Intachable

Se anunció el meteórico ascenso del fiscal Pablo Poggetto como nuevo juez de la Cámara Penal del Departamento Judicial de Mar del Plata, nombrado con acuerdo de la Legislatura. Lo presentaron como el más joven e intachable de los candidatos. Hoy está de moda la prueba de resistir el archivo. ¿A ver?
El anuncio fue el pasado 8 de abril, y entonces el diario La Capital subrayaba la designación con términos elogiosos:

"Con 40 años de edad, es el integrante más joven de este Tribunal (…) Poggetto (…) tuvo en la justicia provincial una destacada trayectoria. Integró la Fiscalía de la ex fiscal Susana Kluka. Y cuando el fiscal general de cámaras, Fabián Fernández Garello, creó las fiscalías temáticas, el primero que quedó al frente de Delitos Económicos fue Poggetto, por lo que se podría argumentar que la fisonomía y el funcionamiento que vienen teniendo estas fiscalías desde hace más de 10 años se lo aportó este funcionario".

Si el lector supera los errores de redacción, entenderá que resultaba destacable por lo poco habitual. En general, un funcionario es antes juez de primera instancia, experiencia que lo llevará en un futuro, si es que su trayectoria así lo avala, a integrar un tribunal de alzada. Nadie preguntó nada, y la mayoría consideró que seguramente serían esas destrezas demostradas a la hora de dar forma a la fiscalía, la razón única de su velocísimo ascenso. La cuestión sería ahora indagar acerca de si, realmente, la manera en que funcionan las fiscalías locales es razón para acelerar la carrera de alguien o para agarrarse la cabeza.

El archivo periodístico trae hasta la opinión pública una de las historias pendientes del ex fiscal, sobre la que jamás nadie echó la suficiente luz.

Hace más de un año, un particular con antecedentes penales se presentó ante la Fiscalía de Delitos Económicos a denunciar que estaba siendo víctima de una extorsión por parte de un policía, Alejandro Ramón Bonaccio, quien le solicitaba dinero a cambio de no "empapelarlo". En jerga, acusarlo de un delito. El fiscal Pablo Poggetto procedió armando la escena de un supuesto intercambio de favores, que se llevaría a cabo en el estacionamiento del H.I.G.A con colaboración del denunciante. Tras el encuentro, y alertado de la situación por algún movimiento sospechoso, el supuesto extorsionador huyó en su coche. Detrás de él marchó el fiscal.

Bonaccio se atrincheró en la comisaría novena, donde el fiscal Poggetto ingresó asistido por la DDI, y realizó una requisa sin contar con autorización alguna para el procedimiento: hacía falta una orden de allanamiento. Retuvo a todo el personal inmóvil, con las manos contra la pared, a la vez que enviaba a los suyos a rastrear las pruebas de la supuesta coima de cuatrocientos dólares que Bonaccio habría acabado de cobrar. No pudieron encontrar nada.

Por supuesto que el fiscal fue contra el acusado a exigirle una confesión a las apuradas, con la misma mesura y legalidad con la que había organizado este procedimiento, y sólo consiguió que el policía guardara silencio hasta tanto llegara el abogado que había convocado, Andrés Barbieri.

Escuchar ese nombre fue para el fiscal el acabóse; según la primera versión, habría prometido que si Bonaccio declaraba todo, le daba la libertad. Pero que si insistía en ser representado por Barbieri "se iba a morir preso".

A su llegada, el abogado defensor obviamente cuestionó el método de la fiscalía, pero no obtuvo ningún efecto.

Desde lejos

El acusado Bonaccio había sido suspendido en sus funciones e insistía en su silencio, aunque muchos dicen que la situación tenía que ver con otra historia que -por supuesto- en ese momento nadie nombró.

Parece que cuando el diario El Atlántico estaba en su peor período, las máquinas habían sido rematadas y adquiridas generosamente por Florencio Aldrey Iglesias. Entonces uno de los responsables, Jorge Gómez, había estructurado una posible cooperativa asesorado por el mismo abogado Andrés Barbieri, para que el medio periodístico continuara funcionando a través de esa modalidad económica. Cuando ya existía acuerdo entre los propietarios, Gómez presentó nuevos miembros aportantes para integrar la sociedad: José María Conte y otro abogado, César Sivo.

Aquí es donde la relación con Barbieri se resintió, pues él se negaba insistentemente a integrar un negocio con los nuevos participantes. Como consecuencia, el tal Gómez terminó accionando contra Barbieri apoyado por su nuevo abogado, César Sivo. ¿Le suena?

Pero eso no es todo. En esos momentos el guardia privado que cumplía funciones de custodia en El Atlántico era ni más ni menos que Bonaccio. Cuando Sivo –que representaba por entonces a quienes peleaban por el control del diario- lo vio, lo amenazó con una causa abierta en su contra, que él podría activar en cuanto quisiera. Así había comenzado el enfrentamiento.

Pablo Poggetto habría dicho a Bonaccio que no contratara a Barbieri porque tenía posición tomada. Sus empleados de la fiscalía -Alberto Botter y Néstor Frendes- también habrían participado diciéndole al policía que si no hacía caso a su abogado, recuperaría la libertad con antelación.

Pero todo quedó en la nada. Una vez que Barbieri denunció a los funcionarios por interferir con su actuación profesional y hostigar a su defendido algo pasó, porque el policía mágicamente se arrepintió. Después de haber declarado con todas las letras que en la fiscalía prácticamente lo estaban obligando a hablar y a desoír a su defensa, cambió su testimonio. Se apoyó en que, al momento en que había dicho aquellas cosas, estaba en realidad pasando por una pésima situación personal que iba más allá de su detención y la suspensión consecuente en su trabajo en las fuerzas de seguridad.

Argumentó que él y su ex mujer habían sufrido la desgracia de perder un embarazo. Y que además acababa de morir su abuela materna, quien lo había criado. Por esas razones él había malinterpretado las palabras del fiscal y de los funcionarios de la fiscalía, que en realidad sólo se habían encontrado con él para entregarle notificaciones. Seguramente estaba extremadamente mal para alucinar tantas cosas.

De aquí que finalmente se desestimó la denuncia contra Poggetto por falta de pruebas, sin que una palabra de su presunta actuación trascendiera a la prensa, que se llena la boca diciendo que es el más joven de los jueces de Cámara. Además, se saltea escalones de puro brillante.

Esto es lo que pudo la pelea por un negocio. Es lo que sucedió cuando dos bandos se enfrentaban por ganar la tutela de la supuesta cooperativa que controlaría el diario El Atlántico: en medio estaba el abogado Sivo, cuyos tentáculos alcanzan todos los estamentos del poder local. El mismo que ha aparecido vinculado a las causas de narcotráfico que llenaron las páginas de los diarios de pescado blanco. El mismo que alguna vez se dijo abogado de la agrupación H.I.J.O.S. como si eso le limpiara el expediente. El mismo que aparece cada vez que los ámbitos dentro del Poder Judicial se tiñen por efecto de las aguas turbulentas. El afamado abogado que ahora se nombra a la vez que Poggetto -el fiscal más joven en convertirse en juez de Cámara- amenaza a un detenido para que cambie de abogado. Algo huele mal en Mar del Plata. Y si embargo, el mismísimo intendente Gustavo Pulti había pensado en Poggetto para ocupar el cargo de secretario de Gobierno. Bueno, finalmente se lo dio a Ariel Ciano, otro fiscal de Delitos Económicos. Ya entendemos lo que significa ser intachable.

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