Italia y Brasil al borde de la ruptura

El gobierno de Silvio Berlusconi llamó a consulta a su embajador por la decisión del país sudamericano de asilar a Cesare Battisti, condenado en ausencia en Milán a cadena perpetua. Para Brasilia, los delitos son políticos.
El gobierno italiano oficializó ayer la crisis diplomática con Brasil al llamar a consulta a su embajador. Roma había agotado todas las instancias para conseguir que el país sudamericano revea su decisión de otorgar asilo político a Cesare Battisti, un ex guerrillero italiano condenado en ausencia en Milán a cadena perpetua por seis asesinatos. “Battisti es un terrorista que no merece en absoluto el estatuto de refugiado político”, se quejó ayer el canciller italiano Franco Frattini, al anunciar que el embajador en Brasilia partiría hacia Roma inmediatamente. Itamaraty optó por no hacer ningún comentario, para evitar una nueva escalada en un enfrentamiento que ya lleva un mes.

Hace diez días el presidente Luiz Inácio Lula da Silva se reunió con su par boliviano Evo Morales para frenar un nuevo posible conflicto por el suministro de gas. Era un tema importante para los brasileños, sin embargo, ante la insistencia de los periodistas Lula tuvo que dedicar la mayoría de la conferencia de prensa al caso de Battisti. “Se trata de decisiones soberanas de cada país. Puede o no gustarles a las autoridades italianas, pero tienen que respetarlo”, aseguró entonces el mandatario brasileño. Incluso fue más lejos y, por primera vez desde que empezó el conflicto diplomático, dio una opinión sobre la situación procesal del ex guerrillero en Milán. “El acusador de Ba-ttisti hizo un acuerdo con la Justicia, después sacó nuevos documentos y hoy es un ciudadano que ni siquiera existe para probar lo que dijo”, cuestionó Lula.

Battisti fue condenado en Italia en 1993 como autor de dos homicidios y cómplice de otros cuatro, todos entre 1977 y 1979. Durante la década del setenta, este escritor italiano era miembro del grupo radical de izquierda Proletarios Armados por el Comunismo. En aquellos años de plomo, como se conocen a los sangrientos años ’70, las Brigadas Rojas y otros grupos más chicos como el de Battisti atentaban contra el gobierno italiano y cualquier referente de la ostentación capitalista.

Uno de los ataques que la Justicia milanesa le adjudica a Battisti es el de una joyería en 1977. Empezó como un robo, pero los guerrilleros terminaron matando al dueño del local, Pier Luigi Torre-ggiani, y dejaron tetrapléjico (los brazos y las piernas inmovilizadas) a su hijo, Alberto. En estas últimas semanas su voz fue una de las que sonaron más fuerte desde el Viejo Continente. “Es una decisión absurda. Tenemos que cambiar la táctica, vamos a hacer algo en serio. Pasar de las bellas palabras a los hechos, serios y ponderados”, reclamó al gobierno brasileño.

Pero para Brasil esos delitos fueron políticos. Así lo entendió el ministro de Justicia de Lula, Tarso Genro cuando le concedió el asilo político. Battisti venía escapando de Francia, donde había estado refugiado desde hacía más de una década. El siempre negó cualquier participación en los asesinatos y aseguró que, desilusionado, había dejado la organización armada en 1978. Pero ante la presión de las autoridades italianas se escapó del país dos años después y se escondió en México durante ocho años.

Con los años noventa llegó la Doctrina Mitterrand, que garantizaba refugio incondicional en suelo francés a los ex guerrilleros italianos. En París trabajó como portero de edificio, lo que le daba tiempo libre para escribir. Durante sus años en la capital francesa escribió diez novelas, haciéndose un nombre en el género de policiales negros.

El pasado volvió a alcanzarlo en 2004 cuando lo detuvieron por orden de la Interpol. Hasta el alcalde de París, Bertrand Delanoë, marchó por su liberación. Sólo estuvo preso unas semanas, pero el entonces presidente francés Jacques Chirac prometió rever la Doctrina Mi-tterrand. Antes de que lo llegara a hacer, Battisti ya estaba en Brasil, iniciando una nueva vida. Logró escapar de las autoridades tres años, hasta que lo detuvieron en Río de Janeiro.

Esa persecución fue lo que convenció al gobierno brasileño. “Su abrigo en territorio francés fue anulado por razones eminentemente políticas”, señaló Genro, el ministro de Justicia, al anunciar el asilo político.

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