Una jornada única

Por Alberto Armendariz

WASHINGTON.- Llegaron desde todos los rincones del país. Hombres y mujeres; ancianos y niños, acompañados por familiares, amigos y compañeros de trabajo que recorrieron largas distancias en auto, ómnibus, tren y avión.

Desde el alba, desafiando las gélidas temperaturas con un entusiasmo a prueba de todo, unos dos millones de personas se congregaron ayer en el Mall de Washington para ser testigos de la historia cuando Barack Obama asumió el poder como el primer presidente negro de Estados Unidos.

Por la madrugada, sin que todavía el sol se hubiera asomado por los grandiosos monumentos de esta capital, el sistema de metro ya estaba atestado de gente que con espíritu festivo despertó a la ciudad para uno de sus días más memorables.

"De ninguna manera me iba a perder este momento. Mis antepasados sufrieron mucho para que Obama sea una realidad", dijo a LA NACION Gino Warner, 48, un arquitecto negro de Atlanta, Georgia, que con su esposa, Melva, y sus hijos adolescentes Nyega y Malik condujo diez horas hasta Washington para ayer ser uno más entre la multitud.

Minutos antes de que comenzara la ceremonia en las escalinatas del Congreso, en el Mall, la masa de gente se extendía desde la colina del Capitolio hasta el Monumento a Lincoln, donde el 28 de agosto de 1963 Martin Luther King dio su famoso discurso de "Tengo un sueño".

Para los cientos de miles de afroamericanos presentes, que exudaban orgullo, aquel camino finalmente llegaba a su fin. Bajo la tierra, en el subterráneo abarrotado, el ambiente era similar al que se vive tras un partido de fútbol. Pero ayer parecía no haber un bando perdedor.

Negros, blancos, latinos y asiáticos festejaban juntos. Entonaban cánticos y se tomaban fotos unos a otros. Afuera, aunque los termómetros marcaban tres grados bajo cero, la gente se abrazaba y sacudía banderas estadounidenses sin descanso.

Con 66 años, de pie entre la muchedumbre desde las 5 de la mañana, cuatro horas más tarde Elizabeth Robinson, negra nacida en Alabama, no pudo aguantar más el frío y buscó refugio en uno de los ómnibus estacionados a pocas cuadras del Mall.

"No me importa ver la ceremonia por una de las pantallas gigantes. Quería venir a sentir la multitud; es algo electrizante. Jamás había visto tanta gente junta", señaló.

Arropados con gruesas mantas, con gorros, guantes, pasamontañas y hasta bolsitas calentadoras de manos y pies. La sensación térmica entre la gente fue aumentando a medida que se acercaba el momento de la jura del presidente electo.

Comentá la nota