La isla de la muerte ocupada por fuerzas extranjeras

Las imágenes se parecen a una invasión y recuerdan a Irak. Sólo que en lugar de bombas los helicópteros Apache tiran agua y comida. Los Cascos Azules y los marines enfrentan a la ciudadanía descontenta.
Finalmente la presencia extranjera se hizo visible en las calles de Puerto Príncipe. Decenas de convoys de marines armados hasta los dientes comenzaron a recorrer la ciudad mientras helicópteros Apache aterrizaban en los parques del Palacio de Gobierno, en cuyos alrededores acampan cerca de 15 mil personas.

"Nosotros logramos pasar camiones con dos toneladas de asistencia hace tres días y todavía la tenemos allí. Es desesperante", explica Gurbachan Singh de la ONG United Sikhs. "Fueron tres días en los que intentamos conseguir por todos los medios ayuda de la ONU para poder distribuir comida caliente. Sólo necesitábamos que nos brindaran seguridad para la distribución pero no hubo forma". Harto de la espera, Singh decidió salir a repartir agua sin custodia. Llegó al Palacio de Gobierno hace dos días con un camión y se formó tal remolino de personas que entendió que quizá su volutad de ayudar le haya jugado en contra.

"La gente comenzó a pelear por el agua. Ellos saben que nosotros venimos a ayudar y no me sentí amenzado pero de todas formas generamos peleas entre ellos. No es algo de lo que me enorgullezca", se lamenta. Ahora consiguieron ayuda de los cascos azules peruanos y mañana van a salir a distribuir viandas en comunidades pequeñas.

Los líderes de la misión dominicana explican el fracaso de la ONU desde una perspectiva cultural. Sin custodia militar, no quisieron moverse y no se acercaron a los barrios más castigados. La custodia llegó recién ahora. Los dominicanos explican que sus hombres lograron penetrar en todos lados porque no le temen a sus vecinos haitianos.

A falta de un Estado eficiente, se organizaron a través de redes comunitarias. En las puertas de entrada del predio, custodiadas por los cascos azules, la gente se agolpa y se forman tumultos ante la llegada y salida de vehículos, no importa qué carguen. Muchos gritan que hay personas que se llevan la comida y la venden. Los dominicanos no son inocentes al respecto, pero creen que "si de esa comida aunque sea la mitad llega a la gente, entonces estamos haciendo algo que nadie más está haciendo".

Douglas Raymond, coordinador de ayuda humanitaria de la ONU, explica que hicieron todo lo posible por distribuir la ayuda. "No teníamos los medios necesarios para una tragedia de esta magnitud. Además las calles están colapsadas y no se puede transitar". No le gusta que hablen de incapacidad o fracaso de Naciones Unidas, asegura que las cosas se están normalizando y que en los próximos días los haitianos recibirán toneladas de alimentos.

Mientras tanto, los equipos de rescate comienzan a abandonar Haití. Los que se quedan lo hacen por motivos psicológicos. No creen poder salvar más vidas pero van a seguir asistiendo para evitar la sensación de abandono y porque los haitianos los paran por la calle para decirles que hay más gente enterrada, que se escuchan sonidos entre las ruinas. Pero los rescatistas no dan abasto y muchos países enviaron personal con el objetivo de rescatar a sus conciudadanos o recuperar sus cadáveres y recién después colaborar con el rescate de haitianos.

En Citi Soleil la desesperación ya es una forma de vida. La histeria se está tornando colectiva y en los campamentos ya no saben cómo hacer para conseguir comida. Una ley no escrita dice que todo lo que se tiene se comparte. Si alguien saca un agua, la botella se termina de mano en mano. Crítica de la Argentina visitó un campamento donde hay muchos más niños que adultos. La mayoría de ellos son huérfanos. Es un drama que ha pasado desapercibido en medio de la magnitud del colapso.

Allí casi no tienen techo y la mayoría duerme a la intemperie. La lluvia que cayó ayer por la tarde complicó las cosas pese a que Estados Unidos comunicó que aceptará ninos huérfanos en su territorio. Las escuelas han colapsado, no hay clases y nadie podrá decir cuando volverán a normalizarse. Lo mismo sucede en las universidades. La pérdida en términos intelectuales es inmensa. Se podrán construir nuevas escuelas pero faltarán los profesores.

Con el correr de los días el olor de los muertos se suma a la de los deshechos. Los muertos se siguen quemando en las fosas communes pero nadie est’a hacienda el trabajo de remover los cuerpos de las ruinas. Al caminar por la ciudad el olor es una presencia física que baja y sube en intensidad según el tamaño del edificio destruido.

Para Nadine Ali, una joven haitiana que estudia en Estados Unidos y regresó al país para colaborar, "el trauma será muy grande. Para nuestra cultura la forma en la que uno deja la vida es muy importante. En el interior muchas familias tienen enterrados a sus antepasados en los patios de sus casas. Puerto Príncipe se convertirá en una ciudad de fantasmas".

Ayuda china con doble intención

El terremoto en Puerto Príncipe reavivó el enfrentamiento entre Pekín y Taipei. Pese a que Haití es uno de los 23 países que reconoce diplomáticamente a Taiwán, China le ganó de mano a la isla de pretensiones independentistas al enviar un equipo de rescate y ayuda humanitaria dos día antes que su vecino.

China, que destacó las dificultades para obtener derechos de aterrizaje de sus aviones ante la falta de relaciones con el país caribeño, prometió donaciones de 4,4 millones de dólares y otro millón en ayuda frente a los 5 millones en efectivo y los 364 mil dólares en ayuda humanitaria ofrecidos por el gobierno de Taiwán, que se negó a integrar la misión china.

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