La interna se descontroló, y ahora es lo central

Cuando pintaba una buena (la Justicia recibió los mensajes del Intendente) sobrevino la mala (el delito hizo un ajuste en pleno centro) que ya amenaza con cobrarse la cabeza de algún jefe policial del área de drogas. Cómo se vinculan los casos locales. Y la bisagra, crucial, que enfrenta el poder político en el tema seguridad.
Una de cal y una de arena, aunque nadie sabe cuánto pesa cada una. La seguridad, el mismo tema que generó la marcha del lunes, que venía amagando con novedades y que dio señales políticas claras en pocos días, de golpe se descontroló y ahora hay que ver cómo sigue a futuro.

Esa frase es sintética, muy poco partidaria, pero es todo lo que quedó en pie en medio de la agenda pública. En Olavarría no hay hoy proclama o definición partidaria alguna que pueda interesarle tanto a nadie como la salida más o menos prolija de un estado de cosas, respecto del delito, que pasa por todas las cabezas. Por todas.

Es complicado, en ese marco, transformar lo delictivo en partidario, y abordar un intento de homicidio en una columna de análisis político semanal. Véase lo que pasó con las cámaras: apenas el tema tocó el Concejo Deliberante, perdió Norte y factibilidad.

Pero en honor a que la semana pasada algo se adelantó, y en virtud de que en periodismo no se puede publicar menos de lo que muchos saben, y si es posible más, las interpretaciones alrededor del hombre baleado en Vicente López al 3300 han ganado la escena. Y definen lo que vendrá.

¿Por qué la semana empezó bien? Porque la Justicia dio sobradas señales de que venía captando los mensajes del poder político, en concreto del Ejecutivo y del espacio que se ha generado alrededor, la Mesa de Trabajo. Es también un hecho que la marcha por la seguridad opera en el mismo sentido, pero ahora la posición de la Ciudad, aún dividida en dos partes (Mesa por un lado, Multisectorial por otro) ha elaborado un mensaje dual, que no tiene doble lectura: más cerca del Municipio y alrededor de una mesa, o más lejos en una marcha en la calle, la sociedad civil local y sus representantes más o menos formales según el caso están hartos de que cada día, de modo inexorable, en la versión ideológica que cada uno quiera darle, el dominio de la calle quede más cerca de los violentos ilegales que del aparato de control del Estado, con todas las garantías del caso.

De nuevo, más claro: lo que todo ese entramado transmite de modo uniforme (esté del lado político que esté) es que está llegando un momento en que un tipo con un revólver 22 en el bolsillo (tenga la edad que tenga) tiene mayor peso territorial y capacidad operativa que el entramado de Policía, fiscales, jueces, Municipio, redes de contención social y aparato jurídico públicos.

Se puede pensar de ese tema lo que uno quiera, y encontrarle las razones que se quieran según leales saberes y entenderes, pero la descripción a simple vista es bastante abarcativa y práctica. Y otra cosa: es intolerable.

A la gente se le pueden pedir mil cosas, menos que acepte esa tendencia: no lo van a hacer. Y está bien que no traguen ese sapo, se los pida un vigilante o se los pida un Intendente. Da igual: no lo aceptarán, y esta conclusión sí es política y aparece en absolutamente todas las encuestas que se vienen realizando hasta la fecha.

Ese mensaje, con otras palabras y desde otro lugar (obviamente), es el que aproximadamente trasladó José Eseverri cuando dijo que "lo del 104 (el sector convertido en tierra de nadie) ya es vergonzoso y hay que meter a alguien preso" y lo que la marcha del lunes, disminuida a 1.000 personas, le marcó a funcionarios policiales y judiciales.

En la semana, hubo detenciones y en cualquier pasillo judicial, en los entretelones de la Municipalidad, la sensación de satisfacción a varios se le notaba en la cara: los detenidos no habían sido liberados, la Justicia y la Policía mandaban señales de haberse puesto a trabajar.

Pero en el medio hubo otro episodio, que luego desencadenaría en el tema central que no preocupa: en la Terminal de Retiro interceptaron una encomienda con droga que debía llegar a Olavarría. En Buenos Aires vaciaron la caja, y mandaron a la Ciudad algunos gramos de marihuana, como señuelo.

La carnada picó, una mujer fue detenida, se la trasladó a Buenos Aires, el caso fue anunciado en todos los medios. Pero en el delicado ecosistema donde conviven el delito, las acciones planificadas y el control más o menos laxo de esos hechos, una cosa como la que pasó no sale gratis. Esos vueltos se cobran. Esas cuentas se pagan.

De repente, el sábado amaneció terrible, violento, colombiano. Este cronista recuerda solamente un hecho, antes, donde la (ex) tranquila y cementera Olavarría se asemejó a la atribulada Cali: la tarde que mataron a Rubén "Pachi" Spaltro y a Juan Carlos Bruceri, en el polirrubro de Rivadavia al 4400, en 2001.

La brutal balacera del sábado a la madrugada, con once tiros a Héctor Fabricio Armendano, fue demasiado incluso para la media de hechos violentos relativamente alta que ya tiene Olavarría. Como en toda ciudad donde los grupos más influyentes se sienten medianamente "seguros" a medida que viven más cerca del mástil de la plaza central, no pesa lo mismo en el imaginario local un baleado en la periferia que un ajuste de cuentas en Vicente López al 3300.

Hacia afuera, y hacia las instituciones que componen el entramado local que se mueve sobre el hilo de la seguridad, tampoco. Con una observación: si el doble homicidio del polirrubro de 2001 quedó perfectamente impune, la autoría del ataque del sábado, con un poco más de dedicación para ocultarla, también puede quedar en manos de personajes imaginarios, o invisibles, o imposibles.

Pero el problema aquí es que ya es demasiado el ruido local que vincula, por H o por B, la balacera del centro con el operativo de drogas en la Terminal. Incluso es todo un dato, terrible, el que marca que antes de fusilarlo a Héctor Fabricio Armendano lo hicieron arrodillar, como a quien se le reclama que pida perdón. ¿Perdón por qué? ¿Por hablar?

Esa marea, que hoy tiene peso pero que con el correr de los días puede quedar en la nada, es que la que hace pensar que por propio peso del escándalo, por orientación de las acciones (es evidente que la operación de la Terminal fue coordinada sin que los jefes policiales del área en Olavarría lo supieran) con el correr de las horas, o de los días, algún jerarca de la estructura de la Bonaerense vinculado al sector de narcotráfico puede perder la cabeza, o ser desplazado de un día para otro.

Dependerá todo del impacto que el poder político y la estructura policial le den al caso, o a los casos vinculados. Dependerá del hecho de si hay detenidos o no (cosa que parece lejana). Dependerá del modo en que incluso el Municipio y la Mesa de Trabajo asociada detecten que este caso puede ser tomado como testigo o reflejo de su posición de autoridad en el territorio.

Si esa estructura cree que la balacera los cuestiona, los pone en duda, les tira atrás todo el terreno, poco o mucho, recorrido en las últimas semanas, las fichas caerán como las de un dominó.

Si no, no. Y se sabe que en este lugar del mundo, lo que no se arregla, lamentablemente, pasa.

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