Juega de Memoria.

HURACAN: Cappa y jugadores del Globo visitaron el Espacio para la Memoria que funciona en la ex ESMA. "Es un homenaje a los que dieron su vida para una sociedad más justa", dijo el DT.
Pocos tan memoriosos como los futboleros. Hay equipos, formaciones, que se saben de memoria: el Huracán del 73 que los hinchas del Globo pueden recitar sin repetir y sin soplar. O el "Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau" que los hinchas de River atesoran. O el Boca del 76. O el Rojo del 73. O el Racing del 66. O un árbitro que nos bombeó. O un rival que nos vacunó. Así, tampoco debemos olvidar que la memoria se construye y sirve para promover la justicia. Porque tampoco deben ser olvidadas formaciones como Videla, Massera y Agosti, que tanto nos patearon en contra. En ese ejercicio Angel Cappa y los jugadores de Huracán, como Paolo Goltz, Chiche Arano y Mario Bolatti se acercaron ayer a la mañana al Espacio para la Memoria, que desde el 2004 funciona en la ex Escuela Mecánica de la Armada (ESMA). Fue una invitación poco habitual para los players. Acá no los sentaron frente a las cámaras, al lado de la vedette de moda ni les preguntaron si sueñan con salir campeones ni al final de la jornada les dieron relojes o lentes fashion. Acá se les mostró el documental "ESMA, testimonio del Terrorismo de Estado", que cuenta cómo funcionó, entre el 76 y el 83, este centro clandestino de detención, uno de los más grandes del país.

Hoy, la entrada a este edificio de altas columnas, rejas y escalinatas, es mucho más saludable que hace unos 30 años, cuando los pibes y pibas ingresaban encapuchados en el baúl de los Falcon verdes. Hoy, en este Espacio para la Memoria hay un museo. No es el Louvre, tampoco es el Museo del Prado. Es un lugar que recuerda las violaciones de los derechos humanos, cuando los señores de fajina gobernaban el país. Acompañados por el presi Babington y por Julio Morresi, papá de Claudio y del desaparecido Norberto, los jugadores miran asombrados. Ellos, como Cappa, como Fatiga Russo, como los fotógrafos y colegas que vinieron a cubrir esta visita, miran casi sin comprender. Ninguno de los jugadores vivió esta época. Goltz tiene 23 años, Bolatti 24 y Chiche Arano 28. "Yo no había nacido pero no hay que olvidar esto -dice Paolo-. No puedo creer todo lo que pasó acá". Acá, en la ESMA, donde ahora Mario Bolatti camina con un nudo en la garganta, los pibes caminaban con una capucha y en la garganta el nudo de una cuerda. Caminaban hacia la sala de torturas por un pasillo que los militares habían bautizado, muy vivos, "Avenida de la Felicidad". Acá, donde María, la hija de Cappa, se estremece, se torturaban chicas embarazadas. Acá se apropiaban de sus bebés. Acá, informa Mariano, uno de los guías, pasaron 5.000 detenidos-desaparecidos de los que sobrevivió apenas un centenar. Hubo 20 partos; sólo seis bebés fueron recuperados por sus familias biológicas. Cuesta concebir, hay que decirlo, tanta hijaputez. Hoy nadie puede caminar por la ESMA sin estupor ni conmoción. Nadie sale igual a como entró. Ni antes, que se salía por los vuelos de la muerte; ni ahora, que se sale por la puerta hacia el sol y hacia el trajín de Libertador.

Menem quiso convertir alguna vez a la ESMA en un "Parque de la Reconciliación", tirando abajo los edificios del predio. Menem no lo hizo. Hizo otras cosas pero con esto no pudo. Y hoy, por suerte, los edificios son un testimonio del terrorismo de Estado. Y con el fin de promover la justicia, profundizar la investigación y transmitir el pasado reciente, se creó este Espacio para la Memoria. La iniciativa de invitar al Globo nació desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. "Nos convocaron y para mí es muy grato -dice Cappa-, es una manera de rendirles homenaje a los muchachos que dieron su vida para una sociedad más justa". No fue casual que haya sido a Cappa a quien invitaron. Durante la dictadura, los militares casi lo sacan de las canchas y de la vida. Una noche iba por Bahía Blanca con su auto, donde llevaba volantes del grupo político en el que militaba, cuando encontró un control militar que revisaba los coches y no precisamente para un control de alcoholemia como ahora. Cuando le llegó su turno lo reconocieron por haber jugado en Olimpo. Y lo dejaron seguir. "Yo zafé gracias al fútbol", dice Cappa. Otros, se sabe, no tuvieron la misma suerte. Pero que no queden dudas: todos ellos hoy forman parte de un equipo, de una formación de 30 mil, que está bien presente en la memoria.

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