Irán: entre mirar para otro lado o volver a equivocarse.

Por: Oscar Raúl Cardoso.

La represión a la disidencia que enfrenta el régimen islámico incentiva a los "halcones" de Occidente, que ven la oportunidad de crear otro foco de tensión internacional.

Es una sensación extraña la de descifrar lo que está sucediendo en Irán. Hay información disponible que viene de Teherán y de otros puntos del país, pero no hay la suficiente. Estos no son ya los tiempos de la Albania de Enver Hoxha cerrada de modo hermético al mundo. Como ya comprobaron los chinos -cuyo régimen aumentó esta semana las restricciones en el acceso a Internet- no hay modo de detener de modo absoluto que las novedades domésticas queden solo en casa, ahora es la teocracia iraní la que se enfrenta a un tiempo en que las fortalezas parecen transparentes.

Sin embargo, lo que un régimen restrictivo sí puede hacer es limitar severamente el flujo de la información que muchas veces permite corroborar que tal o cual manifestación existió y la represión produjo un número determinado de víctimas, que las dirigencias desarrollan alguna forma de enfrentamiento intestino, etcétera. Algunas veces es más difícil guiarse en una luz demasiado tenue que arreglárselas en la oscuridad.

La "masacre de Tiananmen" de julio de 1989 llevó al régimen chino a intentar colocar un policía o un soldado junto a cada teléfono con capacidad para recibir o emitir faxes, aprovechando el hecho de que cada máquina de esas debía estar empadronada por el gobierno, de acuerdo con la ley. No sirvió demasiado, pero lo cierto es que lo que sucedió en esos días de descontento social solo se pudieron narrar de modo integral y fehaciente una vez que el conflicto su hebo acallado.

En Irán la protesta por el supuesto fraude electoral en la reelección de Mahmoud Ahmadinejad continúa, aunque la poca información que llega desde la capital habla de una fuerte caía en el número de manifestantes en Teherán y de la desaparición lisa y llana de la rebeldía en las calles en otras ciudades del país.

Un desvanecimiento que tiene su razón. La muerte de una manifestante y la demanda de una justicia "implacable y cruel" que están haciendo varios de los clérigos más conservadores, era seguro, erosionaría la bravata popular.

Los disidentes no tienen estructura ni líder real. La cabeza de proa es el candidato perdidoso Hosein Mousavi, un conservador con escaso carisma al que la gente puso al frente solo porque tuvo el coraje de ponerle el pecho al régimen. Esto da para el prestigio, pero no necesariamente habilita para conducir una oposición compleja en un contexto represivo.

¿Habrá otro paralelo posible entre las rebeliones sociales en China y en Irán con el correr de los días? Algunos entendidos en ese enigma que es Irán anticipan que sí. Igual que los rebeldes chinos los de Irán deberán replegarse en algún momento a menos que se crean en condiciones de confrontar en acciones -no ya solo con palabras-con el régimen. Igual que los chinos, los iraníes -agregan- descubrirán que el objetivo central (la democratización del régimen) está fuera de su alcance.

Y quizá los paralelos continúen si el régimen se da cuenta de que con una población que tiene más de la mitad sus ciudadanos con 26 años o menos, un elemento central de una pacificación debiera ser una reforma económica y social inclusiva. Todo esto es, por ahora al menos, especulativo. El alto nivel de desempleo es uno de los factores que han contribuido a la pérdida de popularidad de Ajmadinejad. Es también una de las razones por las cuales más del 60 por ciento de los votos que le asigna el escrutinio oficial lleva la marca de lo sospechoso.

Lo que sin duda está claro es que Occidente ha sido golpeado en un nervio con lo que sucede en Irán. Una prueba de ello es cómo el tema de la rebelión se ha filtrado en el tope de las agendas de Estados Unidos y de Europa.

Angela Merkel, la primera ministra de Alemania visitó ayer a Barack Obama en Washington un encuentro que está salpicado por algunas desavenencias importantes. Obama quiere una contribución militar mayor de Alemania a la tarea de Afganistán y Berlín -que tiene allí una dotación temporal de 300 hombres- no cree que deba comprometerse más.

A su vez Merkel cree que Obama no está haciendo lo suficiente para lidiar con la crisis económico-financiera planetaria y se siente defraudada por el rechazo de Washington a su iniciativa de crear un organismo internacional de supervisión de las finanzas y las instituciones que operan en el rubro.

Ahora, estos temas estarán mojados por el principio de diluvio iraní. Después de los ocho años de George W. Bush y su demonización sistemática de Irán, los europeos querrían que Washington absorbiera la realidad: la preocupación central de la teocracia iraní es que la Revolución Islámica sobreviva, un destino final que está en manos del pueblo iraní, no en las planificaciones de gabinete de Washington y Londres.

Es muy difícil porque quizá esto esté más allá de las manos de Obama. Un segmento importante de la estructura militar, de defensa y de la diplomacia -que aun danza la música que tocaba Bush- cree que hay que aprovechar esta instancia que tiene complicados a los ayatolas para dar un golpe de mano. Y ya sabemos en qué han terminado los zarpazos en Afganistán y en Irak.

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