La jibarización de Moyano: críticos dicen que Kirchner lo sostiene

Por: Pablo Ibáñez

«Moyano no va a cambiar», se resignó Andrés Rodríguez.

«Pero no podemos romper», intercedió, ensimismado, Armando Cavalieri.

«Y si Moyano no cambia, tiene que cambiar el poder», siguió, cautivo de su razonamiento, el jerarca de UPCN.

«Sí, sí. Tiene que cambiar el Gobierno», barrió con los eufemismos Oscar Lescano.

A la sobremesa, el almuerzo que se programó como un 18 Brumario para limitar el poder del camionero en la CGT, alumbró una postura obvia pero que hasta el 27 de junio era impronunciable: el personalismo de Moyano sólo es posible porque los Kirchner apañan ese personalismo.

Un rato después, tras los cafés, en la vereda sur de avenida Belgrano, Cavalieri ofició de traductor: «El Gobierno se equivoca si cree que Moyano es la CGT», sintetizó el mercantil. Ese fue el dato fuerte de la cumbre de ayer: por primera vez, los antimoyanistas dijeron lo que hace tiempo apenas susurran.

El giro táctico supone que, por ahora, queda en stand-by cualquier operativo para desplazar a Moyano, imponer un triunvirato o convocar a un Congreso normalizador. Pero, en simultáneo, se orienta la demanda hacia la Casa Rosada para que sea el Gobierno el que haga lo que Moyano no hace.

Simple. En vez de pedir que el camionero se vuelva mágicamente asambleario, los «gordos» y los «independientes» pretenden que el Gobierno reconozca la diversidad de la CGT y termine con el trato preferencial con el camionero. ¿Si Moyano no cambia, puede cambiar Kirchner?

El dilema no se despejó tras el almuerzo de UOCRA, donde como anfitrión Gerardo Martínez recibió a Cavalieri, Lescano, Rodríguez, José Pedraza (Unión Ferroviaria), Carlos West Ocampo y Héctor Daer (Sanidad) y, entre otros, Oscar Di Grigoli (Aduanas).

«Cuando el año pasado se reeligió al Negro como secretario general, De Vido fue el garante de que el Gobierno respetaría que las discusiones se hagan a través de la mesa chica. Ahora queremos que hagan valer el compromiso», le dijo ayer a este diario uno de los dirigentes reunidos en UOCRA. Palabras similares usó, la semana pasada, Rodríguez en una charla telefónica con el ministro de Trabajo, Carlos Tomada. Pero, amparado en la confianza mutua, fue más lejos: «Nosotros no estamos hablando con Duhalde, ni estamos conspirando contra Cristina, pero ustedes tienen que darnos juego».

El ministro tomó nota. Cualquier sacudón en la CGT rebota, de inmediato, en su oficina y ahora tiene tres asuntos en agenda que pueden tensarse si no se logra una tregua sindical: el Consejo del Salario, la discusión por la Ley de ART y, como coronación, el Consejo Económico y Social (CES).

Este último punto será el tester perfecto para medir la voluntad de Moyano y de los Kirchner respecto de «gordos» e «independientes». Para el CES, hay 16 butacas gremiales que la Casa Rosada cede a la CGT y será Moyano quien las reparta. ¿Dejará el Gobierno que la ocupe sólo con sus aliados?

Subterráneo, aparece otro factor: el manejo de la Administración de Programas Especiales (APE), que se convirtió en asunto de Estado cuando Cristina de Kirchner le pidió al ministro de Salud, Juan Luis Manzur, que remueva, a 48 horas de nombrarlo, a Mario Koltan de la gerencia de esa oficina.

El moyanista Hugo Sola fue reincorporado a la APE, pero con poderes restringidos y el manejo, temporal, de esa ventanilla de subsidios a las obras sociales sindicales regresó a manos de Juan Rinaldi, superintendente de Seguros de Salud, alguna vez apadrinado por Moyano.

Insaciable, el camionero pronunció en oídos oficiales una sugerencia para resolver el entuerto del APE. Propuso que se designe en ese cargo a José Luis Lingieri, del gremio de Obras Sanitarias. Mezcló datos ciertos con erróneos: «No es ni moyanista, ni gordo, ni independiente y conoce el tema porque ya lo laburó con el Turco».

Lingieri fue el primer administrador del APE luego de una serie de episodios confusos en el manejo de la ANSAL, por entonces a cargo de Luis Barrionuevo. Fue un aplicado adjunto de Moyano en la CGT y fue, el último martes, uno de los tres sindicalistas que el camionero llevó a la cena de Casa Rosada.

El eventual desembarco de Lingieri en el APE, que requiere una resolución oficial, sumaría hostilidad a una crisis que ayer quedó en estado latente luego de que «gordos» e «independientes», a la espera de un guiño de la Casa Rosada, decidan congelar los movimientos de tropas.

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