La intervención que llegó justo antes del abismo

Por Joaquín Morales Solá

Cristina Kirchner eligió ayer descomprimir el conflicto antes de que los dirigentes rurales fueran desbordados por los productores rasos. Los primeros síntomas de la impaciencia de los productores se advirtieron en la víspera, cuando empezaron a formarse piquetes en los costados de rutas de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. "El margen es hoy", adelantó Eduardo Buzzi al enterarse de la embrionaria sublevación del interior rural. Los presidentes de las entidades del campo venían menos apurados que sus propias bases.

La Presidenta decidió jugar su figura y su palabra antes de que las cosas perdieran todo control. Las imágenes de ayer, en muchas rutas del país, se parecieron demasiado a las que poblaron la política y la economía durante todo el año pasado.

El resultado de un año de combates perdidos fue desastroso para el Gobierno y, también, para el resto de los argentinos. El gesto presidencial de ayer debe ponderarse, aun cuando haya sucedido después de muchas palabras y de actos innecesarios por parte de funcionarios y de la propia Presidenta. Los Kirchner descubren el abismo, siempre, cuando lo tienen sólo a un paso. Sin embargo, Cristina Kirchner debería ahora cortar los teléfonos de la residencia de Olivos. La historia de la crisis entre el Gobierno y el campo indica que fue su propio esposo, el ex presidente, quien boicoteó eventuales acuerdos con los ruralistas cada vez que existió un boceto de coincidencia. Es él, además, quien comanda personalmente a los halcones de la administración en la lucha contra los productores rurales.

Los últimos días fueron testigos de los habituales métodos de Néstor Kirchner para negociar. El ex mandatario acostumbra incorporar a cualquier negociación elementos previamente inexistentes. Cambia así el eje de la discusión o luego reclama que le agradezcan el favor de retirar lo que nunca había existido. Las muchas versiones inconfundiblemente oficiales que hubo sobre el futuro de la comercialización de granos son un ejemplo de ese estilo.

¿La discusión no era acaso sobre el elevado nivel de las retenciones, sobre todo las de la soja? ¿No faltaba definir una política agresiva sobre la ganadería antes de que el país, histórico exportador de una de las mejores carnes del mundo, se convierta en importador de carnes? ¿Los tamberos no habían considerado insuficiente el nivel del subsidio a la leche anunciado hace una semana? ¿Las economías regionales no se están muriendo por falta de precios, de mercados y de políticas?

Nadie habló, durante los últimos cinco días, de lo que importa. Vagos rumores sobre una probable intervención estatal en la comercialización de granos ocuparon el centro del debate. De paso, el Gobierno avanzó en su terco objetivo de dividir a la Comisión de Enlace, que agrupa a las cuatro organizaciones rurales con historias, políticas e ideologías ciertamente diferentes. Kirchner hizo antes el milagro de unirlas en una clara oposición a sus políticas contrarias al campo; él es también quien aspira ahora a fraccionarlas.

Julio De Vido hablaba mal de Eduardo Buzzi en los oídos de Hugo Luis Biolcati. El propio Gobierno hizo estallar esas charlas en la cocina cuando las ventiló en el principal escenario de la política. Los comadreos sobre un organismo estatal para comercializar los granos fueron, en cambio, una buena melodía en los oídos de Buzzi para petardear su relación con la Sociedad Rural y con Biolcati. La Federación Agraria y la más histórica entidad agropecuaria, la Sociedad Rural, no piensan lo mismo sobre esa cuestión.

Alguna pelota tenía que entrar en el arco después de tanto patear. Buzzi aceptó ayer que había diferencias entre los líderes rurales sobre ese tema y que no pensaba negarlas ni callarlas. Al mismo tiempo, la Sociedad Rural dejaba trascender que sólo estaba de acuerdo con un sistema de libre comercialización de granos, como el que rige actualmente. Mario Llambías y Alfredo De Angeli también fijaron posiciones distintas de aquellas dos.

Todo hay que decirlo: es fácilmente perceptible que esta vez el Gobierno sembró cierta dosis de suspicacia entre los líderes rurales. Cada uno de ellos avanza mirando sus espaldas.

No obstante, la decisión que tomaron los dirigentes fue decir que sí, pero hacer que no. Los líderes rurales, sobre todo Buzzi, le pondrían tantos condicionamientos al proyecto oficial que el Gobierno terminaría por desalentarse. Pedirán, antes que nada, que el papel del Estado sea minoritario en el eventual organismo, tanto en el directorio como en las decisiones. Suficiente para que Kirchner no avance con el proyecto.

Con todo, la Presidenta insistió ayer en su imprecisa definición ya expresada ante el Congreso: la crisis internacional podría -cuándo no- obligar al Estado a una mayor intervención en la economía. Punto. ¿Por qué necesitaría de la intervención estatal el sector que demostró ser el más competitivo y dinámico de la economía argentina? No hay respuestas, por ahora.

La dirigencia rural entró a la reunión de ayer, la segunda de esta ronda, sin saber si habría un tercer encuentro. Se topó con Cristina Kirchner y con una reunión que duró cinco horas, dos de ellas con la Presidenta. No es la primera vez que la jefa del Estado se compromete personalmente en una reunión con los dirigentes rurales; incluso, ha tenido encuentros más largos con ellos. Ni siquiera es la primera vez que hay un bosquejo de acuerdo parcial, como el de ayer, luego de una sesión de la que participó Cristina Kirchner.

La profundización de los acuerdos de la semana anterior (sobre carne, leche y trigo) fue un acto de recomposición de la confianza. Los líderes agropecuarios desconfiaban de que esas promesas se cumplieran algún día. De hecho, el Gobierno demoró interminables semanas para publicar en el Boletín Oficial el estado de emergencia agropecuaria por la sequía.

Por lo demás, puede deducirse que el Gobierno no encontró aún la manera de reemplazar los ingresos fiscales que le proveen las retenciones a la soja y el girasol. Sin esos ingresos, y con un presupuesto hecho para otro país y otro mundo, el Gobierno se acercaría peligrosamente al déficit fiscal. Un problema no resuelto es que los Kirchner no quieren resignar recursos en un crucial año electoral.

Antes, los principios de coincidencias similares a los de ayer fueron rotos por la acción inmediata y cismática de Guillermo Moreno y de Ricardo Echegaray, que reconocen en Néstor Kirchner a su único jefe. Ni Moreno ni Echegaray participan esta vez de la nueva fase del diálogo. ¿Esas ausencias señalan buenos augurios? Depende de lo que esté urdiendo, aislado y hostil, el hombre que habita la residencia de los presidentes sólo por derecho conyugal.

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