Inseguridad Acostumbrarse a vivir con miedo

En nuestra ciudad el pasado jueves se realizó una marcha pidiendo justicia y seguridad. Este acto no fue ajeno a lo que se está viviendo en el resto del país. La inseguridad ha ocupado el lugar protagónico en los medios y la política. Pero en ningún momento se generó un debate amplio y plural sobre el problema y sus causas. Muy pocas voces se alzaron pidiendo inversión en políticas sociales y educativas.
La marcha en reclamo de justicia que se llevó a cabo el pasado jueves como consecuencia del brutal atentado a la vida de Anselmo Schneider y la creciente ola de inseguridad, no es ajena a la realidad que está viviendo el resto del país. ¿Qué se quebró en nuestra sociedad para que públicamente salgan personajes mediáticos de gran popularidad a pedir la muerte para quienes matan, como es el caso de Susana Giménez? ¿Es posible que del miedo hayamos pasado al odio?

Vivimos en una vorágine de información cruzada, entre opiniones fuertes que no atacan el problema. Los medios agitan a la gente, se confunde la palabra justicia con la de venganza, se pide bajar la edad de imputabilidad, se pide pena de muerte. No se buscan las razones, no se habla de la marginalidad, no se recuerda a los que quedaron afuera del sistema, solo se menciona la venganza. Es más populista, más cómodo gritar que hay que matarlos a todos, discriminar por color de piel y condición social, odiar al distinto. Pero no es inocente todo esto, porque vivimos en una sociedad que nos enseña a odiar.

Nos hablan de sensación de inseguridad, de que en realidad siempre fue así, pero los casos de delincuencia ya nos afectan a todos, si no lo hicieron con nosotros, la persona que golpearon o robaron fue un amigo, un pariente, un vecino, entonces nos enojamos, sentimos que nos tratan de estúpidos y nos indignamos. Luego nos enteramos que la policía en la mayoría de los casos detiene a los delincuentes, pero que ellos entran por una puerta y salen por la otra, que los abogados encontraron un vericueto de la ley para que salgan libres, entonces nos enojamos más. También encontramos que la mayoría de los que cometen delitos son menores y que deben ser protegidos, que no pueden estar en una celda común, que deben ser devueltos a sus padres, y nuestra ira crece porque nos sentimos desamparados, entonces odiamos. La impotencia de los actos motiva el rencor. Cuando en la marcha gritamos justicia es por la terrible sensación de vivir como rehenes. Pero, ¿El odio debe ganarnos? ¿Dónde están las fallas? ¿Es cierto eso de que las leyes están bien pero no se aplican?

El lugar protagónico que la cuestión de la inseguridad ha ocupado en la cultura mediática y en las discusiones políticas en ningún momento sirvió, para generar un debate amplio y plural sobre el problema, capaz de ofrecer propuestas encaminadas a solucionarlo. Muy pocas voces se alzaron pidiendo inversión en políticas sociales y educativas que incluyan a los que quedaron afuera del sistema o programas preventivos. Penas más duras no disminuyen la delincuencia.

Joseph Tulchin, director del Programa para América Latina del Wilson Internacional Center de Washington, resumió: “Todos los estudios empíricos sistemáticos sobre criminalidad en otros países concluyen que el aumento de las penas no impacta en una reducción del nivel de criminalidad. La mano dura no ha bajado la incidencia de la criminalidad en ningún lugar del mundo”.

Pero hasta que no se encaminen políticas en serio para disminuir la inseguridad, hasta que esto suceda ¿Debemos acostumbrarnos a vivir con miedo? ¿Miedo a caminar por una calle solitaria? ¿Miedo de las mujeres que no pueden usar bolsos porque se los arrebatan y las golpean para hacerlo? ¿Miedo a que nuestros hijos salgan a la noche a divertirse? ¿Miedo de salir? ¿Miedo de dejar la casa sola? ¿Miedo cuando algún desconocido pasa a nuestro lado y no nos gusta su cara? ¿Miedo a nuestra reacción en caso que nos roben? ¿Miedo a nuestro odio? ¿Miedo a perder humanidad? La sed de revancha, el regreso a los instintos primitivos, hace que olvidemos lo básico: El número de delitos cometidos por menores en nuestra ciudad está creciendo cada vez más en cantidad y gravedad. La nuestra no es una problemática aislada de la del resto del país, lo que no quiere decir que seamos indiferentes. No se están aplicando las herramientas necesarias para comenzar a paliar el tamaño de la crisis, además de las urgentes mejoras de educación y contención es necesario que la infraestructura comience a acompañar la tarea de readaptación para quienes todavía tienen la posibilidad de corregir el rumbo de sus vidas, antes de llegar a la mayoría de edad y sufrir las consecuencias de sus actos. Los menores, como cualquier otra persona, pero más ellos, necesitan oportunidades. Se puede debatir si está bien o mal bajar la edad de imputabilidad, pero mientras tanto, las leyes deben ser acatadas, y un menor que delinque debe ir a un centro de rehabilitación que lo oriente y le dé la contención necesaria, un verdadero centro que le ofrezca oportunidades a los chicos. ¿Qué se gana con devolverlos a condiciones de vida que solo los obligan a seguir delinquiendo? ¿Por qué no les damos la oportunidad de cambiar su irremediable destino de criminalidad? En nuestra ciudad no contamos con un necesario lugar de estas características. Los menores son momentáneamente demorados en el Hogar del Carmen quien ofrece su colaboración sin ninguna obligación de ello, para que luego sean devueltos a sus progenitores, y si el delito es muy grave enviados a la Plata, que es donde se encuentra el único centro de detención de estas características ¿Y qué se logró en el camino? ¿En que parte de todo este proceso en el que el menor delinque, lastima a otros ciudadanos, es detenido sin que le importe demasiado por qué se resguarda en su condición de menor, y luego es devuelto a sus padres, se ha hecho algo para ayudarlo? Tal vez al no bajarse la edad de imputabilidad se ayude a resguardar la etapa de la niñez, ¿Pero en dónde lo estamos ayudando?

No es tan simple retroceder y aplicar la ley del Talión. Ojo por ojo y quedamos todos ciegos.

Mientras no se ataquen las causas profundas que se encuentran por detrás de la proliferación de la delincuencia, los índices de criminalidad no podrán ser reducidos significativamente. Para ello, es necesario que el Estado establezca políticas que ofrezcan posibilidades de formación y empleo a la población de menores recursos y, paralelamente, políticas de promoción y desarrollo de redes de contención social para los sectores marginales. Mejorar la calidad de vida, los niveles de educación y las condiciones económicas de los que menos tienen equivale a mejorar la calidad de vida de todos.

Justicia, sí, pero para la mayoría.

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