La inmunidad militante

La militancia política –se desarrolle ésta en las altas esferas del poder o en el último subsuelo- siempre tiene sus privilegios. Uno deja de ser un "vecino común" para pasar a ser en alguien que es capaz de poner de rodillas a las instituciones, con sólo decir su nombre y apellido.
El accionar del dirigente de los desocupados Héctor "Zapallito" Molina es un ejemplo de ello. El martes fue visto disparar con un arma de fuego contra un grupo en la puerta de un galpón de empaque. La Policía ni siquiera lo llamó para comprobar si este hecho fue cierto.

Del triste episodio fueron testigos más de 40 personas y el reportero gráfico de este diario Julio Giménez, quien quedó en el medio de la balacera, oficiando de "escudo humano" contra otro líder antagónico, José "Necho" Monsalve.

Es curioso que con tantos testigos, Molina se encapriche en decir que no estuvo en ese lugar. Incluso, que gente con cierto raciocinio salga a defenderlo o justificar su accionar, diciendo "hay que escuchar la otra campana".

Molina se mostró desafiante, incluso aseguró por radio que "quien nada hizo nada teme", porque cree que la Justicia neuquina nunca lo condenará, aunque sepa en sus entrañas, que la sociedad ya le dio el veredicto hace mucho tiempo.

Cualquier vecino que salga con una escopeta a los tiros porque un ladrón entró a su vivienda, es de esperar que la Policía lo detenga en pocos minutos. Sin embargo, como se dijo, ser un militante de peso tiene sus privilegios. "Zapallito" es al MPN como D’Elía a los Kirchner. Sabe que siempre ganará si gana el gobierno. Pero si estamos en un gobierno de paz y transparente, pueda ser que haya novedades.

Pero no hay que dramatizar ni estigmatizar al líder. La resolución de los antagonismos mediante la violencia no es algo inherente a los desocupados. ¿Cuántas veces los obreros de la UOCRA han protagonizado episodios violentos, con armas de fuego y delitos graves, y al otro día los dirigentes salen en conferencia de prensa como si nada hubiese pasado?

De fondo hay cosas poco claras, como el mal manejo del dinero público o la liquidación de "haberes" a desocupados por medio de intermediarios, hasta las peleas personales insólitas entre grupos, que no merecen una mayor difusión.

Hay un entramado de historias que son difíciles de interpretar para el "ciudadano común", aquel que la realidad sólo pasa por ir al trabajo, llegar a su casa y mirar televisión, hasta volver a empezar una triste rutina al día siguiente.

Para quien está desocupado en forma sistemática y depende del humor del Estado o de la relación con intermediarios, esos parámetros ya no existen. Hay otro mundo, que no se escandaliza por sacar un arma, ni resolver los conflictos a través de la violencia.

Más allá de toda esta epopeya policial del bajo mundo de Centenario, el gobierno es incapaz de resolver un problema social, que siempre se ha usado con fines electorales: la pobreza y la desocupación. Porque quien trabaja "no anda a los tiros" y quien está ocupado y tiene el pan de cada día, no tiene tiempo de ir a una marcha o a un corte de ruta.

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