En Irán, en 1979, cuand el Sha escapó y nació l Revolución islámica.

El final del régimen del Sha contado por el enviado de Clarín, que cubrió la rebelión en Irán hace 30 años.
En diciembre de 1978, en el mundo casi no se hablaba de otra cosa que de la Revolución Islámica contra el Sha de Irán, Reza Pahlevi, rey de reyes de la dinastía del Pavo Real. El quinto ejército del mundo, magníficamente armado por EE.UU., se revelaba incapaz de reprimir con éxito a las oleadas de civiles que respondían a las ametralladoras que disparaban desde los helicópteros poniendo el pecho y tirando piedras. Así fue como terminó en una masacre la protesta del 8 de setiembre en plaza Jaleh, hoy llamada plaza de los Mártires. Y el 2 de diciembre un millón y medio de personas salió a la calle para pedir el fin del gobierno del reinado de Reza y el regreso del ayatollah Ruhollah Jomeini, exiliado en París.

Las compañías aéreas suspendieron sus vuelos a Teherán. Pero Swissair mantuvo su línea al gran caos y en uno de sus aviones, premiado con primera clase, desembarqué a comienzos de enero como enviado de Clarín.

Rápidamente, con mi mentalidad de venido de la Argentina tercermundista, aunque hacía ya tres años y medio que residía en Roma, me di cuenta que el Sha estaba perdido porque cuando la gente no siente más miedo y muestra una devoción a una causa indiscutida y a un líder, no la para nadie; sus rabias, deseos y sueños equivalen a muchas bombas atómicas. La mayoría de los colegas anglosajones no daba a la protesta tanta importancia.

Ya el taxista que me llevaba al único hotel internacional que recibía exclusivamente a los enviados, me explicó que había luna llena. "Millones de personas suben a las terrazas o van a la calle a ver el milagro: el rostro del ayatollah Jomeini se refleja en la superficie lunar". Era una señal que la gente traducía en: "Luchemos y Jomeini volverá"

El hotel era una especie de campamento desordenado porque en Teherán y el interior había huelgas de todos los gremios en apoyo del gran ayatolá. Nada funcionaba. Comunicarse con Buenos Aires era un milagro. Con oportunas y abundantes propinas las líneas, muy precarias, comenzaron a marchar también para mi. Buenos Aires estaba ocho horas y media atrás por el huso horario.

Nada era más importante que trasmitir. Al final logré un modus vivendi. Desde Clarín llamaban por teléfono en relay con Londres y el operador amigo me pasaba la línea. Eran casi siempre las dos o tres de la mañana.

Como un poseído, leía a toda velocidad mis despachos que grababan en Buenos Aires. Los nervios provocaban taquicardia. Trasmitir era más angustioso que salir con otros enviados a la calle y caminar con miles de personas en las marchas de protesta contra el régimen y afrontar la represión. "Ustedes están en manos de la multitud", nos advertían los policías: "arréglense". Pero la gente nos protegía, sentían que éramos un seguro para ellos de que las protestas eran difundidas por los enviados en todo el mundo. Hubo un solo periodista muerto, un colega norteamericano baleado en un tiroteo.

En el histórico Bazar de Teherán, los comerciantes discutían con la clientela y con nosotros. Se hablaba solo de política y de la cara de Jomeini reflejada por la luna. Me estaba afeitando la mañana del 16 de enero cuando sentí en mi habitación los bocinazos que venían de la calle. El pueblo festejaba. Bajé y la gente nos abrazaba: el Sha y su familia habían huido a Egipto.

Desde entonces estuvimos aún más que nunca en manos de la gente. Como no había electricidad, el hotel funcionaba con sus propios grupos electrógenos. Los enviados sacábamos al corredor las mesitas de luz y poníamos las máquinas de escribir. Allí escribíamos con poca luz pero era mejor que nada. Entre los periodistas de lengua castellana, los españoles impusieron en broma llamar "Jiménez" al gran ayatollah, porque todos lo escribían y pronunciaban diferente. "Es más fácil coño", explicaban.

El ayatollah estaba en París haciendo las valijas para venir a Teherán y sellar así la toma del poder. El 13 de enero, tres días antes de la huida del Sha, anunció desde el exilio la formación de un Consejo islámico de la Revolución, que un mes más tarde se convirtió en el primer gobierno revolucionario. Dos meses después, el 2 de abril de 1979, proclamó el nacimiento de la República Islámica de Irán. La revolución era de una extraordinaria popularidad y todas las maniobras y chicaneos para frenar el triunfo del jomeinismo fracasaron.

Fue un espectáculo inolvidable que en sí mismo explicaba que se trataba de una revolución y un liderazgo duraderos. La revolución iraní cambió el mundo: desde hace 30 años su existencia ha modificado los equilibrios internacionales. Pero entonces había pasado solo un mes de mi llegada y parecía un siglo cuando tomé el avión suizo de vuelta a Roma.

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