Intimidad de una decisión inesperada

Los últimos rezagados dejaban la quinta de Olivos. De repente, un hombre alto de traje cruzado azul y corbata roja se acercaba a paso lento. Ahí nomás lo agarraron. "Quédense tranquilos que el decreto de Carlitos es perfecto." Así consolaba imprevistamente Néstor Kirchner a un grupo de intendentes sedientos de fondos.
Carlitos es Carlos Zannini, secretario legal y técnico, el hombre que arma toda la ingeniería legal del matrimonio presidencial. El único, una vez más, que conocía de antemano el último golpe de efecto ideado por el ex presidente para encolumnar a los gobernadores, quitarles argumentos a los legisladores díscolos y dar por cerrado el pedido del campo para rebajar las retenciones a la soja, con una elección clave a la vuelta de la esquina.

Anochecía y los faroles de los jardines de la residencia empezaban a encenderse. El ex presidente salía de la habitual recova donde recibe a cientos de dirigentes para adoctrinarlos. Frente a las puertas de su oficina, endulzando los oídos de los políticos, LA NACION lo encontró casi por casualidad. Se le fue encima un grupo de jefes comunales de Santa Fe, provincia gobernada por el socialista Hermes Binner. Querían presentar sus quejas. En el tumultuoso y desordenado diálogo, criticaban al mandatario provincial por retacearles fondos a los municipios.

"Los intendentes pelean por lo suyo", justificó Kirchner mientras explicaba que la medida con la que sorprendió ayer la Casa Rosada de repartir el 30 % de la recaudación por las retenciones a la soja directamente a las municipalidades.

A eso se refería con la explicación y la tranquilidad que intentó llevar a los jefes comunales en sus elogios a Carlitos. La jugada de la pareja presidencial busca justamente que el dinero llegue directamente a los municipios, entre quienes se llevarán una gran porción los populosos distritos del conurbano bonaerense. Ese lugar donde Kirchner daría la pelea en las próximas elecciones.

Distendido y sonriente, el ex presidente aceptó por unos pasos la compañía de los medios mientras caminaba rumbo a la cancha de fútbol que sirve de helipuerto de la residencia. Evitó responderle al campo, que cortaba rutas en varios puntos del país. "No me corresponde a mi opinar", dijo. Se notó en su cara que se quedaba con las ganas de contestar. Ante la consulta, abrió grandes los ojos y respiró profundo. Pero se cuidó. Para eso tenía después la tribuna de un acto partidario en Merlo.

Jugada de última hora

El matrimonio Kirchner se despachó ayer con una jugada de última hora pensada en la antesala del día en el que la oposición intentó una sesión especial para debatir en el Congreso una rebaja en las retenciones. El modelo fue casi una copia de aquel plan lanzado en medio de la disputa por el campo el año pasado, cuando la jefa del Estado anunció que con la plata de la recaudación de la soja se construirían hospitales, viviendas y caminos rurales.

Así habla Kirchner: "Ahora los senadores van a tener que defender a sus provincias". Esa frase usó para instruir a los intendentes santafecinos. Fue en una reunión minutos antes del anuncio presidencial. Enigmático, el ex presidente invitó a los jefes comunales, entre ellos Darío Corsalini, de la localidad de Pérez, y Alejandro Ramos, de Granadero Baigorria, al acto. Sólo les anticipó el sentido final de su movida política: acorralar a los legisladores, como Carlos Reutemann, a quienes les reprochará que defiendan los actuales niveles de retenciones a la soja para cuidar las cuentas de sus votantes.

Para el Gobierno, la disputa con el campo no se resolverá. "Estamos dispuestos a bancarnos la gente en las rutas. Nosotros trabajamos para un país justo", fue la frase de un ministro ante LA NACION.

Otra vez el gabinete nacional debió asistir a la quinta con toda la incógnita encima. Apenas si el ministro del Interior, Florencio Randazzo, se enteró en la madrugada de anteayer. El Gobierno se preocupó en montar una gran expectativa dejando trascender todo tipo de posibles medidas. El quincho presidencial estallaba de gente. Algunas caras largas se vieron en mitad de la tarde. No había espacio ni sillas disponibles. Parado se quedó el secretario adjunto de la CGT, Juan Belén, ofuscado por no conocer de qué se trataba el anuncio y porque nadie le había conseguido un lugar.

Todos los gobernadores dieron ayer el presente, con excepción de Binner y el cordobés Juan Schiaretti. El chaqueño Jorge Capitanich hacía cuentas de lo que recibiría su provincia ante sus colegas cuando todavía la Presidenta estaba hablando.

Acosados por la crisis, los intendentes del conurbano se abrazaban. "Acá no hablamos de política, hablamos de tener el menor impacto posible de la crisis", insistía Kirchner en las afueras de la residencia. Se fue, otra vez enigmático, cuando erróneamente LA NACION lo llamó "presidente".

-Ex, se apresuró a aclarar.

-Bueno, presidente del PJ.

-No sé si no renuncio. Dentro de poco, por qué no, también ex del PJ. Y rió.

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