Infoxicados

Por Federico Kukso

Miles de mails y noticias efímeras entran por los ojos y dan vueltas por el cerebro. Uno cierra el diario pensando que ahora sí sabe. Y no.

Cada época tiene sus dolores. Gracias a análisis realizados en miles de momias, se sabe ahora que los egipcios sufrían mucho de los huesos. Los griegos, en cambio, pensaban que la salud era el resultado del equilibrio perfecto de los “humores” –sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra– y caían como moscas ante la malaria. Con sus acueductos y calles atestadas que en su conjunto formaban telarañas, los romanos fueron los primeros en conocer las llamadas “enfermedades urbanas” (la ansiedad y la depresión). Y durante el siglo XIV, en Europa, la garganta, las axilas, la ingle y los pulmones fueron destinos de insultos y blancos de infecciones provocadas por un enemigo sin torso ni cabeza: la peste negra.

El siglo XXI, por supuesto, no está exento de dramas virales de toda clase y color, pese al gran trabajo de aquel gigante químico (o químico gigante) de Louis Pasteur. Pero al catálogo abierto de enfermedades se le suma por primera vez una afección aún no catalogada que bajo ningún concepto podría haber aparecido en otro momento histórico.

Aquellos que detectaron sus síntomas a flor de piel la llaman con bastante justeza “infoxicación” o, en su versión inglesa y más cool, para dejar caer en una fiesta, “information overload”. No la incitan ni virus ni bacterias. Es, más bien, consecuencia directa de una sobresaturación: miles de mails que todos los días invaden las casillas de correo con tanta persistencia como cuando los hunos invadieron hace 1.500 años los Balcanes no una sino dos veces; noticias efímeras y volátiles que entran por los ojos, dan un par del vueltas por el cerebro y salen expulsadas por quién sabe qué orificio sin dejar nada –pero nada– en su trayecto.

Todo es ya, todo es ahora. El mail no deja de actualizarse y de aumentar la cantidad de correos recibidos. Uno los lee como si se tratara de una guerra no declarada en la que el objetivo consiste en que el contador no salga de cero. Diarios y medios fast-food que no informan (y menos explican) sino que se dedican a vomitar nombres, lugares, números y encuestas que al acumularse se vuelven una montaña inconquistable, abrumadora. Los blogs con su reclamo narcisista de “mírenme”, “léanme”, “a mí, a mí”, “comenten”. Twitter con los pseudofamosos de egos inflados. El celular que no deja de sonar y de recibir mensajes que reclaman ser respondidos como si fuera una cuestión de vida o muerte.

Y la televisión, vieja compañera, que, lejos de ser asesinada por internet, reclama fidelidad pese a que sus máximos engendros, los noticieros, busquen desfigurar la cara del televidente impulsando expresiones de consternación, exclamaciones de pánico y cara de “no te lo puedo creer” con sus pseudonoticias alarmistas y su musiquita de miedo.

La bomba hace tiempo que cayó y pocos son capaces de advertir en sus cuerpos las esquirlas. Pero ahí están. Lo que llaman “explosión de la información” –la multiplicación exponencial de las fuentes informativas– más que aclarar el panorama o dar herramientas para manejarse en el mundo golpea primero y angustia después. Una y otra vez. Un combo de upper, jab y cross de Muhammad Ali.

Hasta que, finalmente, noquea. Como estos números volcados en continuado que grafican la situación. Según un estudio titulado “El universo digital en expansión: un pronóstico del crecimiento de la información mundial hasta 2010” (http://tinyurl.com/yon8rs), en 2003 la producción global de información era de cinco exabytes, o sea, cinco mil millones de gigabytes. Tres años después, aumentó a 161 exabytes, algo así como 12 pilas de libros ordenados entre la Tierra y el Sol.

Y más. En 2007, el llamado “universo digital” llegó a los 281 exabytes que, según se proyecta, en 2010 volverá a aumentar a 988 exabytes.

Y ahí “¡boom!” de nuevo: una sobredosis de información que ciega, ahoga, idiotiza. La cascada de datos se confunde con conocimiento y uno cierra el diario pensando que ahora sí sabe. Y no. Son los neurorreceptores del cerebro que demandan más droga. Usted está infoxicado.

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