En el instante de la tragedia, PERFIL cruzó el Atlántico en otro vuelo de Air France.

Tomé el vuelo AF415 de Air France el domingo último. Salía a las 17:05, dos horas y media antes que el AF447, pero en vez de partir de Río de Janeiro, lo hacía de Buenos Aires. El destino era idéntico: París. La ruta, muy parecida. Mi nave, un Boeing 777. La carioca, un Airbus 330. Lo recuerdo porque tomé nota del modelo para darle más verosimilitud a mi relato al regresar a Buenos Aires. Sin duda, eso sería lo más placentero de la experiencia. Si capturaba en forma genuina cinco minutos de la dispersa atención de al menos algunos de mis compañeros de redacción era suficiente para mi ego.
No era cualquier viaje. Se trataba de mi primera cobertura en el Viejo Continente, algo deseado. Obsesivamente, pretendía viajar con cada segundo programado para evitar perder tiempo y euros, maximizar la posibilidad de conseguir exclusivas y, a la vez, resultar espontánea frente a los eventuales entrevistados, entre los cuales estaría Jean-Claude Trichet, el responsable número uno de la suerte de la moneda europea.

Pero antes de eso debía pasar 12 horas de vuelo. Como era de esperar, el Boeing estaba repleto de franceses y unos argentinos salteados. En la clase económica, donde viajé, alcancé a ver que también se sentaba el economista del CEDES Roberto Frenkel, aunque en la otra punta. Se ve que había pedido un asiento de los de la primera fila para poder estirar las piernas. Evalué entrevistarlo, pero lo descarté. Algo me hacía intuir que no tendría ganas de hablar conmigo y no valdría la pena intentarlo. Pero también una parte mía imaginaba que un avión era el lugar ideal para abordar a alguien. Fui y volví con la contradicción y finalmente me senté a leer los diarios internacionales.

Turbulencias. En las 12 horas de vuelo, nadie supo que, en simultáneo, el AF447 había desaparecido de los radares. Había gente leyendo diarios, entre los cuales me incluyo, pero la "noticia" era un último momento, un típico alerta que nadie debe haber recibido. Algunos tenían la laptop encendida, pero para ver DVDs.

Sin embargo, nuestro AF415 fue todo tranquilidad: varias veces (más de cinco, seguro) se encendieron las luces que indicaban que había que ajustarse el cinturón de seguridad por las turbulencias. Nadie se inquietó, quizás porque ya habían servido Jacquart Reims y otras bebidas espirituosas.

Debo aclarar que pertenezco al extraño grupo de gente que disfruta de volar por volar. Es un placer que no logro desentrañar aún. Lo asocio a libertad, a salirse de un mundo para entrar a otro en horas. Para mí, ignorante de la resistencia de materiales y demás cuestiones técnicas, es algo mágico.

De todos modos, mi estado eufórico no me aisló del pésimo servicio de abordo, que ya es moneda corriente para el viajante aéreo. Las raciones de la clase económica, pequeñas, precedieron la llegada del café. Pedí entonces edulcorante y la aeromoza dijo que no tenían. No era que se les había acabado, no tenían. Sólo entonces, pasó por mi mente la crisis económica internacional, su impacto en el turismo y las reducciones de costos de las líneas aéreas para seguir compitiendo.

Traté de distraerme con el miniplasma individual. Y puse Scoop (Primicia), quizás la película más light y aburrida de Woody Allen, en la que un periodista "de sangre", ya muerto, se le aparece a una joven estudiante universitaria (Scarlett Johansson) para darle una primicia que ella debe probar.

Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle puntualmente. En la zona de arribos, la pantalla mostraba que el vuelo AF 447 estaba "demorado", pero aún no había gente quejándose. Igual, yo no lo noté, me enteraría luego, al encender el televisor de mi habitación en Bruselas. Excepto por mi estado eufórico, parecía un día más.

Me dirigí a la estación de tren para abordar el TGV a Bruselas Midi y en hora y media llegué al andén belga. Me acordé de Cristina y su tren bala. Dos subtes más y aparecí en el hotel Charlemagne, un cuatro estrellas donde, al identificarme, el conserje que estaba atendiendo un llamado me sonrió: "La llama su hermana", dijo en un inglés tan correcto que claramente no era su lengua materna.

—"¡No sabés la alegría que me da escuchar tu voz!", gritó mi hermana luego de mi parco "hola". Pensé que decía una frase hecha, una fórmula convencional.

—"Gracias, Belu", aproveché para contestar mientras ella tomaba aire.

—"Pensábamos que estabas en el avión que se cayó. Mamá estaba re mal. Como sólo yo hablo francés, me encargaron los llamados". Parecía que "los llamados" eran sólo la punta de un iceberg de un mega-operativo familiar para corroborar mi paradero. Belu dijo algunas cosas más que no recuerdo y cortó, quizás por el costo en euros del llamado o porque, después de imaginarme muerta, mi plácido timbre de voz ridiculizaba, aún sin quererlo, el dramatismo familiar. Al instante, llamó mi madre, parecía que la prueba de vida anterior no había sido suficiente.

Aún sigo en Europa y debo pasar por otro vuelo de Air France para regresar a Buenos Aires. Curiosamente, no siento miedo. Mi pragmatismo me lo impide. Siento algo similar a los que les pasa a los ahorristas cuando eligen depositar su dinero justo en la sucursal bancaria que acaba de sufrir un boquete. Probablemente, ahora sí sea más seguro volar por AF. Y sino, al menos, esta nota será más leída.

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