La inseguridad, ese “inconveniente”

Hace algunas semanas, cuando la ciudad de Tartagal fue arrasada por un aluvión, la Presidenta descubrió la pobreza y la...
Hace algunas semanas, cuando la ciudad de Tartagal fue arrasada por un aluvión, la Presidenta descubrió la pobreza y la precariedad en que vivían los habitantes de esa ciudad salteña.

Confesó que le hirvió la sangre al ver tanta miseria.

En estos días, tomó conciencia de otro de los grandes problemas nacionales. Un preparador físico fue víctima de un asalto. Los ladrones le pegaron un tiro en la cabeza y luego, al huir, pasaron por encima de su cuerpo con la camioneta que le robaron.

No sabemos si esta vez la sangre presidencial elevó su temperatura. Tampoco sabemos cuántos tiros en la cabeza de una víctima son necesarios para que la sangre presidencial entre en estado de ebullición.

Pero esta vez, al menos, la Sra. de Kirchner, en un discurso pronunciado pocas horas después del crimen, se vio forzada a mentar la inseguridad en su discurso. Dijo que la inseguridad es “un inconveniente” que debemos solucionar.

En uno y otro caso, intentó una explicación sociológica, propia de una monografía más que de alguien que está gestionando el gobierno. En Tartagal, tomó nota de la miseria. En el caso del crimen del profesor de gimnasia, intentó vincular el hecho, de un modo balbuciente, con “la actividad económica y el empleo”, sin dar mayores explicaciones sobre cuál sería la relación exacta entre uno y otro tema.

Pero ya es un avance que Cristina de Kirchner haya reconocido la existencia de este “inconveniente”. En su reciente discurso al Congreso omitió el tema, al igual que en la totalidad de sus discursos de campaña electoral.

Probablemente el gobierno se sienta inhibido ideológicamente para enfrentar el problema de la inseguridad pues da la impresión que siente una fuerte aversión por los uniformes y los uniformados. Parece creer que la firmeza en el combate al delito forma parte de una ideología “de derecha”, alejada del “progresismo” en cuyas tibias aguas se baña.

El concepto de Justicia Penal impuesto en estos años, se pretende que de avanzada, es expresado en toda su dimensión por el ministro de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, líder indiscutido del “garantismo”. Sus ideas sobre el delito y cómo combatirlo ha sido expresado por él en diversas ocasiones. Por ejemplo, antes de asumir como Juez de la Corte, cuando ya estaba propuesto para el cargo, en un reportaje concedido a la revista Rolling Stones, dijo que, cuando él era juez penal, al abrir un expediente lo primero que se preguntaba era “veamos qué puedo hacer para hacerlo zafar a éste”, refiriéndose al imputado de un delito.

No somos juristas sino, apenas, potenciales (o inminentes) víctimas de algún delito violento. Simples ciudadanos con sensación de que, por este camino, el delito crece y se multiplica. Hombres y mujeres preocupados por el gatillo fácil de los delincuentes.

Pero quizá el mejor aliado que tenga la delincuencia sea que el gobierno, por equivocación o por prejuicio ideológico, transite un camino de inoperancia.

Si la reducción en la edad de imputabilidad no es una solución, si el endurecimiento de las penas tampoco lo es, si el aumento del presupuesto para la Policía significa recrudecer la represión, abominable vocablo de “derecha”, cabe preguntarse entonces cuál es el camino correcto para que el delito y la violencia disminuyan.

Ojalá Zaffaroni tenga también una fórmula para que, los de este lado, podamos zafar de los delincuentes.

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