Inflación indomable

Se viene una "linda Navidad" y un "buen verano". No lo dice un economista vinculado con el oficialismo sino el consultor de la City Miguel Ángel Broda, furioso anti-K, en su último informe semanal. Maximiliano Montenegro.
Se viene una "linda Navidad" y un "buen verano". "Los números más recientes ratifican que la economía está despegando. El freno de la salida de capitales, que se produjo al derrumbarse la tasa de devaluación esperada, se está traduciendo gradualmente en más consumo. Podría decirse que la sociedad dejó el deporte nacional de acumular dólares y ha pasado a consumir más y a volcar sus ahorros a pesos". No lo dice un economista vinculado con el oficialismo sino el consultor de la City Miguel Ángel Broda, furioso anti-K, en su último informe semanal.

Pese a las críticas que un sector de la UIA lanzó sobre el Gobierno, esa misma evaluación primó entre los empresarios durante la conferencia anual de la Unión Industrial, llevada a cabo esta semana en un hotel de Pilar.

Algunos datos. Aumentan las cantidades vendidas en shoppings (2,7% en octubre en relación al mes previo y acumulan un incremento de 10% desde el piso de marzo). Repunta la venta de electrodomésticos en comercios minoristas (2,4% m/m según CAME). Arrancan las ventas de autos 0 km (tras subir 3,1% m/m en septiembre volvieron a aumentar en octubre, 2,3 por ciento). Según informes privados, hay más movimiento en "outlets" (centros de ventas asociados al consumo de estratos bajos), que mostraron un buen mes de noviembre y esperan un mejor fin de año, por la expectativa que genera el pago del "aguinaldo extra" de $ 350 para los jubilados y la asignación "universal" por hijo. También arroja señales alentadoras el indicador de confianza del consumidor, después de tocar fondo en marzo-abril. El crédito al consumo (préstamos personales y tarjetas de crédito) es otro de los "brotes verdes" que aparecen en el escenario de estos meses: en noviembre crecieron $ 3.000 millones respecto del período junioagosto, un alza del 7,1 por ciento.

La noticia que matiza ese clima de recuperación económica es que la inversión viene rezagada. La construcción, por ejemplo, todavía está débil y se encuentra recién en una meseta: cayó septiembre y octubre y hoy apenas se ubica 0,3% arriba del piso de mayo.

El motor de la reactivación es el consumo y, en cierta medida, también las exportaciones, tras disiparse las tormentas eléctricas en el mercado internacional. La mayor demanda se abastece, por ahora, con utilización de la capacidad instalada ociosa justamente en los sectores, como bienes durables, que más se achicaron durante la recesión.

El otro signo de interrogación se abre por el lado del empleo. Los informes de Ernesto Kritz revelan que ya hace casi dos años, incluso antes del conflicto del campo y la crisis internacional, la economía había perdido dinamismo para crear puestos de trabajo: antes de la recesión, la elasticidad empleo-producto (cuántos puestos se abren por cada punto de aumento del PBI) había descendido a niveles comparables con la convertibilidad. Si la recuperación se basa en ocupación de la capacidad instalada y reposición de horas extras, difícilmente esa situación se revierta el año próximo.

Para los militantes K –a quienes Moreno enseñó a desconfiar de toda estadística que no sean los propios datos truchos que él elabora–, citemos una fuente insospechada de participar de un complot mediático para sembrar "mala onda". Según funcionarios del BCRA, en 2010, la economía podría crecer entre 3,3% (sin financiamiento externo) y 5% si se cerrara con éxito el canje de deuda. Aún en el escenario más próspero, los nuevos puestos de trabajo sólo alcanzarían a compensar la destrucción de empleos de este año.

INDOMABLE. Néstor Kirchner debería prestar atención a lo que dicen sus ex ministros de Economía para entender por qué hace tres años que las condiciones sociales empeoran. Roberto Lavagna, Miguel Peirano y Martín Lousteau coinciden en que, pese al repunte de la actividad económica, ese escenario de deterioro social, en esencia, no se modificaría el año próximo a causa del régimen de alta inflación que por cuarto años consecutivos soportará el país.

Un dato marca la gravedad del asunto. En 2006, la inflación fue del 12 por ciento. Pero entonces la economía crecía al 9% y los precios de las materias primas en el mercado internacional mostraban una tendencia ascendente.

Este año, la inflación oscila en 14/15 por ciento. Pero el PBI cayó, como mínimo, el 2,5% –es la estimación del Banco Central– y los precios de las commodities descendieron respecto del promedio del año anterior.

¿Cómo se explican semejantes niveles de inflación con una economía en franca recesión: punta a punta, el bajón del PBI es equivalente al derrumbe del Tequila? ¿Por qué, ante la retracción de la demanda, la inflación persiste, y se acelera apenas retoma impulso el consumo, como ocurrió en el último mes? ¿Hay mejor prueba de que algo serio falla en el tablero de la política económica?

Si el Gobierno continúa en "piloto automático" en materia de precios, para 2010, las consultoras privadas ubican el piso inflacionario en 17,5% (Ecolatina y Bein), mientras que en el BCRA pronostican 16 por ciento. "Un régimen de alta inflación es incompatible con los objetivos de redistribución del ingreso y reducción de la pobreza", suele decir Peirano, quien cultiva el bajo perfil y preserva una relación cordial con Kirchner.

En la ficción oficial –narrada desde el INDEC–, la economía casi no cayó, y la inflación minorista será del siete y pico por ciento. Los salarios se actualizan a un ritmo del 17% anual. Los salarios en negro, incluso un poco más: 19,3 por ciento. ¿Por qué preocuparse por la inflación, si la redistribución a favor de los trabajadores marcha a paso rápido? A ver si Néstor logra comprender. O, al menos, se toma un tiempo para pensar. Se aleja de los cantos de sirena de los intelectuales K que, como dice Alberto Fernández, sólo se han esmerado por justificar los errores del Gobierno. Y reprime la tentación de acusar a sus ex ministros de participar del temible complot destituyente, amenaza macartista que desde 2008 extinguió toda discusión interna en áreas sensibles de la administración. En el último año, las empresas recortaron inversiones, achicaron la oferta, tanto o más que la caída de la demanda, y continuaron la remarcación de precios, como estrategia para defender rentabilidad y también para cubrirse, por las dudas. Sólo así se explica que los precios vuelen alto, pese a la recesión. ¿Quién puede imaginar que los trabajadores salieron airosos en esa carrera perversa? La ficción oficial es funcional a los empresarios. Borrar de la agenda política la inflación beneficia al establishment. Aun suponiendo que los trabajadores en blanco consiguieran ganarles la carrera a los precios –algo que no se constata para todos los gremios, ni mucho menos– es imposible que lo mismo lograra el 40% de ocupados en negro, una buena parte con ingresos bajo la línea de pobreza. Sobre todo, en un escenario de modesta creación de empleos, como el que se prevé para los próximos dos años.

La inflación, además, licua con asombrosa eficacia cualquier política social. Este fin de año, el consumo recibirá un estímulo adicional, porque al tradicional medio aguinaldo se sumarán el monto fijo para los jubilados y el primer pago del subsidio a la niñez. Sin una política de precios creíble, se corre el riesgo que una parte del dinero que el Estado otorga a los más necesitados termine, vía remarcaciones, en los bolsillos de los empresarios.

"Es imprescindible blanquear el problema ante la sociedad, y lanzar un plan antiinflacionario integral. La intervención del INDEC refleja que la inflación no es un tema para el Gobierno. Yo lo viví desde adentro. Kirchner no cree que sea importante", cuenta Lousteau.

La experiencia de los últimos tres años permite extraer algunas conclusiones. El copamiento del INDEC atizó las expectativas inflacionarias.

Los acuerdos de precios fracasaron: nunca se explicitaron premios y castigos; y Moreno –libretita y teléfono en mano– pretendió suplir la ausencia de una burocracia estatal moderna en el rol de supervisión de esos pactos.

Tampoco se avanzó, con los instrumentos de Defensa de la Competencia, sobre los mercados oligopólicos –desde sectores de insumos de uso difundido hasta empresas de consumo masivo–. Incluso, como se ya se dijo en esta columna, con los acuerdos y los millonarios subsidios al sector agroindustrial –que este año llegarían a los $ 5.000 millones– en muchas ocasiones se terminó consolidando la posición dominante en mercados clave de los grupos más concentrados. Por supuesto, un "plan antiinflacionario" integral también debería velar por cierta "consistencia" de las principales variables macro –regla cambiaria, metas de precios, fiscales y monetarias–.

Hace rato que Boudou cree que es tiempo de dotar de previsibilidad a las políticas oficiales. Y acotar la incertidumbre con que opera en los últimos años la economía local. Suena aburrido. Con razón, Néstor se quejaría de que esa idea atenta contra el marketing revolucionario de su Gobierno. Pero podría ser el punto de partida de una política antiinflacionaria. Trazar un rumbo, con reglas para los próximos dos años, tal vez destrabe inversiones y desaliente "remarcaciones preventivas".

Hay una rica experiencia para no repetir errores.

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