La insoportable gravedad de la intolerancia

Para cualquier argentino Diego Armando Maradona representa un emblema insustituible. Ha sido el más maravilloso jugador que nuestro fútbol ha dado. No existe alguien que no le agradezca las alegrías que en incontables ocasiones nos ha deparado en muchos de los partidos que disputó.
Ni siquiera los momentos difíciles que afrontó en su vida privada han podido opacar sus inigualables condiciones futbolísticas ni privarlo del cariño popular del que goza. Cuando lo vimos caer, quisimos ayudar a que se levantara. Y cuando se puso de pie, admiramos su empeño por conseguirlo.

Vivimos en un país donde todo es blanco o es negro. Hay ídolos intocables y personajes indefendibles. Sin matices, esa Argentina maniquea se vuelca sobre nosotros y vuelve imperioso hacer muchas aclaraciones previas para que nadie pueda sembrar dudas sobre la honestidad de quien se expresa.

Aunque sostengo todo lo dicho al inicio de estas líneas, me propongo observar críticamente las condiciones técnicas de Maradona para conducir la Selección nacional de fútbol y reprochar abiertamente las bárbaras palabras que ha pronunciado tras el encuentro contra Uruguay.

No es necesario detenerse en los magros resultados obtenidos para darse cuenta de que esta Selección, que reúne a enormes jugadores que participan exitosamente de las ligas más competitivas del fútbol profesional, ha carecido hasta aquí de todo criterio técnico que le permita potenciar sus condiciones. Sólo el empeño y la vergüenza deportiva demostrada por algunos jugadores (vaya aquí un reconocimiento especial para Juan Sebastián Verón) han permitido a nuestro país acceder al próximo certamen mundial.

La muy dificultosa clasificación, el lastimoso juego desplegado ante Perú y Uruguay y los agónicos goles que nos dieron la victoria en ambos encuentros, obtenidos tras una serie de rebotes en el área del equipo rival, han sido el magro corolario merecido por este equipo que dirige Maradona.

No pretendo dudar de su empeño y vocación. No creo justo ensañarse con las incapacidades que ha evidenciado en su rol técnico, porque lo cierto es que era sabida su escasa experiencia en la materia y, al fin y al cabo, hay quienes fueron responsables de que él esté allí. Pero lo que resulta insoportable a la conciencia pública es la reacción que Maradona ha tenido ante las críticas que ha merecido. Allí, descuidando la trascendencia mediática de sus acciones, se manifestó de un modo brutalmente grosero y así ha puesto a nuestro país en el banquillo en el que se sientan los enjuiciados por la opinión pública mundial.

Mientras Lula, reconocido en el mundo por los éxitos de su gobierno, se abraza y llora junto a Pelé cuando el Comité Olímpico encarga a los cariocas la organización de las Olimpíadas de 2016, nosotros no sabemos explicar por qué repentinamente jugamos tan mal al fútbol ni por qué debería culparse por ello a quienes hacen periodismo. Viendo a Brasil, el mundo mira y premia el esfuerzo. Viéndonos a nosotros, el mundo lamenta y castiga la improvisación y la irracionalidad.

Un grupo abierto en Facebook, amenazante, convoca voluntades para que "No lo toquen a Maradona". Todos quienes allí concurren son parte del mismo país que en el fútbol maltrató y desterró el trabajo y la dedicación de José Pekerman, Marcelo Bielsa y Gerardo "Tata" Martino.

El "caso Maradona" bien puede servirnos para reflexionar sobre la soberbia que el éxito imprime en algunos y sobre esa obstinación que conduce al discurso irreflexivo e insultante. Esta suerte de apropiación de la verdad que repetidamente producen algunos "personajes célebres", intocables en esta Argentina, no es otra cosa que el resultado que debe esperarse de quien sólo cree en sus capacidades y descree de las aptitudes ajenas; de quien se enamora de su discurso y recibe la palabra contraria como la exacta combinación entre la falsedad y lo sedicioso; de quien vive en la precaria placidez que brindan las frases de ocasión propias de los aduladores y se irrita con las voces que opinan y critican, pero que muchas veces acercan sensatez.

En nuestra historia reciente son múltiples los ejemplos que muestran esa Argentina maniquea, intolerante e irreflexiva. Para los muchos dictadores que nos gobernaron espasmódicamente entre 1930 y 1983 eran subversivos todos los que luchaban por la institucionalidad, mientras que ellos, asaltantes de la república, eran los garantes de una mejor democracia que a partir de cada golpe de estado germinaría en la Patria.

En la democracia, con otros tópicos, la tendencia al maniqueísmo también se reitera. Así, la causa de la miseria hay que buscarla afuera y es más fácil endilgar la responsabilidad al FMI que revisar nuestra insistente irresponsabilidad de endeudarnos sin control, nuestras políticas distorsivas del gasto público o nuestros sistemas impositivos claramente regresivos. La esencia de la inseguridad creciente hay que buscarla en el crimen organizado y no en un mal sistema de prevención, ni en la escasa reacción y sanción judicial. Hasta la razón de ser de la impopularidad de un gobierno hay que buscarla antes en las editoriales de los diarios que en las malas acciones políticas que se implementan.

Pareciera que jamás radican en nosotros las causas de nuestras desdichas. Que una suerte de complot universal nos condena a vivir inmersos en desigualdades e injusticias y que nunca son nuestros errores o incapacidades la causa eficiente de nuestros padecimientos. Así, es muy difícil corregir.

Si las cosas son vistas de este modo tan parcial, los discursos irreflexivos acaban por montar un escenario en el que todo transcurre entre contradicciones que se profundizan. Es entonces cuando la estatización del sistema previsional es parte de la lucha contra el "neoliberalismo" antes que un acto en protección del ahorro de argentinos que quieren prevenirse en la vejez. Y, en disputa con un medio de comunicación, la "liberación" del fútbol y su puesta al alcance de todos los televisores es el fin de un "cautiverio" que se celebra junto a uno de los autores del aludido "secuestro". El mismo aturdimiento hace que, ensimismado en sus convicciones y desatendiendo la magnitud de la crisis, alguien declare "blindada" la economía argentina y soporte después casi diez meses de caída sostenida de la actividad industrial.

Parciales unos y también los otros que, incapaces de articular soluciones sintetizadoras, tratan de disimular sus carencias encerrándose en la denuncia y la crítica feroz para profetizar desde allí la inminencia del caos.

¿Cómo sería el país si todos y cada uno de nosotros, asumiendo nuestras historias, nuestros errores y hasta nuestras incapacidades, fuéramos capaces de reformular los procederes para buscar superar aquellas debilidades? ¿Si tratáramos simplemente de revisar y corregir?

Nadie se debilita ante la consideración pública por asumir sus errores y proponerse corregirlos. Lejos de ello, creo que sería altamente valorada esa capacidad reflexiva a la que sólo se llega a través de la autocrítica.

Contrariamente, nadie se fortalece ante la ciudadanía insultando a quien critica. Ello sólo se percibe como un gesto de terquedad y obstinación más propio de los necios que de los virtuosos.

En cualquier caso es útil recordar que el exitoso no tiene más razón por su condición de tal; y también es cierto que al derrotado la sociedad moderna le preserva en forma inalienable un derecho: el de seguir opinando. Y por mucho que nos pesen las opiniones adversas sería muy saludable que en lugar de enojarnos y desecharlas, indagáramos en ellas en busca de la parte de razón que tengan.

Estamos en la Argentina ante un punto de inflexión. En este presente la intolerancia se cuestiona e irónicamente también se reafirma. El que critica la intolerancia también suele mostrarse intolerable. Es tan necesario construir confrontando posiciones y buscando verdades sintetizadoras como revisar nuestros errores para no repetirlos. Pero es imprescindible también aceptar los límites de nuestra propia capacidad para no avanzar en aventuras que generalmente deparan enormes decepciones.

A Johann Cruyff, ese magnífico jugador holandés que revolucionó el fútbol al promediar la década del 70 y que años después fue un extraordinario técnico que brilló en el Barcelona, alguna vez le preguntaron por qué, a partir de sus éxitos, no incursionaba en la política. "No sabría hacerlo; uno sólo debe ocupar las posiciones que puede dominar", respondió con toda humildad.

La misma humildad y sensatez de la que parece carecer Maradona y que cada vez hace más falta en Argentina. En la dirigencia política y, como se ve, también en otras artes.

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