El ingeniero parco y tozudo que quiere regresar a La Moneda

Fue presidente en 1994. Su padre fue su maestro. A los 67 años, deberá pelear fuerte por ganarle a Piñera.
Dura tarea para un ingeniero. En la misma semana enfrentó el fallo que señala que su padre (gobernó Chile hasta 1970) fue asesinado, y su batalla electoral más difícil. Porque el candidato del oficialismo para suceder a Bachelet podría ser derrotado por la derecha, poniendo fin a veinte de años de liderazgo de su coalición.

La paradoja: el funeral de su padre, Eduardo Frei Montalva, fue su primera actuación pública. El 25 de enero de 1982 se grabó en la memoria colectiva cuando Pinochet irrumpió en la Catedral, rodeado de sus escoltas y caminó hacia el féretro. A un costado, su hijo Eduardo.En 1991, recordaría ese día: "Un gesto al general Pinochet no le habría costado nada. Y él pasó por mi lado y ni siquiera me dio la mano. Eso no lo podré olvidar jamás".

El hijo tampoco se movió. Deberían pasar cuatro años antes de que decidiera actuar en política. Y ello, porque la fuerte personalidad, inteligencia y carisma de Frei Montalva fue una vara imposible de emular. Mientras el padre brilló, él se volcó a su pasión: la ingeniería.

Su retraída personalidad dio un vuelco cuando se casó con Marta Larraechea, su principal apoyo y motor. Con ella decidió recorrer Chile en 1987, reforzando la oposición para el plebiscito de 1988. Usaron su apellido. Lo sabía, pero los abrazos de la gente que llevaba esa herencia en el corazón, lo embriagaron. Al poco tiempo era ya un presidenciable.

Vendió acciones de la empresa de la que era socio y propuso una "completa renovación generacional e ideológica".

Su nombre no estaba en los planes de los dirigentes del PDC. Para ellos, era un aparecido sin experiencia política. Frei replicó: "Mi padre fue mi maestro. Hace dos años trabajé en el Comité por las Elecciones Libres que se convirtió en uno de los pilares de la campaña por el NO. Sé lo que quiere y anhela la gente. Siguiendo ese cuento de que los jóvenes debemos esperar, habría una generación perdida. ¿Esperar qué? ¿Qué nos vengan a enseñar?, ¿quiénes? No somos una generación perdida ni castrada". Un discurso que se asimila a lo que hoy plantea su contendor en el progresismo: Marco Enríquez Ominami.

El candidato en 1989 fue Patricio Aylwin. Pero Frei ya tenía su plan. Pateó el tablero e inició su campaña. Tozudo el ingeniero. Le ganó a Ricardo Lagos una primaria de la que nadie salió contento y fue presidente en 1993, en primera vuelta, con un 57,98% de los votos, el más alto récord del oficialismo.

El hombre parco y seco, pero que en familia y en el fútbol saca su otra cara, el que ama las comedias y a Sofía Loren, no volvió a la ingeniería. Fue senador y decidió regresar a La Moneda. Nadie apostó por él. Y se impuso. Ahora, deberá hacer uso de todos los recursos para ganarle a Piñera. Tiene tras de sí al núcleo duro de la Concertación, unidos desde los tiempos de la lucha contra Pinochet. Un capital escuálido. Lo que viene requiere agilidad, rapidez y cambio radical para aglutinar y reencantar a un país mayoritariamente de centro izquierda. Frei lo sabe. Ya en 1988 decía: "está agotada la forma tradicional de hacer política". A los 67 años deberá cambiar, hablar y demostrarlo.

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