Sin los intendentes, Moyano es el último aliado que tiene Kirchner

Por: Julio Blanck

Al respetarle el control sobre dinero de las obras sociales, liberar 470 millones de pesos para las empresas de transporte que permitirán mejoras a los camioneros, y habilitarle a su gente el manejo de Aerolíneas Argentinas, Néstor Kirchner confirmó por triplicado que Hugo Moyano es el último aliado confiable que le queda.

Archivadas las ideas abarcadoras de los buenos tiempos, Kirchner estaba recostado desde hacía rato sobre dos estructuras tradicionales: el sindicalismo oficialista y los intendentes del Gran Buenos Aires. Ahora sólo puede contar con Moyano, porque los intendentes ya demostraron que, frente al naufragio electoral, se preocuparon más por salvar su ropa que por sacar a flote la lista del ex presidente.

A tal punto retrocedió Kirchner desde la elección, que tuvo que ratificar la alianza con Moyano a pesar de que el jefe de la CGT hizo un par de gestos como para desprenderse de la incómoda vecindad con los derrotados. El Gobierno necesita tener cerrado el frente sindical, en un año con pérdida de poder político, retroceso de la economía y posible incremento de las pujas salariales.

Moyano siempre supo de qué lado sopla el viento. Y por ahora los vencidos en la elección siguen teniendo la lapicera de las decisiones. Además, bastante complicada tiene la interna sindical. Sus aliados a regañadientes en la CGT, tanto o más que sus enemigos declarados, están viendo cómo hacerle pagar la adhesión electoral a Kirchner. A Moyano no le sobra capital político como para seguir sumando discordias. Ya habrá tiempo para cruzar hacia otra orilla, si las circunstancias lo aconsejan..

Los intendentes son un caso aparte. Kirchner todavía bufa por la supuesta traición de los astutos caudillos municipales. Ellos dicen que no hubo traición y alguno hasta pregunta, sin ninguna inocencia: "¿Qué podíamos hacer si la gente quería votar contra Kirchner?"

La cuestión es que de 134 municipios bonaerenses, en 133 las listas de concejales kirchneristas, donde los intendentes se jugaban su plata, sacaron más votos que la boleta de diputados que encabezó Kirchner. La excepción fue Suipacha, donde Kirchner sacó 0,24% más que los concejales.

En 42 municipios esa diferencia desfavorable a Kirchner fue superior a los 10 puntos. De estas intendencias de catástrofe, media docena son del Gran Buenos Aires.

La alianza estratégica de Kirchner con los intendentes se disolvió bajo el peso demoledor de los votos. Quizás por eso sea tan difícil encontrar hoy a un intendente kirchnerista. Ahora son todos peronistas. Les atacó el mismo virus de la desmemoria que afecta a los gobernadores, sobre todo a los que ganaron en sus provincias. Definirse peronista es el pasaporte al poder futuro. Es fácil de entender: de 24 distritos del país, el kirchnerismo retrocedió en 21. Sólo creció en votos en La Rioja, Chaco y San Juan.

Un kirchnerista de relieve invitó a mirar los cambios en el Gabinete como una distribución de premios y castigos por la elección. Es una mirada parcial, quizás incompleta, pero sin dudas muy interesante.

Así, Aníbal Fernández habría sido premiado por su trabajo, pero también por la victoria en Quilmes, donde contribuyó a unir los pedazos del kirchnerismo disperso.

La nominación de Julio Alak, ex intendente de La Plata, sería un castigo a su enemigo, el actual intendente de la capital provincial, Pablo Bruera, que trabajó para despegar la suerte de su lista local de la de Kirchner. En esa tarea tuvo éxito: su lista de concejales sacó 13,43 puntos más que la de diputados.

Según esa lectura, también el alejamiento de Sergio Massa fue castigo a la diferencia que la lista comunal en Tigre sacó sobre la de Kirchner: 13,98 puntos. Massa ya tenía decidido irse del Gobierno y volver a la intendencia de Tigre en resguardo de su propio proyecto político. Y así se lo había explicado a Cristina en una larga charla a solas.

Reacomodado el Gabinete, cambiando caras pero sin cambiar políticas, Kirchner sigue ganando tiempo para recuperarse de la caída electoral. Mientras tanto, se extiende la deliberación en el peronismo y cada uno trata de ver cómo abona su parcela recelando de todos los demás.

"De qué habla Mario Das Neves, que tiene 130.000 votos", se indignaba ayer un bonaerense de primerísima línea, replicando las cargas del gobernador de Chubut que trata de posicionarse en la carrera hacia 2011. Das Neves ganó con el 55,8% y va por su segundo intento de instalación poskirchnerista.

El oficialismo perdió en Buenos Aires con 2.300.000 votos. "Todos sabemos que ese el piso de votos que le podemos aportar al peronismo. Peor elección que esta no podemos hacer", decía el bonaerense.

Los recelos cruzados ya dinamitaron la gestión de recomposición que intentó Scioli, después del rápido paso al costado de Kirchner en el PJ. Y empiezan a amenazar los movimientos del gobernador chaqueño Jorge Capitanich, ahora número dos en la jerarquía partidaria.

Scioli fue perdedor en la elección, adherido a Kirchner. Ahora está tratando de salvar su gestión y abrió un abanico muy amplio de contactos con los intendentes, sin distinción de color político. También habla con las entidades del campo. Su obsesión es la Provincia y se cuidará de evitar choques con el Gobierno. Aunque entiende que los cambios en el Gabinete no auguran nada diferente y cree que "la gente descargó su bronca en la elección y ahora nos reclama una nueva agenda".

Capitanich, en cambio, trata de ir más allá. Afianzado por su triunfo en el Chaco, ya estableció contacto con gobernadores y dirigentes de diferentes provincias.

Hacia adentro, intenta mostrarse como un puente entre el peronismo y los Kirchner, con autonomía pero sin fricciones. Algo así como la cara joven de una "renovación inteligente", según definió uno de sus contertulios. Intenta un armado político, con gobernadores también ganadores como el salteño Juan Manuel Urtubey o el misionero Mauricio Closs, que pueda ser alternativa de lo que puedan construir Eduardo Duhalde y los peronistas que ya habían dejado de ser kirchneristas antes de la elección, y que están nucleados alrededor de Carlos Reutemann, todavía encerrado en su silencio santafesino.

Hacia afuera, Capitanich recorrió un espinel de contactos con dirigentes opositores, empresarios y economistas, buscando resaltar su imagen de hombre confiable para el poder. Se asegura que habló con Mauricio Macri y también con Domingo Cavallo.

Capítanich rehusó el convite para ser jefe de Gabinete que le hizo Cristina. Pero coincide con Scioli en que "sería una locura que el peronismo proponga un escenario de confrontación con el Gobierno".

Los gobernadores ganadores piensan muy parecido. Sienten que en la Casa Rosada y en Olivos hay "encierro y negación de la realidad", como describió crudamente uno de ellos. Pero un funcionario que los trata a diario explica, sin anestesia, que "los gobernadores van a ser menos tímidos en sus reclamos, pero están limitados por la dependencia de la caja". Se basa en la estricta experiencia.

Esa parece ser hoy la encrucijada de la mayoría peronista: cómo despegarse de Kirchner y su derrota sin afectar al gobierno de Cristina.

El límite quizás aparezca cuando vean que sus dominios territoriales puedan quedar amenazados por la persistencia en un rumbo que la mayoría de la sociedad ya rechazó. Pero para que eso ocurra, debería aparecer en sus conductas una dosis de coraje político hasta hoy desconocida.

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