Juicio a Menéndez II: un recorrido por pasillos sin luz ni aire

El Tribunal Oral Nº 1 inspeccionó las ex sedes de la D2 en Mariano Moreno y al lado del Cabildo.

El sustantivo justo es "asfixia". Asfixia por esos calabozos oscuros, con paredes casi naranjas, que salpican humedad y desesperación. Esa sensación de estirar las manos y tocar el techo con musgo y saberse encerrado en un mundo claustrofóbico en el que sólo sobrevive la muerte. De sentir el polvillo en la cara y toser como energúmeno y gritar y arañar los mosaicos y marcar las paredes con piedras para que alguien, alguna vez, sepa que quedó un testimonio escrito. Ese sustantivo que marea y quita el aire es el adecuado para describir los enmarañados pasillos que el Departamento de Informaciones (D2) utilizaba en el Pasaje Santa Catalina, pegado al Cabildo Histórico y a la Catedral.

Es decir: en el corazón del Centro de Córdoba y a 10 cuadras de la Casa de Gobierno. En semejante lugar estratégico funcionaba este antro de la Policía, que ya en la década del ‘60 comenzó su caza de militantes populares.

Una vez que la Junta Militar usurpó el poder, la Policía se subordinó a las órdenes del Ejército, aunque jamás amainó su política de exterminio.

De allí la importancia de sacar a la luz lo que ocurrió paredes adentro de esta cueva (actualmente, en manos del Archivo Provincial de la Memoria, que realiza un estupendo trabajo de recuperación de la memoria colectiva), ya que contiene algunos secretos de la represión clandestina en el gobierno de Isabel Martínez de Perón. Y de allí, también, la importancia del reconocimiento que el Tribunal Oral Federal Nº 1 llevó a cabo ayer en el marco del juicio contra Luciano Menéndez y otros cinco responsables de la D2.

El recorrido comenzó en la ex sede de Mariano Moreno y Caseros, donde hoy funciona el grupo de elite Eter. Allí, lo llamativo fue la declaración del acusado César Cejas, quien, pese a que consta que en 1979 era subjefe de Inteligencia de la D2, se limitó a señalar un escritorio y explicar que él sólo hacía "tareas administrativas". Ya en la sede central del Cabildo, la titular del Archivo, Ludmila Da Silva Catela, se encargó de enseñarles a los jueces los lugares más emblemáticos: el "Tranvía" (celda colectiva), las celdas individuales, el "Patio de Legales", y la ex oficina del temible Raúl Telleldín.

Fin del recorrido. Afuera, el aire era más transparente que nunca.

En primera persona: "Paradojas religiosas en la D2"

Semidesnudo y dolorido por los golpes. Demolido por la incertidumbre y el miedo a la muerte, la tortura no daba respiro para pensar la situación.

Me sentía agitado. Una respiración entrecortada me daba la sensación de ahogo mientras el cuerpo temblaba sin poderlo controlar.

Por espacios regulares tenía espasmos. Pensé en el informe recibido del Servicio de Hemoderivados de la UNC antes de que me detuvieran. Habían detectado la enfermedad de Chagas en la donación de sangre efectuada a un compañero de trabajo. Tendido en una cama elástica, uno de los torturadores me ataba las muñecas al respaldar. Unos segundos antes sentía que me observaban en silencio hasta que una voz me preguntó:

–¿Qué te pasa, estás cagado porque te vamos a dar máquina para que hablés?

–Andá sabiendo que de ésta no te salvás, nene. Ya vas a ver cómo te sacamos la mierda que tenés en esa cabecita subversiva.

De pronto, sentí un tropel que entraba y una voz que decía –¿Ya está listo este zurdito? –¡Sí jefe!– ¡Bien, procedamos!

–Decime dónde están las armas, cuál es tu nombre de guerra y a qué "orga" pertenecés, y no te quieras hacer el piola conmigo, ¿entendiste? ¡Dale, hablá de una vez hijo de puta, que acá no estoy para perder el tiempo!

–Sentí por primera vez un relámpago de mil agujas que me recorría desde los tobillos hasta la punta de los dedos de las manos. Escuché mi propio grito y una convulsión tremenda sacudió mi cuerpo indefenso.

–¡Qué te pasa!, ¿no te la bancás? ¿Sos flojo, "zurdito"?

–¡Gato! Te llaman de adelante con urgencia –dijo una voz desde la puerta–.

–Te salvás por un rato, pero no te ilusionés que ya vuelvo. Échenle un poco de agua a ver si deja de temblar –dijo, y se fue.

Un fragmento de silencio se instaló en mi conciencia, momento en que mis oídos y mi mente registraron por primera vez un sonido inconfundible: las campanas de la Iglesia Catedral.

Por un instante, no sé por qué, me produjo alivio y sentí la necesidad de rezar pensando en el Cristo aquel que desde la infancia acompañaba mis angustias y pesares en los momentos difíciles.

Aquel de quien mi abuela me hablara desde mi temprana edad, contándome su martirio, su crucifixión para redimir nuestros "pecados". Para que alguna vez –me decía– podamos conquistar el cielo de la otra vida.

Recordé cada palabra de sus enseñanzas. En fracciones de segundos, su imagen, su voz y sus manos hechas de ternura acariciaron mi cabello. Sólo recuerdo que mi corazón y mi mente querían huir hacia la otra realidad. Allí donde estaba mi abuela Venancia con su imagen de amor, sabiduría y comprensión.... (Fragmento de un texto de Manuel Nieva, sobreviviente de la D2 que ayer participó del reconocimiento).

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