Se jugaban una banca: ahora se están jugando la vida

Por: Ignacio Zuleta

El país, paralizado por elección del domingo. Votan más de 28,8 millones la renovación de bancas

El país se paraliza hasta el domingo, cuando más de 28,8 millones de personas -total de habilitados para votar- elegirán 127 diputados, 24 senadores, más de 250 legisladores provinciales y miles de concejales en todo el país. Una compulsa en la que se juega el destino personal de dirigentes de todo nivel que buscan el reparo de una banca. Lo que era una elección más para la renovación de las Cámaras, la convirtieron el Gobierno y la oposición en el nivel nacional en una pelea por el futuro político de la Argentina.

Néstor Kirchner adelantó las elecciones previstas por ley para el mes de octubre con el argumento, expresado por su esposa, de que la crisis internacional era tan grave que era mejor pasar rápido por el «escollo» electoral. Desnudó el juego cuando se puso él mismo como cabeza de la lista de diputados nacionales: la elección en Buenos Aires será la forma de resolver una pelea interna en el peronismo desde 2003. El domingo, en realidad, el ex presidente busca que el peronismo de todo el país le renueve el contrato de jefatura. Una victoria por sobre sus adversarios en ese distrito probará que puede asegurarse a ese partido un triunfo en las presidenciales de 2011. Un triunfo por poca diferencia -y más una derrota- echará por tierra ese liderazgo que ha tenido desde 2003 y el peronismo buscará en otras figuras esa jefatura que le asegure que en 2011 no será desalojado del poder.

Esa gramática ha marcado todos los movimientos del oficialismo y también de la oposición más fuerte que le surgió a Kirchner este año: el peronismo disidente, que junta a independientes debutantes en política, como Francisco de Narváez, el neoantikirchnerista Felipe Solá y a Mauricio Macri, quien encontró en esta liga la manera de jugar sin jugar en el distrito más grande. Si se hubiera quedado afuera de esa pelea, aunque ganase en la Capital Federal sus aspiraciones a pelear en las grandes ligas se hubieran resentido mucho. Este sector opositor en el peronismo buscó, como la alianza que hizo Elisa Carrió con la UCR, calzar su impulso en las consignas del campo, el fenómeno político más nuevo que se consolidó el año pasado por la derrota que le infligió al kirchnerismo en el terreno que éste había elegido: el Congreso.

La crisis política de la última década ha descuajeringado a los partidos, ha aplastado el sistema de representación y ha producido los gobiernos más débiles que haya conocido el país en muchos años. Fue una consecuencia de la anquilosis de los partidos que han resignado su tarea de debatir programas y discutir candidatos de manera de generar en torno de ellos un consenso que los fortalezca en la pelea electoral y también cuando alcanzan los cargos electivos. Eso produce funcionarios sin fuerza y primarias que se resuelven en mesas chicas, sin consulta con nadie. Son los caciques partidarios quienes se exhiben designando sin pudor candidatos a diputados como si su dedo mágico, en operación que es una forma de despotismo electoral, reemplazara la participación.

Ese estilo de cuentapropismo electoral (los candidatos se anotan y pueden competir sin que nadie les exija respaldo popular) genera el desánimo en los votantes y la incertidumbre en el conjunto ante una elección en la que se exhiben personas sin más respaldo que su DNI. Esto es más grave cuando la sociedad ha producido en el último año y medio el debate más profundo que haya conocido el país. La Argentina desde la crisis del campo discutió la coparticipación, las relaciones entre Nación y provincias, los liderazgos partidarios, el campo vs. el populismo, estatismo vs. privatismo, los modelos económicos, etc. Ha sido el verdadero debate de estas elecciones, de las que algunos se quejan por pobreza dialéctica.

En este marco, el kirchnerismo ha imaginado que jugando todo -el adelantamiento, la figura del ex presidente y su dirigente con más fuerza simbólica, Daniel Scioli- podrá sostener la fuerza que necesita Cristina de Kirchner para los dos años de mandato que le restan. Sus adversarios del peronismo han agrandado la fantasía destituyente que instaló el propio Kirchner el año pasado, cuando exclamó en plena crisis del campo que «el que pierde tiene que irse».

Cualquiera sea el resultado en Buenos Aires, todo el peronismo mira hacia Santa Fe, en donde Carlos Reutemann promete una aventura presidencial a la que pocos pueden resistirse, a condición de que le gane la pelea al poderoso socialismo de Hermes Binner, que no es candidato pero que también juega todo, 2009 y 2011 presidencial. Kirchner eligió no atacarlo en prevención de que un tropezón en Buenos Aires lo haga también a él enfilarse detrás del santafesino. De paso, apoyó al kirchnerista Agustín Rossi, quien compite por su reelección como diputado y que le resta votos peronistas a Reutemann, una forma de limitar la capacidad de representación que muestra este Lole entre peronistas y también en el electorado independiente.

En este cruce en el distrito principal entre peronistas encontró letra el radicalismo, dividido entre el cobismo -que tratará de recuperar tantos en Mendoza, Catamarca, Corrientes y en Buenos Aires con boletas propias- y los seguidores de Elisa Carrió. Además, la recuperación que tuvo después de la muerte de Raúl Alfonsín fue un hecho de catalizó voluntades dispersas en las dos grandes figuras que son Carrió y Cobos. Este limitó su participación en las elecciones a su distrito natal y junto a los gobernadores que quedaron de su lado en Corrientes y Catamarca. Va solo en Buenos Aires y espera recuperar aire cuando el domingo se conozca que Carrió perdió en Buenos Aires, su propio distrito. Tendrá la ayuda del radicalismo alfonsinista, que planteará un rápido divorcio de la musa del ARI, a quien acusarán de errores mayúsculos.

Carrió, en efecto, puede ser la figura más castigada en el padrón de los presidenciables. Intentó evitar una derrota ante Gabriela Michetti, que ganará sin problemas la Capital; se puso en número tres de la lista pensando en que la haría subir, pero en realidad ha terminado echándola hacia abajo por imponer a un Alfonso Prat Gay que parece una segunda marca del macrismo.

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