Israel e Irán, dos dolores de cabeza para la Casa Blanca

Por: Marcelo Cantelmi

La Casa Blanca tiene dos problemas en Oriente Medio. Uno es el actual Irán, que ciertamente no es el único, como los fundamentalistas de la otra vereda insisten en caracterizar con un fervor menos científico que oportunista. El otro es el actual Israel, que tampoco es el único, lo que al menos deja la esperanza sobre la mesa. Ambos son escollos para lo que se manifiesta como la agenda central de esa región.

Después de la penosa gestión de su antecesor George Bush, el presidente Barack Obama acierta cuando ubica la amenaza terrorista realmente en donde corresponde, en el emergente fascista Talibán que se extiende por Afganistán y Pakistán, el ahora subtitulado Afpak. Aquella precisión, por cierto, no aparece en el momento de detectar las causas del fenómeno que va bien lejos de los fanatismos religiosos o las nociones mesiánicas que entretienen a la retórica de este conflicto. Lo muy dramático que sucede en ese rincón clave de la humanidad tiene sus raíces en cuestiones bastantes más pedestres, como la negativa distribución del ingreso y en la verdadera maquinaria de vomitar desesperados en que se transformó Occidente en los últimos 30 años.

Hay una gran urgencia por detener el proceso de disolución radical que se esta manifestando con la desaparición de la frontera física entre esos dos países, uno de ellos potencia atómica en Asia. Y en no construir lo que ya se califica como el Vietnam de Obama, comparación que vale solo por los costos en vidas y por la demanda de tropas que supone este conflicto. En el Sudeste Asiático, convengamos, hubo un componente de guerra anticolonial y un sofisticado compromiso político en el Vietcong, del que, por el momento, parece carecer la heterogénea y fanatizada estructura Talibán.

La actitud provocadora del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad y su padrino, el líder supremo Ali Jamenei, se entiende a partir del viejo consejo de Maquiavelo al príncipe: generar un desafío externo si de controlar el espacio doméstico se trata. Irán está en uno de sus peores momentos económicos y sociales, con una inflación de dos dígitos y una desocupación rampante, además del desborde del gasto público. Es ese escenario el que explica la crisis política actual que abrió una fractura en la Revolución islámica cuya profundización y no ocultamiento debería interesar a las capitales del área y más allá.

Pero es claro que si hay un giro en Irán, y triunfan quienes en Occidente equivocadamente son calificados de moderados, se consolidaría la estrategia de Washington a favor de un diálogo necesario. Y eso Israel no lo toleraría, además porque obligaría a tratar seriamente la cuestión palestina. En Tel Aviv también leen a Maquiavelo.

El problema con Irán no es tanto el declamado peligro por su laboratorio nuclear, como el peso de potencia regional que ese país consolidó de la mano de la cegata política de Bush en el área. Ahora, el abollado gobierno de Teherán busca con ansias una amenaza externa que le permita asfixiar la presión interna que, no ha cedido sino escalado a los vértices hasta ahora intocables del poder real en Irán.

Con la insistencia de una guerra inminente, las maniobras militares explicadas como una señal para Teherán y declaraciones apocalíptica, Israel genera el estado ideal de las cosas que busca el fundamentalismo persa para salud y alegría del Talibán, los enemigos de Obama en casa y la pesadumbre de todo aquel que todavía quiera perder su tiempo imaginando una paz posible para la región.

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