cien años (formalistas rusos), le encontraron una solución. ¿Cuál es? Decían que, como ecónomo, el cerebro es impresionante. Una máquina imposible de igualar. Pero que a su vez, como contrincante a vencer, era de lo más ingenuo que podemos encontrar en plaza. O sea, se lo puede vencer fácil. ¿Cómo? Un simple corte de pelo hace que volvamos a ver la cara de nuestra mujer (o del marido si se quiere). Sólo correr los muebles de lugar hace que veamos de nuevo el living. Ni que hablar de una mano de pintura.

¿Cómo se traduce esto en consejos al intendente? Con todo respeto, es simple: eliminar los efectos nocivos de la convivencia con la ciudad, y caminarla como si fuera la primera vez; lejos del confort de la oficina, la locura de las reuniones y el canto de sirena de las estrategias políticas. Aunque parezca mentira, por ahí se empieza.

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