La infancia ya no es lo que era

Por: Osvaldo Pepe

La infancia es, sobre todo, la capacidad de tener una ilusión, ese entusiasmo que enseña a vivir, un ingrediente emocional que mientras crecemos y aprendemos nos va proyectando al futuro. Varias generaciones de argentinos llegaron a la adultez sabiendo que, además, no había infancia sin juegos. Hoy sabemos que no es así: que hay infancias con miseria, pobreza, droga y muerte como brutal escenografía

Un aprendizaje del resentimiento, una puerta hacia las vidas cuyas argamasas son la marginalidad y el delito. Así, hay infancias que ya no son lo que eran, sino una condena anticipada: la de crecer sin juegos y sin ilusión, como les pasa a millones de argentinos. Representantes de tres generaciones cuentan hoy en Clarín cómo vivieron sus años pioneros

Durante muchas décadas, las infancias fueron muy similares: sinónimo del espacio público concebido como una ancha avenida de la felicidad y de la socialización. La escuela y el barrio preparaban y educaban para la vida y eran un aprendizaje subliminal de ciudadanía. Los vecinos eran como la familia ampliada, el "vigilante de la esquina", un guardián confiable y las rejas, una estética de las casas antes que escudos para vacunarse contra el miedo. No había ni droga, ni sida ni delincuencia precoz y brutal y la muerte era la de "los otros". Un accidente de la vida. Aquella edad de oro ya no volverá: la nostalgia gratifica, pero no cura. Aceptar este tiempo y comprometerse para modificarlo es más razonable. Hacer que la felicidad no sea una aspiración, sino un derecho. Que la infancia de hoy, rodeada de acechanzas complejas, recupere alegría y juego. ¿Habrá que pedírselo a Papá Noel o a Los Reyes Magos? ¿O seremos capaces, desde la política hacia abajo, de restaurar el sentido de la equidad social y del disfrute colectivo?

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