Jueces y veedores, con la lupa sobre las "trampas" electorales.

Descartan un fraude, pero alertan sobre eventuales maniobras de los intendentes.
En la Argentina no existe posibilidad alguna de que se cometa fraude, pero sí hay margen para hacer pequeñas trampas. Un asunto delicado en una elección que, se prevé, arrojará resultados ajustados.

La Cámara Nacional Electoral, desde hace año, propugna eliminar las listas sábana y adoptar un sistema de boleta única. Pero como el Congreso no avanzó con esa reforma política, el riesgo de que haya trampas con las boletas subsiste. Para intentar evitarlo, los jueces electorales adoptaron muchas más precauciones que en comicios anteriores.

El fraude es el robo de la elección, la completa alteración del resultado. Experimentados jueces electorales coinciden en sostener que en la Argentina no existe ese riesgo desde hace muchas décadas. Hoy, la alusión al fraude parece más un latiguillo de los partidos que una realidad.

En cambio, sí se pueden hacer pequeñas trampas como ocurrió en otras ocasiones. Constituyen lo que muchos políticos y punteros definen como "el trabajo de los intendentes", en alusión a las prácticas de algunos aparatos partidarios con gimnasia y músculos para obtener, mediante un minucioso trabajo de hormiga, tres o cuatro puntos adicionales que puedan ser decisivos en una elección con resultados ajustados.

Algunas trampas son pueriles. En los comicios presidenciales de 2007 hubo robo de boletas en algunos locales bonaerenses y, por eso, en los establecimientos de votación la Justicia tendrá miles de boletas para reposición. Pero dependerá del fiscal que cada partido ponga en cada mesa de votación la tarea de controlar que no falten papeletas.

Una práctica bastante conocida es la del voto en cadena. Otra estrategia es, una vez cerrado el comicio, llenar la urna con sufragios de las personas que no concurrieron a sufragar y se reparten los votos entre las agrupaciones. Pero ambas prácticas requieren la complicidad de los fiscales y el presidente de mesa. Por eso, la Justicia mejoró los mecanismos de designación de los presidentes y de sus suplentes.

También existe el riesgo de que algunos fiscales cambien las boletas de un partido competidor por otras falsas. Como votamos con enormes listas sábanas, no es sencillo detectarlo. Esto puede provocar que se anulen esos votos. Por eso, algunas agrupaciones que temen ser víctima de estas prácticas invitan a los electores a llevar la boleta en el bolsillo. Dado este contexto, las juntas electorales nombraron delegados en las escuelas y en las comisarías para reforzar el control judicial. En la Capital Federal serán funcionarios judiciales; en Buenos Aires, maestros.

En el escrutinio provisional, que se hace durante la tarde y la noche del domingo y que está a cargo del Ministerio de Interior y fuera del alcance de la Justicia, hay menos margen para hacer trampa.

Allí hay dos caminos para dibujar un resultado. Uno es el de las "incidencias". A medida que los presidentes de mesa envían los telegramas al centro de cómputos, quienes los reciben pueden no cargar aquellos que resulten incongruentes, confusos o ilegibles. Normalmente, esas incidencias alcanzan dos o tres puntos porcentuales. Si los telegramas que no se cargan son los de mesas donde la oposición tiene mucho peso, se altera el resultado.

El otro riesgo es que el oficialismo, a cargo del escrutinio provisional, manipule la carga de los votos, difundiendo primero las mesas que le convienen al Gobierno. Es una mentira de patas cortas, pero pueden alterar la percepción del resultado provisional. Por eso, la Cámara recordó, el jueves último, que el escrutinio provisional está en manos del Ministerio de Interior.

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