La interna eterna

Por Alvaro Abos

¿Por qué tenemos que participar todos en la interna peronista, bajo el régimen electoral del voto obligatorio que rige en la Argentina?

Porque el gobierno no ha cumplido las promesas que hizo en 2003 y reiteró en 2007, que lo obligaban a reformular las normas que rigen la actividad política. Néstor Kirchner se había comprometido a derogar la lista sábana, institucionalizar la designación de candidatos mediante elecciones internas abiertas y mejorar otros atrasos. Por ejemplo, implementar el voto electrónico, que evitaría los riesgos de fraude.

Nada de eso se hizo. Tampoco se avanzó en proyectos que hoy ya parecen reliquias, como el de la iniciativa popular para la organización de referéndums, proyectos que hubieran permitido a los ciudadanos peticionar al Parlamento sin necesidad de recurrir a la movilización callejera.

Han pasado seis años sin que la Argentina mejorase su sistema de representación política. Por el contrario, el Gobierno no ha hecho sino acentuar el verticalismo. En 2007, desde la investidura presidencial hasta la más humilde concejalía de pueblo, todos los cargos dependieron del lápiz del poder.

Así fue como comenzó a cundir la insatisfacción entre los barones del peronismo, en especial los gobernadores humillados por el peso del dedazo, que les escamotea voz y voto. Como consecuencia, algunos han promovido, directa o indirectamente, candidaturas legislativas críticas, rebelión que, a su vez, galvanizó al núcleo duro del kirchnerismo. El Gobierno obligó a sus funcionarios a subir a la palestra electoral.

De esa manera, confunde una vez más al Estado, que es de todos, con el partido, que debe ser sólo de los afiliados. La sociedad asiste asombrada a la transformación de una elección nacional de renovación legislativa, concebida por la Constitución como medio para retocar la representación parlamentaria, en un duelo feroz en el cual se disputa el poder a dentelladas. Duelo localizado en la provincia de Buenos Aires, como espacio emblemático de la política argentina.

La provincia de Buenos Aires se ha convertido en un teatro del terror, desde cuyo escenario nos llegan quejidos, ayes y bramidos que parecen provenir de monstruos y dragones. ¿Será que Narciso Ibáñez Menta ha sustituido como mentor ideológico del Gobierno a Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz?

Tanto Kirchner como su ocasional adversario De Narváez se han embarcado en una lucha a muerte. El discurso oficialista unificado, que baja como un ucase desde el poder, nos ha advertido a los ciudadanos que estamos ante una opción de hierro. O votamos a los candidatos del Gobierno o nos precipitaremos en un abismo regresivo, según el esquema "O el Gobierno o 2001". Esta advertencia formulada hace un tiempo por el ex presidente ha sido potenciada, en las últimas semanas de la campaña, por los candidatos oficialistas, quienes la han dejado corta.

Acabo de escuchar a uno de esos candidatos: sostiene que, en caso de triunfar la oposición el 28 de junio, la Argentina volvería no a 2001 sino... ¡a 1890, cuando no existía ninguna legislación que protegiera al trabajador de la injusticia y los salarios se pagaban con vales para comprar la yerba en el almacén del capataz!

Hay algo bochornoso en el pleito entre Kirchner y De Narváez: todos sabemos que es irreal y que terminará en una entente. Los protagonistas, hoy alineados en uno y otro campo, vienen del mismo tronco, comparten el mismo espacio, han acumulado el poder que hoy tienen durante los mismos años, y ninguno de ellos ha dejado entrever que tuviese un proyecto diverso al otro.

No por nada el propio De Narváez votó con puntualidad y celo los proyectos legislativos del oficialismo cuando, en 2005, fue elegido diputado nacional por el Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires: eran los tiempos en que el Congreso Nacional era llamado la "escribanía presidencial".

¿Y qué decir del socio Solá, quien, repentinamente, despertó del letargo kirchnerista y "se dio cuenta"? "Gran Cuñado", con su caricatura de esos políticos "revolcaos en el mismo lodo", ha percibido certeramente -más allá de las reservas estéticas y éticas que suscite su humor- la manera en que la sociedad "ve" a buena parte de sus representantes.

Las luchas políticas, cuando esconden riñas por porciones de poder más que proyectos genuinamente confrontados, no son gratuitas. Ellas alimentan un fruto amargo: la apatía, el descreimiento, el cinismo. ¿Cómo tomar en serio esas peleas que terminarán no en concertaciones genuinas sino en meros repartos?

Durante los últimos días antes de las elecciones, la campaña proselitista desbordará bullicio e ingenio. Todos los cerebros que trabajan en los medios de comunicación, en los partidos y en la galaxia publicitaria se esmerarán en ello. Pero tanta bambolla no podrá esconder un dato crucial, registrado durante el mes de mayo de 2008, antes de que esta campaña entrara en su recta final y todos los esfuerzos se aplicaran a detectar lo que se cocina en el "vientre de la ballena". Durante ese mes, una encuesta de Perfil había revelado que el 70% de la población estaba disconforme con el Gobierno, pero un 52% también lo estaba con la oposición. Según otra encuesta, de la Universidad de Belgrano, el 45% de la población no le daba por entonces importancia a la elección del 28 de junio.

En los mismos días se divulgó un relevamiento de Transparencia Internacional, según el cual el 81% de los argentinos no creía que el actual gobierno hubiera hecho nada para combatir la corrupción.

En las elecciones para elegir representantes al Parlamento Europeo de Bruselas sólo votó el 60% de los ciudadanos inscriptos, lo que supuso un aumento en algunos décimos del índice de abstención, siempre alto, en relación con anteriores elecciones europeas. Debe recordarse que en Europa votar no es obligatorio, como en la Argentina, donde quien no tiene sellado su documento de identidad ni justificada su inasistencia se arriesga a sufrir sanciones.

Pero, entonces, ¿la apatía política es un mal de época? En parte, es así. Sin embargo, hay una diferencia crucial entre la apatía europea y la argentina. Los políticos europeos no encuentran una respuesta a la crisis económica. Los votantes argentinos tenemos mucha dificultad en encontrar políticos a quienes votar y a quienes pedirles esas respuestas. La penuria argentina es de representatividad. La apatía política europea no es crisis de representatividad, sino dificultad y lentitud en la formulación de las respuestas.

Se ha dicho que en la campaña para los comicios del 28 de junio no se discuten ideas sino que se ventilan disputas personales, que no se confrontan proyectos sino liderazgos. Es posible. Sin embargo, quien quiera proyectos puede ir a leer las plataformas, que, por otra parte, en general coinciden. Lo que hay que hacer, más o menos, se conoce.

El problema es que no se confía en quienes tienen que hacerlo.

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